CARNE – Un cuento de David Betancourt


Foto del autor ©Alan David Gómez

DAVID BETANCOURT (Medellín, Colombia,1982). Autor de seis libros de cuento. Su obra le ha merecido múltiples premios. Ha publicado en medios de Colombia, Venezuela, Perú, Argentina, Uruguay, Cuba, México, España, Italia y Estados Unidos. La vida me vive amargando la vida (Seix Barral, 2017) es su libro más reciente. Actualmente vive en México.

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CARNE

UN CUENTO DE DAVID BETANCOURT

He Wakes Up Kicking – Francisco de Goya (Spanish, Fuendetodos 1746–1828 Bordeaux) Date: 1801–3 /The Metropolitan Museum of Art

       Quiero aclarar que no estoy loco, solo me gusta la carne, mucho me gusta la carne, y más me gusta calientica y en movimiento, viva, ¿me entiende, señor? Ante la carne no me puedo controlar. Por eso, ese día, el día de mi cumpleaños, cuando fui a conocer la nueva casa de papá y su novia y su nueva hijita, que es muy bonita, pasó lo que pasó. Treintaicuatro cumplidos, señor, esos son mis años. Pero no estoy loco, le aclaro otra vez, no estoy loco, como usted lo puede ver. Eso sí, reconozco que soy algo extraño, eso dice la gente, los desconocidos de siempre dicen que soy algo raro, pero nada más. Si quiere, señor, les puede preguntar a las personas que me conocen cómo soy y le dirán, seguro, que no estoy loco ni enfermo, solo que soy distinto. Le dirán que no entiendo muchas cosas y que por eso jamás fui a la escuela. Le dirán que nunca salgo a la calle. La gente le dirá que me quiere mucho, que soy tierno. Pregúnteles, si quiere, a los muchachos del camión de la basura que van todos los días al negocio de papá cómo soy yo y le dirán que soy bueno, que me quieren, que les doy risa… Por eso, señor, no entiendo por qué me van a encerrar.

Ese día saludé a papá, le di un beso y me senté a esperarlo mientras él, en la cocina, preparaba una carne gigante de regalo para mí. El olor se me metía por la nariz, por los poros, y me impacienté, me llené de desespero. La hijita gateaba por la sala y jugaba con el perrito o, mejor, lo perseguía. El perrito es el más pequeño que he visto en la vida, era como esta mano, así, ¿me entiende? La hijita me miraba mucho y me sonreía. Yo no le prestaba mucha atención, solo le hacía caritas y muecas de vez en cuando porque todo yo estaba pendiente de ese olor y de que papá llegara de atrás con mi carne grande y roja y casi cruda, como me encanta. Por eso, señor, no entiendo lo malo que hice; todo tiene una explicación. Sin ese olor, nada hubiera pasado. Es que, entiéndame, las frutas y las verduras no me gustan porque saben mal, a tierra, y, además, tienen gusanos y otros bichos invisibles que nacen con ellas. Las frutas son dulzonas o ácidas o agrias y no llenan, en cambio la carne sí. Entonces, ¿para qué papá me iba a dar frutas si él sabe que lo que a mí me gusta es la carne? Así que el olor a carne, a sangre, se regó por toda la casa de papá y yo me desesperé. ¿Culpa de papá?, no, señor, solo que las cosas pasaron. Desde la cocina papá gritó que en treinta minutos estaría lista la comida, que no me impacientara, que se metería a bañar y regresaría con el platote. ¿Cómo?, sí, señor, en esa espera pasó todo. Pero entiéndame, por favor.

Es que, déjeme contarle, desde muy niño como carne. Me gusta cruda, muy cruda, y que escurra sangre cuando la muerdo. No me gustan el arroz ni los espaguetis ni las sopas ni ninguna de esas cosas que come la gente, pero desde que vivo con mamá solo como de eso, nunca carne, y, por eso, por las ganas guardadas que tenía, aproveché ese día en casa de papá. Fue mi regalo de cumpleaños, yo me lo di. Aunque, le confieso, no creí nunca que fuera capaz de hacer lo que hice. Para eso se necesitan agallas. Es que, sepa usted, señor, cuando ellos se separaron se me acabó la vida, me volví triste, todo empeoró. Con mamá no vivo bien. Me mantengo encerrado en la pieza y no hay solar como en la casa de antes para tirarles arroz a los pájaros para que se me acerquen y agarrarlos, y usted sabe. En la finca de las tías, al principio, como los árboles no dejaban ver el bosque, hacía eso al escondido y luego enterraba los huesitos y me limpiaba la boca, como si nada. Solo me veían los micos que se descolgaban de los árboles, pero ellos guardaban el secreto. Cuando regresaba del paseo por el bosque me servían el almuerzo y, aunque estuviera lleno, me comía la carne entera, porque es irresistible, y dejaba lo otro. No, señor, pues cómo, la carne del almuerzo no sabe igual, pero al fin y al cabo es carne, aunque la viva sepa mejor. No, no, no, no estoy loco, señor, soy distinto.

 

Al Conde Palatino – Francisco de Goya
Date: 1796-97 /The Metropolitan Museum of Art

Déjeme, primero, le cuento esto otro, cómo empezó lo mío, y luego le cuento por qué hice lo que hice el día de mi cumpleaños. Gracias. Cuando papá y mamá vivían juntos yo era feliz. Me la pasaba ayudándole a papá en el negocio. Lo ayudaba a bajar todo lo que llegaba en los camiones, a separar el papel del cartón, del plástico, apartaba la basura, todo, pesaba el hierro, el metal, y era feliz. Y fue allí, en el negocio de papá, luego de muchos años, que descubrieron que yo hacía eso. Es que yo me escondía cuando agarraba uno y me lo comía vivo, con cola y todo. No me los tragaba enteros, no, me los iba comiendo despacio, disfrutándolos, saboreándolos, y los huesitos salían disparados por las ventanas, algunas veces los dejaba por ahí, en el piso, en cualquier parte. A los trabajadores y a papá lo de los huesitos los puso a pensar, pero qué se iban a imaginar lo que pasaba. Sí, señor, eso pasó, todos creían que eso lo hacía un animal. Suponían que quizás un gato, pero los gatos no comen ratones, les da fastidio, solo juegan brusco con ellos hasta que los matan porque los gatos no saben de delicadeza. Los gatos se las dan de bravos pero son miedosos y mimados como los perros, le tienen miedo a todo, hasta a las ratas y ratones, ¿me entiende?

Bueno, señor, no me voy por las ramas entonces. Ese día la hijita de papá, gateando, por fin pudo agarrar al perrito, que es el más pequeño que he visto en la vida, y, como si yo fuera su amigo, como si conociera mis gustos, mi hambre de ese momento, mis meses sin carne, me lo ofreció. Llegó hasta la silla donde yo estaba y me lo acercó con sus manitos, él pataleaba, y cuando se lo recibí, se rio durísimo, tanto que papá escuchó desde el baño y gritó algo que no entendí. Con el perrito en las manos, me fui para atrás y me escondí debajo del lavadero. Al momento llegó gateando y se me sentó al lado, cómplice. Yo la sobé. Pensé que no era bueno que ella viera y, antes de todo, le hablé pegado a las orejas largas y también lo sobé a él, lo mimé y le hice cosquillas para que me cogiera confianza, se encariñara conmigo. La hijita de papá estaba feliz, me quería, yo le parecía gracioso, me miraba mucho la cara y, curiosa, quería tocarla a cada rato y yo me dejaba aunque, le cuento, odio que me miren la cara, que me la toquen, que hablen de ella. Señor, es que todo el mundo me quiere harto, a todo el mundo le caigo en gracia. Por eso, señor, no entiendo por qué estoy acá. Antes, a los ratones que capturaba en el negocio de papá, antes de todo, les hablaba, los sobaba y, luego, cuando se confiaban, cuando al corazón le mermaba la velocidad, ¡chaz! Por eso mis cariños con el perrito, ¿me entiende?, que, le repito, era del tamaño de esta mano.

Sigo contándole mi vida, señor, deme libertad ya que me la van a quitar. Entonces, fui creciendo y me salieron barros y barba, y ya a nadie le importaban los huesitos tirados por ahí, entre el cartón, el papel, el plástico, la basura, los vidrios, las varillas, las botellas… La gente se acostumbra a cualquier cosa. Pero un día, póngale atención a esto, un día cualquiera que yo estaba desesperado porque llevaba más de una semana sin agarrar uno, sin comerlos, cuando al fin lo atrapé, papá me descubrió con él en la boca. Me quería estrellar contra las paredes, no lo podía creer y hasta se puso a llorar. Vomitó sobre la pesa donde se montan las cosas que la gente lleva al negocio y, delante de los trabajadores y de los amigos míos basureros, me cogió a golpes. Luego me puso sicólogo y a los días empezó a pelearse con mamá. Luego se separaron y me obligaron a ir con ella a la casa donde ahora vivimos los dos, donde no hay solar ni patio, donde no hay nada para yo comer. Desde ese momento soy triste, ¿me entiende? Es que cuando mamá tiene que irse de urgencia, me amarra y se va llorando, o se iba llorando porque ya se acostumbró y yo también. Antes me dejaba en alguna casa de sus amigas que odio, pero ya ninguna me quiere cuidar. Sí, señor, tengo treintaicuatro cumplidos, ya le dije, y cuando tenía veintitantos mi papá me descubrió, pero yo trabajaba con él desde los doce, creo, así que imagínese cuántos me comí en el negocio. ¿Me va entendiendo más, señor?

 

Generosidad Vs. Codicia – Francisco de Goya
Date: 1796-97 /The Metropolitan Museum of Art

Ya voy a contarle lo del día de mi cumpleaños, no sea impaciente, señor. Es que cuando papá me descubrió, como le decía, se puso muy triste y no volvió a llevarme al negocio. Yo me enflaquecí mucho, me puse pálido e insignificante, descolorido, porque la comida que mamá me daba no me alimentaba. Antes del cumpleaños estaba igual o más pálido que ese día, ¿me entiende?, parecía un muerto; por eso aproveché en casa de papá, si no me moría por falta de carne. Mamá nunca me da carne y dice que es mi castigo por cochino, ahora menos me dará. ¿Al grano?, bueno, voy al grano. Entonces la hijita de papá me miraba y se reía contenta. Yo le miraba su piel blanquita, suave. Olía delicioso. El perrito estaba medio dormido y yo le apreté el hocico para que no me mordiera ni llorara ni ladrara y de pronto ella se asustara y se pusiera a llorar. Intenté controlarme, no hacerlo, pero los impulsos me empujaban, me obligaban… ¿Vivo?, ¡claro!, igual que con los ratones y pájaros. La carne no sabe igual si no se mueve, si no chapalea, si la sangre no está caliente… Entonces, como le venía diciendo, papá no me volvió a llevar al negocio. Con el tiempo él vio que me estaba muriendo de tristeza en la casa, no pensó que por falta de carne, y me invitó al negocio de nuevo a trabajar con él, pero antes me hizo jurar que no volvería a comer de esas porquerías. Durante muchos años, antes de que papá me descubriera de nuevo y me expulsara de por vida del negocio, yo me guardaba los huesitos en los bolsillos y después los botaba muy lejos de los ojos de él. Cuando me descubrió, igual que pasó el día de mi cumpleaños, se tapó la boca con la mano, se quedó estático y después me mató a correazos. Mire mi cara, mire cómo me mató esta vez, y los brazos, mire, mire los morados y esas bolas que me salieron, mire mi espalda, mire cómo me mató. ¿La mano? Ya le cuento.

Luego de que me echó del negocio solo veía a papá cuando me recogía donde mamá y me sacaba a andar la ciudad en carro, a veces me llevaba a parques a verme jugar solo, pues no le gusta jugar conmigo porque él cree que jugar es nada más para los niños, eso sí, mientras leía el periódico me vigilaba por si alguna cosa rara me daba por hacer. Desde que vivo con mamá, papá me dice, cuando me saca a pasear, que sea feliz, que no me atolondre, que parezco como si se me hubiera ido el alma, marchito, que estoy muy flaco…, y sí, mire, señor, estoy en los meros huesos y tiemblo mucho, mire, y estoy muy pálido, y yo no era así cuando trabajaba en el negocio y comía carne. Todo pasó por falta de carne, por eso hice lo que hice. No, señor, no me estoy justificando, solo que el hambre me sacó la cordura, me pudo la tentación, el olor me descontroló. Que no, no estoy loco, señor, es más, le confieso que papá, viéndome así de mal, sin alma, para que la recuperara, me empezó a dar pájaros y a veces ratones al escondido de mamá. Mi alma es carnívora, señor, porque cuando me los comía me volvían el color, las fuerzas.

Bueno, señor, yo también estoy cansado. Termino de contarle y usted dirá. Ese día hablé con papá muy poco. Cuando entré me cantó el cumpleaños y me dio un abrazo y un beso. Recordó puras cosas del pasado: cuando yo tenía trece y sacaba a pasear una cabuya como perro y la gente, tan boba, le hablaba y me preguntaba el nombre y sobaba el vacío y me felicitaba y me sobaba luego a mí. Me habló de los días en el negocio, pero nunca mencionó los ratones… Luego fue a la cocina, gritó y se metió a bañar y yo me escondí con la hijita y el perrito debajo del lavadero. En ese lugar, más tarde, me encontró papá y acá estoy.

Él dice que, por mi culpa, porque yo me lo busqué, necesito ahora sí un sicólogo en serio y, además, encierro, pero yo lo que necesito, por su culpa, es un médico, o si no mire otra vez. Ese día, cuando me abrió la puerta, también me dijo que estaba muy pálido, muy flaco, que me afeitara, que parecía mayor que él… Yo no le dije ni una palabra. Me contó que su nueva novia estaba en el centro comprándome la torta, que no demoraba, pero no la vi nunca. Señor, yo no quiero quedarme acá encerrado, yo no estoy loco ni enfermo ni nada, solo que me gusta la carne, me descontrola.

Sigo. Entonces la hijita de papá me miraba inmóvil, en silencio, mientras yo mordía un muslo del perrito. Hacía caritas y a veces se reía viendo la sangre bajar por mi cuello. Yo me puse de espaldas y seguí en lo mío para que ella no viera nada, no se asustara, no se pusiera triste, pero la hijita de papá dio la vuelta y se me acercó y se me sentó en una pierna. Ahí fue cuando papá comenzó a llamarnos y luego a gritar desesperado. Entonces el animalito se me soltó y salió corriendo, ladrando, cojeando, chillando por toda la casa. Papá gritaba y gritaba más, nos buscaba, hacía alboroto, decía groserías, seguro cuando lo vio sangrando, tiraba cosas, gritaba que si le hacía algo a la nena me mataba… En ese momento me asusté mucho y le tapé la boca a la chiquilina para que no me delataran sus sollozos, su llanto. Me escondí más adentro del lavadero, me cubrí con un cartón y empecé. Pero a los segundos papá me descubrió y usted ya sabe. Entiéndame. Estaba desesperado, no podía esperar, hambriento, necesitaba carne, carne viva. Perdí el control. Solo fueron unos mordiscos en la mano, nada más, cinco o seis mordisquitos. En la mía, claro, señor, mire, a la nena sería incapaz de tocarla, incapaz, nos corre la misma sangre por las venas.

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NOTA BIOGRÁFICA

David Betancourt nació en Medellín, Colombia, en 1982. Actualmente vive en México. Con la Universidad de Antioquia publicó Buenos muchachos (2011) y Bebestiario(2017). Yo no maté al perrito y otros cuentos de enemigos (Equinoccio, 2013; Ediciones Escritura Creativa, 2014) fue ganador del Concurso Internacional ASOCIEC, con sede en Venezuela. Una codorniz para la quinceañera y otros absurdos (Pulso y Letra, 2014) obtuvo el primer puesto en el concurso literario de la Gobernación de Antioquia. Ataques de Risa (Ediciones UIS, 2015; Gobernación de Norte de Santander, 2016; Ediciones desde abajo, 2017) ganó el Concurso Nacional de Cuento Universidad Industrial de Santander y el Jorge Gaitán Durán. En 2016, con “Beber para contarla”, recibió el Premio La Cueva, el más importante en Colombia para un solo cuento. Ha publicado en medios de Colombia, Venezuela, Perú, Argentina, Uruguay, Cuba, México, Estados Unidos, España e Italia y varios de sus relatos han sido incluidos en importantes antologías. La vida me vive amargando la vida (Seix Barral, 2017) es su sexto libro de cuentos.

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©David Betancourt

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The Metropolitan Museum of Art

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