INÉDITO FULGOR – 17 poemas de Iván Beltrán Castillo


Foto del autor: ©Lisa Palomino

 IVÁN BETRÁN CASTILLO (Bogotá, Colombia, 1961). Poeta y periodista.  Ganó el Premio Nacional de Poesía (1988), el Premio Nacional de Periodismo (1995) y el Premio Nacional de Guion (2000). Sus trabajos periodísticos han aparecido en periódicos y revistas de América Latina.

 

INÉDITO FULGOR

17 POEMAS DE IVÁN BELTRÁN CASTILLO

 
 
Del libro inédito Necesito el fulgor.

CONTEMPLACIÓN

En otra vida fui un niño.
La loca hierba me hacía melancólico
los potros desbocados
me enseñaban la libertad.
Crecí poblado de fantasmas
atiborrado de promesas
y risas demasiado diurnas.
Los anuncios comerciales me recordaban
el final del amor.
Quise abrir todas las maletas
en la tentativa de rehacer el pasado.
Con el amor y el deseo jugaba al ajedrez.
Violé todos los correos
agobié todos los heraldos
y leí, sin licencia,
todas las cartas del mundo.
La llegada del periódico me hizo llorar
y me exasperaban las ventanas cerradas.
Un aire embrujado paseaba mis pulmones
vivificando la ceremonia de la tarde.
Me hice perito en contemplación.
La memoria era mi mapa predilecto
mientras el río navegaba en mis bolsillos.
Con los niños me sentaba en la estación
a gritar cosas olvidadas
al paso de los trenes.
Los ojos grandes eran mi partido político.
La justicia me era infiel
mudaba de dolores
cambiaba el botín del rocío
por la imagen demente de un libro.
He muerto de eternidad
en medio de los gritos de los timbres.
Miré todas las ciudades desde los tejados.
En el espacio de mi voz,
siempre es demasiado temprano.
 
 
 
 
 
 
 
MAPA DEL ESPEJISMO
Todo esto no ha sido más que un parpadeo,
las calles, las casas y los libros
las habitaciones poseídas
las criaturas poseídas
la inviolada alegría que habita los jardines.
Los cambios de clima, los viajes
todos los interrogantes.
Y el enigma que arde en la pared
como un extraño trofeo de caza.
Todo esto no ha sido más que un espejismo
un carnaval de neblina
una congregación de duendes.
Tal vez el sueño leve
de un asceta en el desierto.
Los relojes tiene aquí un aire burlón
los almanaques son verdaderas sátiras
y las puertas y ventanas
se cierran y abren sobre
el más confuso vertedero.
La lejanía es al oído una sonata
¡Ah, fue muy corto el sueño del encuentro!
¡Qué son todas estas nimiedades
y estos leves pensamientos
frente a la eternidad!

 

Edward Hopper – “People in de sun”, 1963

ESTE MONÓLOGO INTERIOR

Este monólogo interior
que se desata con la lluvia
algo nos dice en un idioma olvidado
que alguna vez fue nuestro.
Tan nuestro como los latidos
que inauguran 
la terca jauría del corazón.
¿Este monólogo interior
que se desata con la lluvia
será por ventura la cifra
y el fragmento 
que nos hace tanta falta?
¿Viene de adentro o de afuera
este monólogo interior
que se desata con la lluvia?
¿Y el que se desata con el viento?
¿Y aquel que se desata en los sueños?
¿Y ese otro que se desata con la luna?
¿Serán estos monólogos, acaso,
los pedazos del rompecabezas
que nos perturba y obsesiona?
¿Este monólogo interior que
se desata a cada instante
tiene la explicación final
de todos los tiempos
todas las distancias
y todos los silencios?
 
 
 
 
 
 
ORACIÓN AMERICANA
¡Alma de Mark Twain,
agitada y dulce como una colmena!
¡Alma de Walth Whitman,
atribulada y contradictoria como
una gran ciudad rodeada de árboles
y montañas!
¡Alma delicada de Tenesse Williams
y de Thomas Eliot
y de John Lennon
y de Dylan Thomas,
que vieron el drama latente
en los espejos del Yo y la vanidad.
¡Almas sitibundas de Edgar Allan Poe,
de Herman Melville, de Truman Capote,
que, con ojos puntuales,
retrataron el catecismo y el purgatorio
de los obsesionados con su sombra!
¡Alma de Hopper que persiguió el rastro de café
de la soledad moderna!
¡Alma de John Houston y John Ford
y del grandioso embustero Orson Welles!
¡Almas de los pieles rojas,
de los constructores de puentes de New York,
y de los concertinos frágiles
de Boston y Filadelfia!
¡Almas de Washington y Jefferson!
¡Almas americanas todas!,
protejan hoy su airado rostro
que pasará cerca,
muy cerca del abismo
y cruzará, como los leones y los dioses,
un llameante y voraz círculo de fuego.

Edward Hopper – “New York Movie”, 1939

 

ATAVÍO DE TRANSPARENCIA
¿Y para qué ser visibles?
Mejor asumir alegremente nuestra condición 
de fantasmas, 
vivir sabiéndonos un prolongado espejismo 
al que emboscan el amor y la belleza, 
y al que acechan, tristemente,
el olvido, la distancia, los ejércitos
la peste, las fronteras.
¿Para qué ser visibles?
Eso no cambiará mucho las cosas.
¿Para qué la tentativa de dejar de ser sueños
ilusiones, tal vez
el truco genial del más antiguo mago?
¿Para qué ser visibles
cuando se está tan bien al otro lado del espejo?
¡Seamos bellos fantasmas!
Ansiosos de conocer el pan, la carne, el trigo, la tierra
y el resplandor del otro.
¿Para qué ser visibles
si lo que nos consuela 
—la música, la amistad, los poemas,
el agua, la noche o los libros—
son los milagros de lo invisible?
 
 
 
 
 
 
EPITAFIO PARA LA BELLEZA
También la belleza nos ha sido robada.
Aquí y allá, únicamente su remedo
la máscara detrás de la cual 
no están sino la nada y el vacío.
Una farsa grotesca 
voceada por mercaderes
es lo único que nos quedó de la belleza.
¡Que la belleza recupere su fulgor!
¿Cómo podríamos regresarla a la vida
si ahora es apenas un nombre
una divisa de los comerciantes
una ridícula idea
un duende nostálgico
como la justicia, como la felicidad
y también como el amor?
Tiempos duros. 
¡Qué fea, qué decadente
qué deplorable se ha vuelto la belleza!
Piratas, 
grandes parlanchines
mercenarios y hórridos narcisos
nos estafan con sus falsas versiones
con sus máscaras, sus remedos y sus copias
y nadie puede ya tenerla entre los brazos
ni sentarse bajo el sol a contemplarla.
Alguien se robó a la belleza para siempre.
¡Qué fea, qué deplorable
qué decadente se ha vuelto la belleza!
 

 

 
 
 
 
INSTANTE LUSTRAL
Soñar un mundo donde absolutamente todo 
se haya convertido en una de las bellas artes.
Caminar como si se danzara 
en el más propicio escenario.
Trabajar como si se escribiera 
una sabia novela con final feliz.
Amar al principio como inventando un poema
y de ahí en adelante 
como construyendo una maravillosa casa.
La casa más feliz, la más confortable.
Pensar que cada escena de los días
se convertirá en una foto memorable.
Y recordar como si fuese música.
Soñar un mundo donde todo
hasta respirar y morir
se haya convertido en una de las bellas artes.

Edward Hopper – “Cape Cod Morning”, 1950

 

LA MEMORIA Y EL APRENDIZ

El hombre es el dulce aprendiz
de una lección imposible.
Por todas partes, como llamándolo
los recuerdos de antiguas caligrafías
de dioses exiliados, de bellas ciudades
que solo están en los libros y
en la enervada pasión del sueño.
El hombre es un aprendiz de dios.
Atado a la tierra, a la cosecha
a los imperiosos alimentos terrestres.
No puede despegar un sueño
planeado desde siempre.
A veces la mirada y los pasos
del hombre 
van en sentido contrario
y aunque cante en la mañana
el hombre es también 
un aprendiz de sombra.
 

 

 
 
 
 
 
 
 
MEDITACIÓN AL ALBA
¿Quién seré mañana?
Nunca estoy muy seguro, 
nunca puedo pronosticar 
los climas interiores 
que me traerá el alba.
El suave dibujo de mi rostro
es obra de un artista
que a veces me adora
y en ocasiones me detesta.
Son tantas las voces 
y tantos los murmullos
detrás de las puertas y ventanas,
tantos los boscajes 
y alucinadas hierbas,
tan locas las danzas
que bailan los relojes
y tantos los pasos 
que escriben los ojos 
que no tengo idea de
quién seré mañana.
Del concierto de transeúntes 
que oigo en mis esquinas
y que me pertenecen
no soy ninguno.
¿El Yo?
¿Quién es el devoto
capaz de creer 
en esa idea fantástica?
Me miro al espejo 
para arrojarme luego
en el despeñadero de la noche,
ya sin el subsidio de cordura
que reparte el sol en la mañana
y entonces vuelvo y me interrogo:
¿Quién seré mañana?
¿Una nueva ficción?
¿Un mito ancestral, una fábula?
¿Una gota de música que cae
y sigue cayendo por la eternidad?
O sencillamente ese latido 
que inventa al hombre
mientras vuela hacia 
su lugar más amado.
 
 
 
 
 
 

 

LA MIRADA LUSTRAL
Contemplar 
es transformar la mirada en un arte.
El arte de adorar lo otro 
el arte de embellecer al otro.
El arte de ver asombros
donde el agrimensor
anota su triste inventario.
Contemplar:
arte supremo de acariciar al mundo
—dios cercano y parlante—
de hacer de nuestros fantasmas
una sagrada familia.
Un fresco más bello 
que la Capilla Sixtina. 
Arte olvidado en el reino 
del Yo codicioso
del poderoso iletrado
del bufón sangriento
del trágico emisario.
Contemplar sería una buena solución
para esta noche desprovista de poesía.
 

Edward Hopper – “Summer Evening”, 1947

 
PAÍS AMADO
Sabes, país amado, por qué no podemos pensarte 
ni entenderte ni contemplar tu esplendor
ni dedicarnos, como sería deseable, 
a conocer tu alfabeto?
¿Sabes por qué somos ignorantes 
de tus valles y tus árboles, 
de tus mares y tus ríos,
de tus grandes hombres y niños y mujeres
de tus artistas quiméricos
soñadores de palabras y notas y colores
y de tus insomnes científicos?
Sucede, país amado, que tristemente 
debemos quemar nuestras vidas
pensando en la codicia y en el hurto,
en los hombres horribles, en los negocios malsanos,
en la muerte y en la sed de tinieblas de tus peores hijos.
Hay tanto ruido, tanta estridencia, país amado,
que nunca queda espacio para la hermosura
ni queda espacio para la verdadera vida.
Nuestras calendas, país amado,
las ocupa el artero bribón, el mercader rapaz,
el homicida famoso
el comentarista de guerras e infortunios
el escritor de leyes podridas
el autor de todas las asfixias
el inventor de cárceles
el mensajero de malas noticias
el triunfador farsante
el zalamero, el falso profeta
el vergonzoso triunfador.
Pero nos queda un sueño iluso
que nos rescata del abismo cada noche.
Soñamos, país amado, un alba en la que lo peor de ti
ya no tendrá dominio
finalmente podremos mirarte en todo tu fulgor,
como ciegos que recuperan la visión
frente a una inmensa primavera.
 
 
 
 
 
 
 

 

DE LAS FECHAS TERRIBLES
Ningún tirano está invitado
al palacio de la música.
En sus recintos danzan
los sensibles, los exiliados y los frágiles.
Y allí no opera ni funciona
la feroz jauría de lo prosaico
la insensible destrucción del Universo.
Sonidos lejanos y atroces.
Hay una fiesta brutal en el imperio.
Y en el torreón de los gendarmes
se escribe un prontuario
minucioso y descarnado.
Nosotros
llevamos un recuerdo en una mano
y nuestra fantasía en la otra.
No tenemos nada más
pero eso nos basta
y hemos aprendido a cantar
entre la sed y la borrasca.
Nosotros 
no seremos derrotados
por la cosecha inclemente 
ni por su diluvio escarlata.
¡Que se desaten como tropel
las legiones del sueño!
El corazón es el refugio
más seguro
contra esa oscura muralla
a la que llaman historia.
 
 
 
 
 
 
 
 

 

A LA PUERTA DE LA CASA
El hombre es el animal que espera.
Sentado eternamente en el vano de su casa,
aguarda amores, dichas, horas carnales,
tiempos, fortunas.
Espera, en el colmo del absurdo,
que un puerto venga a buscarle.
El hombre es un trotamundos de horizontes
un perseguidor de luz.
Casi nunca llega nada.
Pero él sonríe, abre las manos
y continúa esperando.
Por eso, si aquí no llega nada
si aquí no pasa nada
anhela la otra vida,
su oportunidad de seguir esperando.
 
 
 
 
 
 
LAS ESTANCIAS VACÍAS
Cuando se han marchado
los viejos protagonistas
cuando sus nombres han sido tocados por la nieve
y hay un espacio indescriptible
donde estuvieron sus pies
y una extraña balada donde respiraron
y una suerte de primavera y sosiego
en el laberinto del recuerdo.
Cuando los árboles se agachan de fatiga
y el horizonte está sediento
y cruzan, irreales, a lo lejos
los pájaros migrantes,
las puertas y las casas
se llenan de un frescor desconocido.
Es la estación solar de la memoria
es el viento portador de toda la nostalgia
es el patio de irreal vegetación
es el lienzo de colores indómitos
es el perfume que no existe sino en el corazón
es la melodía
que deja la danza de los hombres.
¡La inmortalidad que regresa galopando!

Edward Hopper – “Nighthawks”, 1963

EN ALGUNA PARTE
No soy un niño, ni un loco, ni una mujer, 
y eso me confunde y entristece.
En alguna parte 
un niño insiste con soñar el Universo
en alguna parte una mujer 
sigue suavizando la dureza de las piedras
y labrando delicadas ilusiones al final del día,
en alguna parte un loco le lleva
la contraria a las costumbres 
y funda la noche de la gloria.
Ellos se ahogan en el mar de la memoria.
No soy el hombre que los espejos delatan
no soy el adulto que las estaciones hacen trabajar.
Soy un niño y un loco y una mujer
hermanados y bellísimos
retirando la nieve de la puerta de su casa
y hablando los idiomas que prohibió la realidad.

 
 
 
 
 


UN NOMBRE PERDIDO
No quiero ser historia, 
no quiero ser la cifra de un libro, 
ni uno de los muertos de una batalla.
Ni quiero ser el héroe 
que se convierte en estatua
ni el conquistador sangriento
que pasa a ser un horrible mito
ni el soldado sin rostro 
al que calumnian los himnos.
No quiero ser un extra 
en el montaje de una nación
ni un mensajero funesto
de los días acontecidos
ni un jacobino quimérico
ni uno de los constructores
de una increíble muralla.
No quiero ser ni el vencedor
ni el vencido
ni el que escribe las leyes 
ni el que se entrega a violarlas.
No quiero ser
ni el verdugo ni su víctima.
No quiero ser un nombre perdido 
en el laberinto de nombres
y avatares importantes. 
No quiero ser estrella
de los sucesos capitales 
y las fechas ruidosas.
Quiero, más bien,
ser esta criatura hecha de 
espera y tiempo y 
pequeñas cosas 
y pequeñas glorias
ser este latido, eterno y mortal,
que entra en su reino
noche a noche
—feliz, liviano, sigiloso—
sabiendo que está hecho,
como lo supo el bardo inglés,
de la misma materia de los sueños.
 
 
 
 
 
 
 
 

 

LA SOMBRA DEL POETA
¿Y finalmente qué es lo que ha hecho Dios?
¿Un poema, un ensayo, una novela
un bosquejo o la piedra inaugural de un gran edificio?
¿Quizá la teoría de la relatividad del cielo?
¿Un psicoanálisis de la eternidad?
¿El arte de la guerra de la campiña invisible?
¿Un piloto de prueba del infinito y el huracán del
tiempo?
Nunca un autor tuvo tan histéricos seguidores, 
escépticos tan virulentos, enemigos tan rotundos
nunca se amó a un poeta de esta manera extraña.
Hay, incluso, quienes afirman que Dios 
es un colectivo, o un autor anónimo, 
o una invención de otro Dios.
Lo único que está claro es que su obra
acusada de deficiente, pobre y mal encuadernada,
seguirá siéndonos tan necesaria como el aire lustral.



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Bonus Track
El poema “Segunda consagración del espejismo”, leído por Iván.
 

 

 

NOTA BIOGRÁFICA

Iván Beltrán Castillo (Bogotá, Colombia, 1961). Poeta y periodista. A la par de una carrera de cronista que le ha llevado a viajar por su país buscando personajes e historias, ha publicado poemas y textos líricos en periódicos y revistas y ha participado en talleres, seminarios, diplomados y festivales.
Ganó el Premio Nacional de Poesía (1988), el Premio Nacional de Periodismo (1995) y el Premio Nacional de Guion (2000). Sus trabajos periodísticos han aparecido en periódicos y revistas como El Tiempo, Magazín al Día, Credencial, Diners, Mundo Diners, Buen vivir y Panorama de las Américas.
Ha publicado: Consagración del espejismo (poesía), Antología de la poesía colombiana, Cuentistas bogotanos, Cronistas bogotanos y Árbol del paraíso. Escribe una pequeña novela titulada La vida de los sonámbulos y tiene inéditos el libro de poemas Necesito el fulgor y una antología de Crónicas y reportajes.

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Derechos reservados
©Iván Beltrán Castillo

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