ENTROPÍA / MANDARINA – Dos cuentos de Julio Medrano

 


Foto / ©Carlos Castillo Quintero

EZIS es el segundo libro publicado por Julio Medrano; el primero fue Las buganvillas del cadáver (Premio Alejandría de Novela, 2016). Dividido en tres partes, EZIS reúne 15 cuentos breves que conservan unidad en su tono y en su temática. Tunja, ciudad natal del autor, emerge de la niebla y deambula por las páginas del libro impregnando a sus personajes de la fatalidad psicodélica que habita en estas calles.  La publicación estuvo a cargo de FALLIDOS EDITORES, proyecto editorial que acoge a nuevos escritores.

INVITACIÓN
Lanzamiento del libro de cuentos Ezis
sábado 14 de septiembre / 2019, en Tunja,
Turmequé Café Cultural - 5 P.M.

 

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©Ezis / Julio Medrano

 

Entropía

A Paola Avendaño

The ocean planet is on burn.
Gojira, Ocean planet

Bajo el paradero de bus, un vendedor con la mercancía en una caja atada al cuello, espera a que la ciudad se despeje de la lluvia para proveer de cigarrillos a los náufragos. Paola le compra un cigarrillo mentolado y una caja de chicles. Él le prende el cigarro, recibe el pago; ella aspira el mentol y se sienta en la banca helada a esperar el bus. Las motos pasan fugaces. Dos chicos juegan en la acera del frente, chapotean en el andén hasta enlodar completamente los uniformes escolares. Paola fuma, se sumerge en un anuncio de neón que late en letras violeta: Encuentra tu ser.

—¿Ixchel me estará esperando?
—¿Me habla, señorita? —pregunta el vendedor.
—No —espira el humo del cigarrillo—, pensaba en mi
gato. No le gusta cuando truena.
—¿A quién le gusta?

El bus asoma a lo lejos. Ella ve que el cigarro apenas va a la mitad, aspira una última y larga bocanada de humo y, lo catapulta con sus dedos hacia la alcantarilla. Alista las monedas para pagar el pasaje, bota el mentol por la nariz, destapa la cajetilla de chicles y se embute las dos gomas sabor a canela.

El bus agiliza la marcha, ella se levanta de la banca y agita la mano. Pero el monstruo de metal rojo sigue veloz sin hacer caso de la seña de pare, los salpica de agua encharcada.

Nubes como ballenas infladas de lluvia, esconden a los edificios tras cascadas y relámpagos, truenan sus cantos entre los ecos de la mal formada vida. Las calles se inundan. La ciudad desaparece. Los dos chicos nadan bajo las negras aguas hacia sus hogares. Paola y el vendedor treparon al techo del paradero de bus para escapar del riachuelo.

—¡Eso pasa cuando bota las colillas de cigarro a la alcantarilla! Todas se tapan e inundan las calles —dice con vehemencia y fatiga el vendedor.
—¿Entonces guardo la colilla y la llevo a mi casa?
—Buena idea, sí.

Paola lo mira con dureza.

La avenida se ha convertido en un río. Las casas se derrumban sobre sí, los edificios colapsan, uno a uno se quiebran en el baile acuático-apocalíptico, todo se aparta para darle paso a la luna de mármol en el horizonte.

El río oscuro gana fuerza.

Paola cierra los ojos, masca impaciente, piensa en su gato que la espera con la lata de comida «Ixchel se exalta en el sueño». Estallan los transformadores de energía creando minúsculas estrellas, partículas que enceguecen al vendedor y lo hacen caer de su asiento de primera fila. Los gritos de la gente de toda la ciudad componen una cacofonía siniestra, mientras cadáveres de personas son arrastrados en el caudal hasta apilarse en un cementerio de chatarra y carne.

La Tierra, satisfecha por el sacrificio, aparta las nubes del cielo y deja que las aves gobiernen el vasto imperio que el hombre hurtó para dar fe a un dios sin alas. La Tierra comienza a vegetar en cada viso que queda de la ciudad, florece en ausencia de cualquier desafío humano.

Gigantescas ramas de ayahuasca brotan al borde del río, reptiles retoman posesión de las rocas y los árboles, los gatos y perros de la ciudad se apoderan de las antiguas calles, se han liberado de ser el retrato que quiso imponer el hombre de sí mismo. El agua se va con los restos de asfalto, cemento y acero.

Sobre el retorcido paradero de bus, Paola acurrucada sostiene su cabeza entre las piernas, ya no tiembla porque los gritos de la gente han cesado, porque el viento es ahora más cálido y ligero, apenas le levanta el larguísimo pelo negro. Piensa en su gato Ixchel y se da valor para elevar la cabeza y abrir los ojos. Mira impávida la destrucción, aquel sitio antes rodeado de luces de neón y motos centellantes, es ahora un valle, un vergel colmado de hiedras, lirios, gerberas y otras plantas que no reconoce. La luna es más grande, como solo la había visto en su niñez en el pueblo de los abuelos. Piensa en escupir el chicle pero prefiere tragarlo. Ve a lo lejos una montaña de autos, motos, ciclas, máquinas de escribir, piernas humanas, computadoras, campanas, libros, colchones, brazos, celulares, sillas, zapatos, cabezas de hombres y mujeres, armas, manteles, copas, microondas, postes y cientos de otras cosas que ahora le parecen diminutas, y que habían hastiado a la naturaleza. Solo se escucha el soplar del viento.

Ixchel ronronea, ha dejado de temblar. Mientras come de su lata nueva, Paola le pasa la mano sobre el lomo y le repite el nombre con voz curativa.

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©Círculos del Dadá / Julio Medrano

 

 

Mandarina

Se enamoró por unas horas de un sonámbulo.
Roberto Bolaño

1

Cuando recuperé mi libro, después de dos meses que duró con él, encontré apuntes con bolígrafo a los costados de las páginas. Con color azul subrayados los adjetivos y, con negro, párrafos enteros; encerrados en círculos verdes los verbos.

Al final de cada capítulo, las palabras repetidas estaban en una lista con el número de página y párrafo donde se localizaban.

No acostumbro rayar los libros. De hecho, muchos quedaron vírgenes de tachones para cuando mi exesposo los tiró por la ventana. Por ejemplo, recuerdo que en La casa verde de Llosa, solo subrayé una línea para utilizarla como epígrafe en algún texto para mis alumnos de la universidad.

Debo ser sincera, compré esa nueva copia del libro un sábado en la tarde. Caminaba hacia el supermercado y pensé: Diablos, debo comprar un libro antes de acabar con todo el dinero en comida y cigarrillos. Entré a la librería Galara, pregunté por Los detectives salvajes de Bolaño. Sé de quién es, dijo el vendedor con mirada templada y puso a la bestia indómita sobre el mostrador. Bueno, lo empezaré de nuevo, qué más da, me dije y lo pagué. Al volver a mi apartamento desempaqué los víveres y mi libro. Comí una mandarina mientras calentaba el café que tenía preparado en la olleta hacía dos días. Me senté en una butaca, que fue lo único que saqué de casa después de mi divorcio, ni un solo libro quedó conmigo. Serví la taza de café.

Encendí un cigarrillo Pielroja y comencé a leer. No podía dejar de pasar las páginas con la necesidad de terminarlo una vez más. Leí. Fumé. Hasta que por la ventana, una brisa se entregó a mi sala y me hizo crujir de escalofrío. Agarré el celular, eran las tres de la madrugada del domingo. Sobre el cenicero estaban tirados los gajos de mandarina y las colillas de cigarrillo manchadas de color naranja, la ceniza profundamente negra como un fétido pozo. ¿Quién diablos puede leer tanto tiempo sentado en una butaca?, pensé. Me levanté de la dura silla. Preparé más café. Miré el libro, ansiosa. Puse mi culo adormecido en el sofá de cuero, abrí mi libro y en él aré los párrafos y fui sembrando el tiempo. Debo ser sincera, el domingo no hice nada además de leer, fumar, comer mandarinas y levantarme para ir al baño. Creo que llovió en la mañana, olvidé sacar mi planta de primaveras al alféizar de la ventana. Cayó la tarde y los edificios surgieron con sus luces pequeñitas entre la niebla. Más café, cigarrillos sin filtro, mandarinas, la compasión de Bolaño con el lector, el grito largamente consumado entre esos párrafos y su muerte. Escupí las cenizas y las pepas en el cenicero. No quise soltar el libro, la angustia acrecentaba con cada final de página, las historias me imantaban con un ritmo tan fulminante que apenas podía recuperar el aliento para dar otra chupada al cigarrillo. A las dos de la madrugada del lunes tuve que ir al lavabo para enjuagar mi rostro, debo terminarlo, recuerdo que me dije al espejo. Volví al sofá.

Llegué a la universidad a eso de las nueve y un cuarto de la mañana. El placer de terminar de leer el libro me había costado horas de sueño, me había dejado el cuerpo adolorido y un pálido rostro que mostraba dos cuencas púrpuras. Al llegar al salón, mis estudiantes me saludaron duramente porque los había hecho esperar. No tuve tiempo para preparar clases, no sabía qué tema nos tocaba en el esquema semestral. Como llevaba el libro de Bolaño conmigo, pensé en relacionarlo a mi cátedra de humanidades. ¿Qué más humano que un escritor develando sus laberintos hacia la muerte?, dije a mis alumnos. Señalé fragmentos con cintas de colores y les pedí que sacaran copias, por supuesto. Al día siguiente, me llamó el profesor de literatura y me pidió que le prestara el libro para compartirlo con sus alumnos. Solo por una clase y te lo devuelvo, dijo. Debo ser sincera, me reí en su enorme cara de berenjena. No presto libros, dije. Lo devuelvo en la tarde, por favor, dijo. Ante la insistencia de mi compañero y la mirada de los demás profesores, no vi alternativa. Le presté mi libro de Los detectives salvajes.

La primera semana no nos cruzamos por los pasillos de la universidad. La segunda semana no me contestó el celular. No quería involucrar a mis compañeros profesores en el asunto, pero en la tercera semana tuve que pedirles que intercedieran por mí, y supliqué que quien lo viera, le pidiera mi libro así tuviera que amenazarlo de muerte, bromeé, cosa que a la magister de lingüística no le vino en gracia. La planta de primaveras marchitó, olvidé sacarla a la ventana o, regarle agua.

Se fue el primer mes y nadie daba razón del profesor de literatura. Cobarde. Pregunté a los alumnos y profesores pero nadie lo había vuelto a ver, incluso en la decanatura de la facultad ya habían redactado cartas de despido por incumplimiento laboral. Extrañaba mi libro. No había otro objeto con el que me hubiese encariñado tanto. Me encontré aturdida al ver cómo una persona puede ser descarada a tal extremo. Para no devolver un libro pasadas ocho semanas, podría decirse que estaba tratando con un enfermo mental. La fiebre me subía en las noches al pensar que aquel malhechor se había aprovechado de mi confianza y, después de burlarse de mí, se había llevado mi libro, mi único libro. El chirriar de las cigarras se convertía en voces humanas que me decían estúpida, ingenua, torpe.

La madrugada de un lunes los atronadores pulsos de mi corazón me obligaron a levantarme de la cama. Busqué en la guía telefónica el apellido del cobarde para recordar la exacta ubicación de su casa, cuando encontré aquel nombre, una risa brotó de mis entrañas junto a un acceso de tos. Memoricé la dirección y salí de mi apartamento. Corrí vestida en pijama. La oscuridad, los perros, las monjas, los militares, nada me asustó al correr por las calles. Al llegar a la casa del cobarde, trepé un árbol y miré la negrura de los cuartos. ¿Dónde estará mi libro?, pensé.

Entré por una teja rota en el patio posterior de la casa. Él vivía con la mamá, todas las fotos en la sala eran de la anciana posando junto a él. Busqué mi libro en la cocina, el garaje, el comedor; nada, ni siquiera había biblioteca, ¿cómo un profesor de literatura no tiene una maldita biblioteca?, me dije, e imaginé mi pobre libro perdido entre la soledad de esa casa maloliente. Debo ser sincera, tuve miedo de subir a la segunda planta, pero estaba decidida a no volver a mi apartamento sin mi libro. Apenas terminé de subir las escaleras, la anciana se me mostró y dio un grito como si este no quisiera salir de la garganta. Vi cobardía en su rostro, la tomé por los hombros y la arrojé escaleras abajo. El sudor de mi cuerpo empapó todo el pijama. El cobarde escuchó el estruendo de los huesos rotos de la anciana y salió del baño con los pantalones escurridos en los tobillos. Su cara empalideció al verme, me dijo puta; entonces, lo tiré también por las escaleras. Debo ser sincera, gritó más agudo que la mujer. Busqué mi libro por todos los cuartos, bajo las camas, en cada cajón de cada mueble, pero no estaba. El único lugar sin revisar era el baño del que había salido el cobarde. El olor era nauseabundo. Allí estaba mi Bolaño sobre el piso. Cuando lo vi sentí pena, asco y tremenda tristeza. Debo ser sincera, vomité en la ducha. En un vaso junto al retrete tenía bolígrafos y rotuladores. Agarré mi libro y salí del horroroso cuarto de baño. Bajé y un halo de luz que daba asomo por las ventanas parecía perseguirme. El cobarde y la anciana estaban juntos uno sobre otro al final de la escalera.

Al volver a mi apartamento, mojé un trapo con vinagre y alcohol, lo pasé por cada página del libro. Enfurecí al ver los tachones y apuntes grabados. Después de planchar las hojas, encendí un cigarrillo, desnudé una mandarina, preparé café y me senté en el sofá de cuero.

 

 

©El libro de la mosca / Julio Medrano

 

2

Caminábamos por la calle frente a la iglesia Santo Domingo en busca de un par de sandalias porque ese fin de semana viajaríamos a San Andrés, yo había comprado los tickets meses atrás para que salieran más económicos.

Odio a la gente, me refiero a que cuando camino odio a la gente, se atraviesan, te golpean, pedorrean, escupen, tosen sin taparse la boca, odio a la gente en las calles; por mí, saldría a las once de la noche para hacer compras, pero en esta ciudad todo lo cierran a las siete en punto. Le pedí a, en ese entonces, mi esposa, que fuéramos a un café al Pasaje de Vargas, necesitaba un respiro.

Recuerdo que tomé su mano de dedos larguísimos y le prometí que estaría tranquilo cuando estuviéramos tirados desnudos en la playa… La tendera me interrumpió, ¿qué van a pedir?, dijo. Pedimos dos tintos y dos cigarrillos, un Mustang rojo para mí y un Pielroja para ella, no sé cómo puede fumar esa basura sin filtro. La tendera encendió el televisor, solo escuché el zumbido de la electricidad del aparato que estaba a mi espalda, colgado encima de mi cabeza. Saqué del bolsillo de mi chaqueta la lista de compras para el viaje, cuando me dispuse a leérsela a mi exesposa, vi la terrible expresión de zozobra que tenía su cara, la baba negra del tinto se le escurría por las comisuras de los labios, sus ojos estaban anclados al televisor.

Miré a los costados buscando otras reacciones, pero a ningún otro cliente parecía importar lo que fuera que se mostrara en el televisor sobre mi cabeza. Soltó mi mano para poder agarrar y dar lumbre a su cigarrillo. Tuve que erguirme y virar para poder ver. Pequeño, pequeñito, se mostraba un letrero blanco en la pantalla, y así con letras mayúsculas: HA MUERTO EL ESCRITOR ROBERTO BOLAÑO. Ella lloró, desconsolada, fumó un cigarrillo tras otro hasta que se sintió sin aire y empezó a soplar puro humo.

No viajamos a San Andrés. Nos quedamos en la ciudad a ocultar entre la niebla, la tristeza que le había producido la noticia. Pude revender los tickets a un compañero de la universidad que me ofreció la mitad de lo que yo había pagado por ellos. Ella no quiso hacer nada más que quedarse tirada en la cama. Como vi que fumaba más de lo que solía, le compré mandarinas para que sustituyera el vicio, eso dijo mi mamá, que la mandarina le calma a uno las ganas de fumar. Pero no funcionó. A mi exesposa le dio por fumar mientras se comía las mandarinas, es lo más rico que te has inventado, me dijo, y recordé que decía lo mismo cuando teníamos sexo, no pude dejar de sentirme como un objeto más de sus clichés. A la semana siguiente que ya no estaba tan deprimida (mi exesposa, porque las semanas en esta ciudad siempre están melancólicas), fuimos a la librería; quise comprarle un libro de Bolaño, y como es normal cuando se muere un escritor reconocido, las editoriales hacen todo un dineral vendiendo cuanto papel haya dejado escrito el occiso. Quiso Los detectives salvajes, por recomendación del vendedor de la Galara. Deme dos copias, dijo ella. ¿Para qué dos?, dije. ¿No se lleva tres?, dijo el vendedor. Por si alguien me lo pide prestado, dijo ella.

Al siguiente mes, compró otros dos ejemplares del mismo libro. Dijo que eran para regalar, pero nunca los regaló, ni los prestó. Los iba coleccionando, distintas editoriales, distinto idioma, no le importaba otra cosa sino comprar esos libros, ese libro. Yo compraba tickets para el teatro, y ella decía: Hoy no puedo, debo leer; hacía reservaciones para el restaurante de moda en la ciudad, y ella decía: Esta noche no, sabes que soy de Bolaño. La mañana del primer aniversario de muerto Bolaño, amenazó con comprar otra copia. Debo comprar uno hoy, dijo. Ya tienes sesenta y una copias regadas por toda la casa, dije. Cuando salió del apartamento le grité por la ventana: Búscate un psicólogo, vieja loca. Ella a cambio volvió en la noche con una copia nueva entre sus brazos. Se lo rapé y lo arrojé sobre el comedor. La sacudí por los hombros, estás loca, vieja puta, estás loca, no me vas a cagar esta noche tampoco, ya compré los tickets para el cine y vamos a ir, tú y yo, dije. Pero ella se arrastró hasta la mesa del comedor, agarró su libro y empezó a destapar una mandarina. Enfurecido fui a la biblioteca y empecé a romper toda copia de Los detectives salvajes, saqué todos los otros libros de la biblioteca y empecé a arrojarlos por la ventana hacia la calle. Me imaginaba a mí mismo como uno de los bomberos de Fahrenheit 451. Esa noche decidí divorciarme y concentrarme en mi profesión de profesor de literatura. Y me largué a casa de mamá.

*  *  *

Derechos reservados
©Julio Medrano

 

NOTA BIOGRÁFICA

(Tunja, 1985). Poeta y narrador. Es artista gráfico y guitarrista de «IMPALED», banda de black metal. Hizo parte del Taller de Creación literaria de la UPTC, y del Taller de Narrativa «R.H. Moreno Durán», RELATA, Boyacá.

Ha publicado los libros de cuento Arena caliente (Premio Libro de Cuentos, CEAB 2019), y Ezis (Fallidos Editores, 2019). Autor de la novela Las buganvillas del cadáver (Premio Alejandría de Novela, 2016). Cuentos suyos fueron incluidos en Árbol del Paraíso – Narradores Colombianos Contemporáneos (Editorial Común Presencia, Bogotá, 2012), en la antología de cuentos Boyacá tierra de escritores, (Editorial Corporación Alejandría, Tunja, 2017), y en la Antología I Certamen Mundial Excelencia Literaria III (M.P. Literary Edition, 2015). Poemas suyos han sido incluidos en la antología poética Colección Cosecha Boyacense (Editorial Corporación Alejandría, Tunja, 2017). Obra suya ha sido publicada en la hoja literaria Poesía UPTC, y en la revista virtual La tierra baldía. Actualmente escribe una columna de opinión en el periódico «El Diario».

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Las imágenes que acompañan a los cuentos son dibujos de Julio Medrano. Hacen parte de la primera edición de Ezis (Fallidos Editores, 2019).

 

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