LAS ATADURAS DEL AIRE – Poemas de Henry Alexander Gómez


HENRY ALEXANDER GÓMEZ (Bogotá, 1982). Magister en Creación Literaria. Es el director del Festival de Literatura “Ojo en la tinta”. Ha recibido el Premio Internacional de Poesía José Verón Gormaz (España), el Premio Nacional de Poesía Universidad Externado de Colombia, y el Premio Nacional de la Casa de Poesía Silva.

LAS ATADURAS DEL AIRE
POEMAS DE HENRY ALEXANDER GÓMEZ
 

Del libro Casa de hueso (Inédito)

Gallinas
 
En las mañanas,
largos instantes me revelaron
el juego de su pluma,
el cacareo del mundo desde
una noble idiotez.
 
Su peculiar danza
me habló de un linaje perdido,
la firme intención de ser viento borrado. 
 
Entendí, entonces, la difícil tarea
de romper
con las ataduras del aire,
la música cercana de escarbar en la tierra.
 
Es verdad que en las gallinas
el día ha encontrado su eje, 
el cordón umbilical
en el que sostiene la luz.
 
Al igual que ellas, escribo la dicha
de ser pájaro caído.
 
A Felipe García Quintero
 
 
 
Parábola del padre
 
Padre siempre se sumerge en las más
extrañas empresas.
En un diálogo mudo con la vida,
en una incesante errancia
por el orden prohibido de las cosas,
hizo de la derrota
                                   su sello personal,
una enorme roca de aire para empujar cuesta
arriba.  
 
Un día compró una rueca de hilar nubes.
Decía que en la plaza bien podría abrir
un negocio celeste para achispar acontistas.
Pasaba horas golpeando el pedal,
hilando el día,
ovillando la lana.
Desde allí urdió toda la orilla del cielo
                              sin conseguir una sola moneda.
 
Otro día
se hizo a un viejo auto
para sortear la soledad de los caminos.
Con él cruzaría las fábricas del humo,
las páginas secretas de las grandes montañas,
hasta llegar a La Habana
                                     o Nueva York.
Pero la noche lo dejó tirado a un lado de la
carretera,
reparando el veterano motor oxidado.
 
Raras tareas emprende mi padre,
cultivó los sueños de los ondeadores de banderas,
comerció con olvidos,
amasó el pan
para el inspector de patatas fritas,
escribió cartas de despedida para amas de casa,
hasta afiló los lápices de tercos burócratas
en una corte de un país
                            que no aparece en ningún mapa.
 
Hoy comprendo que mi padre
es un poeta a su manera,
atesora la derrota
como quien guarda
                          palabras perdidas en la billetera.
 
Sin saberlo, padre,
con cada inútil negocio,
me ordena mi noble función en el mundo:
el oficio de escribir,
                                   a cada instante,
                                               el arte de la pérdida.

 
Jheronimus Bosch, El jardín de las delicias (detalle) – 1500/1505
 

Los huesos de la bisabuela Felisa

 
Aparecieron de repente,
estaban metidos en un cajón de madera negra
y cargaban el aire roto de la noche.
 
Andaban por el camino de los años
apretados a cualquier rincón de la casa.
Prima Betty los descubrió por error,
buscando en el cuarto de trastes algún juguete perdido.
 
Susto de perros esos huesos ladrando la muerte.
Sortilegio. Oscura brujería. Asesinato en el balcón del silencio.
 
Fue abuela quién recordó que eran los huesos olvidados
de la bisabuela Felisa. Habían llegado décadas atrás
y buscaban ser un puñado de viento,
una flor soñolienta.
 
Al fondo de la caja, la extraña carta del abuelo
confirmaba la noticia y reclamaba un lugar junto a su tumba.
 
Insólitos los ríos
que cruza la piedra después que la lluvia se extingue.
Años de errar debajo de las camas,
rechinando entre sombras, auscultando la tierra,
los huesos,
la vida,
como un planeta cansado,
gritan su parte del mundo, justo ahora que exhumamos
los restos del abuelo.
 
Allí descansan,
                         los dos,
en una bóveda sin fondo,
en un osario celeste, examinando la luz.
 
El corazón se busca más allá de la carne.  
 
Jheronimus Bosch, El jardín de las delicias (detalle) – 1500/1505



De libro Tratado del alba (2016)


Roberto Juarroz
 
He abierto la palabra amor
y, adentro, encuentro otras palabras
que no dejan de mirarme fijamente.
Escojo una de ellas,
le hago también un orificio,
para ver más adentro en el lenguaje, 
y allí encuentro una palabra
que se parece al corazón del mundo.
 
En medio de las dos mitades del lenguaje,
sobre la línea que separa el comienzo y el final,
comprendo que un vocablo,
más profundo
que el abismo de Dios, nos sostiene.
 
Todo lenguaje se contiene a sí mismo,
como toda palabra que decimos o callamos, 
lleva adentro la soledad del hombre.
 



Horizonte
 
Un relámpago
                 llama al asombro.
 
Se cierra el sonido
                 y algo
                 se abre adentro de nosotros.
 
Entre la luz y la resonancia
                 un suspiro, un nacimiento, un
dolor,
               
                 la vida.
 
 


Carlos Obregón
 
Desde adentro de la vida
miro llover.
 
Miro como quien encuentra la esperanza
sin haberla buscado,
como quien hunde sus manos en la ceniza
de una hoguera nunca encendida.
 
Llueve sobre la orilla de tus pasos.
 
Porque tu hondura es la lejanía
de ver el cielo sin poder tocarlo,
el temblor de una oración
sin alfabeto, la vigilia de dormir
sobre una música olvidada.
 
El leve polvo de tierra
que levanta la llovizna
                                       deletrea tu silencio. 
 
 
 
Arqueología
 
Enterrar una palabra,
esconder su tumba entre las piedras.
 
Desenterrarla después de muchos años,
quitarle la tierra endurecida,
los restos de polvo,
                                  el óxido,
 
hasta que brille como una antigua reliquia.
 
Colocarla en medio de la página en blanco
y estudiar su antigüedad, interpretar su pasado,
descifrar el color original,
establecer su importante papel en la historia.
 
Incluso admirar su dignidad de estrella olvidada.
 
 
Jheronimus Bosch, El jardín de las delicias (detalle) – 1500/1505
 

Angelus Silesius desata un folio perdido

 
I.
Hallar la contemplación
verdadera
como quien abre su corazón
                                                  a la muerte.
 
Y seguiré en Dios,
                       como la noche en mis palabras.
 
 
II.
No basta con taparse los oídos
                 para cerrarse al ruido del mundo.
              
                Hay que olvidar
                                            lo escuchado.
 
                                            Arder en el
silencio. 
 
 
III.
En la oración
hay una hondura más grande
                                         que la angustia de Dios.
 
Tanto abismo inunda
                                             mi espíritu de palabra.
 
 
IV.
Intentar escucharte
                es pretender contener la eternidad
                en las manos.

Basta que una rosa florezca para asirla.
 
 
 
V.
Voy por el mundo
                                 buscando lo incognoscible.
                                
                                 El fuego que no arde,
                                 una vocal que no produzca
sonido,
la prehistoria del alba.
 
 
 
VI.
Edificar a Dios
como quien bebe de un candil erosionado.
 
Hallar a Dios
                      como quien naufraga
                                            en la peregrinación de la
luz.
 
 

Jheronimus Bosch, El jardín de las delicias (detalle) – 1500/1505

 
 
De libro Diabolus in música (2014)

Johnny Cash
 
Enterré el puente de mi guitarra en el aire, sacudí las polillas de mi sombra y cultivé el vapor de la música sobre el heno de los días, a un lado de la carretera, donde los mundos se fecundan.
 
 
 
Jon Lord
 
Recogí de la neblina en la mañana cada uno de los hilos que expanden las yemas de mis dedos. Hilar es mi destreza, la certidumbre de dormir en una cavidad de sonidos que arden como diluvio perpetuo.
 
Un flameo inmutable me sigue a todas partes: una tela de música que hoy es mi mortaja, una sonata que ordena a un tiempo la dinastía secreta de un centenar de relámpagos.
 
Mi corazón es la rueca, la bruma el ovillo, mi música: una calina de fuego que lo ha envuelto todo. 
 
 


Jim Morrison
 
Desde lo alto de una duna dejo caer un cuenco que rasga un aire extraño que acecha mi presencia. Ancianos ángeles amasan mi saliva con arena. ¿Quién acompañará mis huellas para descifrar el verdadero rostro de la luz?
 
Romper el cristal. No hay noche más fría. El nombre del desierto me persigue. Las puertas se derrumban.
 
Con el hueso roto del coyote buscaré mis años perdidos junto a un demonio que trepa por el antiguo imperio del cielo.
 
 


John Bonham
 
En el grito del árbol encontrarás la semilla. Mi escritura viaja al galope del viento entre los cascos del caballo. Esta tierra se adelgaza ante el trueno del agua en el pecho de un pájaro.
 
He dejado al granizo sin aliento.
 
 


Humberto Monroy
 
El humo de la noche ha rodeado mi casa. Sin tocar las notas bajas de la sed, la música florece en la línea del aire.
 
Mi boca posee cuatro labios, mis ojos cuatro pupilas para descifrar la oscura pulsación de la luz. Mi vida ha sido el temblor de un alfabeto encallado en el destello del relámpago.
 
Humo en las ventanas, en la densidad del polvo. Este largo destino de envejecer en el origen.
  

 

Jheronimus Bosch, El jardín de las delicias (detalle) – 1500/1505  
 
Del libro Memorial del árbol (2013)


Hay soles que caen
 
Un ángel juguetea en el ramaje del árbol.
 
Es tan grande el abismo,
y tan silencioso el techo del mundo,
que nos abraza la pesadumbre,
y bebemos aguardiente,
                                             y lloramos,
porque no entendemos
cómo Dios juega con sus dedos de piedra
entre las hojas del álamo.
 



El ángel negro de la isla de Kampa
 
Nadie lo vio entrar en su casa. Era una fría noche de
Praga, era un poema tirado a la alacena.
Al principio, con el orgullo herido y las polillas
sacudiéndole los trajes, se acostumbró a vivir con la noche colgando de su espalda.
Decidió el encierro porque los hombres sencillos mueren
solos.
Con la pupila altamente dilatada, Vladimír Holan,
entendió que las sombras viajan empedradas de palabras. La piedra oscura había
regresado cargada de frutos.
En aquella casa había tanto ruido, tanta miga de
pan en las esquinas.
Se dice que la luz de la ventana duraba encendida toda
la noche, en el resplandor de la vela se diseminaba el diálogo del mundo.
La claridad no se hacía esperar. Nadie y todo había en
él. La campana detenida por el lápiz, Hamlet conversando con las ruinas del espejo, la muerte escondida en las catedrales.
Pero los años no pasan en vano. En la pesada puerta
crecía un caballo atado con alambres.
En el instante en que la voz del ángel deshizo los
colores de las cosas, cuando la tierra de los cementerios colmó de cicatrices
las estancias, pronunció estas palabras:

“Kateřina ha muerto. Hoy no ha venido nadie a
preguntar. La casa ha ocultado, al fin, todos sus ruidos.”

 
 

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NOTA BIOGRÁFICA. Henry Alexander Gómez (Bogotá, 1982). Magister en Creación Literaria de la Universidad Central y Licenciado en Ciencias Sociales de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Es director del Festival de Literatura “Ojo en la tinta”. Ha recibido el Premio Nacional de Poesía Universidad Externado de Colombia, el Premio Nacional Casa de Poesía Silva y el Premio Internacional de Poesía José Verón Gormaz de España por el libro Tratado del alba (2016).
    Publicó además los libros Memorial del árbol (2013), premiado en el IV Concurso Nacional de Poesía Obra Inédita, Diabolus in música (2014) Premio Nacional de Poesía Ciro Mendía y las antologías Teoría de la gravedad (2014), publicado en Quito, Ecuador y El humo de la noche rodea mi casa (2017) Colección “Un libro por centavos”, Universidad Externando de Colombia. Hace parte del comité editorial de la Revista Latinoamericana de Poesía La Raíz Invertida (www.laraizinvertida.com) y es docente del Pregrado de Creación Literaria de la Universidad Central.
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Derechos reservados
©Henry Alexander Gómez

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