LA ARENA FUE MI DESTINO – Poemas de Annabell Manjarrés Freyle


Foto / ©Marlon Manjarrés Freyle

 

 

De: Óleo de mujer acosada por el tiempo, 2013  

 

NOCHE PARA DEAMBULAR

I

Óiganme ustedes los seres detrás de la pared, una coraza de tiempo y salitre los imposibilita.

Acaricio la apariencia rasposa del ser pared y acerco mi oído a la colosal estructura que da forma a esta calle sonámbula, donde los gatos maúllan como hijos tristes, donde un murmullo sobrenatural hace temblar la tierra.

Es que antes de ser arrancada ya la arena gritaba, y no ha habido piedra o moldura que calme su sollozo.

Mi mano que acaricia dialoga con los muros de hoteles restaurados. Con este portón que esconde la sombra y el helar de la noche, y con esta ventana de alma colonial enjaulada
que solo desea desaparecer.

Aquello que fue arena de río, hoy es solo una moldura muerta. Que en paz descanse con quienes una vez la levantaron.

 

II

Seres detrás de la pared, se han agrietado con el dolor del agua. Se poblaron de vientos conocidos. Un vaho extranjero les regaló la noche y el azar.

Se me han venido encima las capas de pintura que intentaron ocultar los murmullos de paredes que no saben que murieron.

 

III

Esta provincia pertenece a la eternidad. El alma de las cosas la llama. Se derrama hacia las líneas negras y regresa al nido de las maría mulatas, incapaz de desobedecer el pagamento que reza celoso por el origen.

Vuelve para no extraviarse. Vuelve para redimirse de la angustia de la flor del trébol.

Deambula y gimotea en muros republicanos,
frustrada y sin hechizo de tanto soñar en vano.

 

 

 

 

YA NO ME LEO EL TAROT

El espejismo del medio día
me demostró
que el bailarín sofocado
solo era la humedad.

Y en el sopor de la tarde pude ver
el rostro de quienes
se disfrazaron de Dios y me conjugaron.

Les manifesté mi ignorancia
como única verdad,
y me convertí
en una creyente de pacotilla.

Arruiné todas las predicciones
quemando las cartas,
de tanto barajarlas al azar.
Tomé un puñado de arena…
lo arrojé al mar.

Y la arena fue mi destino
y el mar la nada.
No tiene caso para una criatura de cristal
ver más allá de la noche.
No tiene caso.
Las espadas que me despedazaron
yacen en el suelo con mi sangre primigenia.
Una mujer ajena
es la sangre que me circula con su perfume metálico,
con su oxígeno de manantial que
no supo nombrar a las cosas.

Ya no me leo el tarot, es cierto,
porque se me hizo
destino todo aquello que quise,
junto a la suma
de palabras sueltas que
proferí irresponsable.

De lejos fueron llegando
los espejos que me agotaron
abordándome con el instante,
y sin embargo,
de la verdad del instante
no tuve más
que existencia.

 

 

 

Yexcom / Pixabay / Luces de viaje – Dubai

 

 

De: Animales invertebrados, 2017  

 

UNA SOLEDAD ANFIBIA

Una mañana puede desprender
las cáscaras de la que ayer suspiró y lamentarse bajo las sábanas.
Se pone de pie una máquina de carne sin el fantasma orgulloso,
renunciando al sueño unos minutos más
bajo las sábanas, bajo el tapete, bajo una culpa desconocida.
Al lado, en la mesa de noche,
una tacita sin té ni tinto te abre los brazos y dice:
“Sube la roca hasta lo más alto, pequeña Sísifo”.
Sabes que a nadie servirá ver una roca en la cima
pero los dioses obligan.
Sobrescribir tu nombre encerrándolo en un círculo
no devolverá a la que ayer suspiró.
Tu nombre es tu vestido,
tu apellido, tu chaqueta:
Annabell Desnuda Manjarrés Freyle.
Y, por supuesto, tus zapatos no son tu destino,
pero pueden andarlo.
Has visto adormecer el tiempo,
oh sí que lo has visto:
el cuerpo virar hacia un rincón,
en el intento de reconstruir los discursos de la que ayer suspiró.
Y quien hoy suspira suplica dormir todas las ganas de volver
y adormecer el deseo infantil
proyectado en sábanas acogedoras
e ilusiones portátiles.
Sería más fácil acostumbrar el deseo a lo próximo o aniquilarlo
para que los días de agua o de tierra sean excelentes.
Tender la cama, en todo caso,
será como vestir el nombre
de quien a solas recibe tu cuerpo.

 

 

 

 

EL CANTO DEL MINOTAURO

Ser un espejo frente a otro espejo,
la virtud de los seres infinitos.
Y juzgarse infinito en el propio reflejo
revela verdades obsesivas.

Certezas que, involuntarias,
abren puertas insostenibles
de las que solo es posible encontrar respuestas
en la generosidad de los sueños.

Es mi deber esperar a Teseo
para dormir las formas de mi angustia
y encontrar, por intuición de un dios,
la puerta de las epifanías correctas.

¡Cómo no entender que los anaqueles
son las ventanas de Creta!
Yo solo sé que es de noche porque me hago viejo
y mis ojos apenas tientan de Ariadna
su mítica belleza.

Ariadna, Ariadna:
tal vez nunca recuerdes
que fui yo el que te liberó
de los laberintos
de una biblioteca de Buenos Aires.

 

 

 

 

PANFLETO CONTRA LOS GATOS

Cuando el último bus regresa a la estación y los árboles duermen hoja abajo. Cuando las calles oscurecen y al final de la vía se escuchan aullidos. Cuando el último vago abandona la esquina y el eco canta, salen los gatos.

Salen los gatos porque aprendieron a esconderse de las manos detrás de las piedras. Porque asimilaron que escaparse a tiempo les permite regresar por el mundo de placeres que luego muerden sin elegancia.

Saben que les va mejor simulando ser mascotas que bestias de ciudad y engañando con sus auras de autosuficiencia a los cavilosos que tanto los aman.

Los gatos de las comunas y los faraónicos, los gatos nubios y los gatos arios, los gatos persas y los del mercado público: todos saben que solo tienen una oportunidad para ser gatos en la vida y hacer de este privilegio su reino de pereza.

De modo que han aprendido a vender mitos auténticos. A Neruda le hicieron creer que son fieles a su propia ficción de la cabeza a la cola.

Salen los gatos porque encubren su temor a la muerte con antifaces de selva. Detrás de la mirada desdeñosa a los perros, se excita sus celos: jamás serán tan seguros.

La vida es un abismo que los tienta, caen. Aman como temen: tal dualidad es como una bisagra áspera para lamer. No lamen rostros, pero sí amagan.

Del amor no sabemos más que mendigarlo, pero para ellos es una presa moribunda entre las patas que a veces dejan a los pies de sus humanos. Su indiferencia es la feromona que persiguen quienes confunden y estropean el amor.

A estas astucias se deben. Han evolucionado para vivir por encima de nuestros huesos: sobre los techos y sobre los árboles se reproducen, libran escandalosas batallas y mueren.

A mí, que también he confundido el amor, cualquier esquina me es seductora para doblar el espinazo y acariciar el lomo de un gato cualquiera.

Ya nada importa: los he desenmascarado. He mirado sin temblar a sus ojos de ágata y metal que perdieron a Baudelaire.

Cuando alguien aparece erizando su pelaje. Cuando una luna redonda precisa su silueta. Cuando mis noches tormentosas me predicen el desastre, salgo a las calles sin ritos ni paraguas y si un gato oscuro acecha, soy yo quien se atraviesa.

 

 

 

Didissss / Pixabay / Mandala

 

 

PEDAZOS DE HOMBRES

hombres
pedazos de hombres bajo ramajes
hombres convertidos en dolor
dolor de llanto terrible
lágrimas hervidas en su rezo agónico
pedazos de hombres en cuartas partes
la quinta parte aún llora bajo la casa
la casa no es humana
la quinta parte gritó más fuerte que la motosierra
el aparato lo inventaron los hombres
hombres con sus extremidades aún pegadas
a su tronco de árbol
los árboles han sido los primeros en conocerla
también cayeron gritando
gritaron sus hojas
gritaron sus pájaros.

Han gritado los hombres en pedazos
y la parte más oscura quedó en el ombligo de la madre
la más visceral en las sienes de la esposa
la parte más viscosa en las babas de los hijos
la más elocuente lleva mensajes de espanto
la parte desgarrada
pertenece a los amigos.

Pedazos de hombres apiñados
en las leyes de nadie
una sangre de nadie transmuta
en el espesor del muelle
en bolsas negras duermen
sus pedazos junto a las piedras
yo no los he visto
a mí me lo han contado
me lo ha contado este país
sobre esta arena
la misma arena húmeda, seca, accidentada
extendida entre animales
hasta los infiernos comunes.

Este país es una fosa común
pedazos de hombres la siembran
germinan hombres y mujeres incompletos
sus ángeles custodios han fracasado
oscuras entidades triunfaron sobre la fe
Hoy quienes los sepultan
son una procesión de rompecabezas.

En aquella casa nacieron bestias
la casa fue construida con pedazos de árboles caídos
en el mar
una mano busca a algún rostro
para cerrarle los ojos
y el barrio palafítico se avergüenza.

A mí me lo han contado
yo no lo he visto
me lo cuenta este país
antes del sueño
el infierno nacional
nuestro símbolo patrio
símbolo descuartizado en inútiles banderas
banderas divididas en dos hombres
hombres gritando Sí
hombres respondiendo No.

A los hombres en pedazos
un ave de rapiña los sobrevuela
el ave posa en el escudo nacional
nadie me lo ha dicho
yo la he visto sobre los palacios
y desde entonces
mi felicidad es discreta.

 

 

 

 

LA MARIPOSA NEGRA NO TRAJO VISITAS 

En un rincón de la casa
abandono
          mi orgullo.

Ha llegado de la calle
          esa cosa negra
y despampanante
revoloteando su herida.

Busca un rincón amable para morir,
un sitio alto donde exhibir
          su rabia y su tristura.

          Toda la cólera concebida
          se humilla ante el remordimiento
          y este lo culpa relamiendo
          la misma escena grosera.

Ha llegado de la calle
          ese ente nervioso y aterciopelado,
pero la casa está aburrida
y viciadas las supersticiones.

Nadie quiere a un orgullo herido
—musitan las paredes—
desacostumbrado al descalabro
          siempre llegará solo a casa.

 

 

 

Niekverlaan / Pixabay / Humo

 

 

 

LA POLILLA

Al extender la mano
creo estar más cerca del futuro.
El camino de la lluvia es vertical.
Cuando escampa,
me encuentro en el bosque
transparentando su olor verduzco.

El camino de la lluvia es vertical
y el barro ondula la esperma de la hierba
con un aroma intranquilizador.

Una persecución, un fracaso
me sacuden el sueño.
Cuando el cuerpo yace
—el muy tonto—
le pesan las piernas.

          Culpo a unas aguas espesas
          por esta mediocridad.

A mi espectro le es imposible huir
o sacarle ventaja al camino de la lluvia.

Pesan los párpados también
y mis manos caen
de señalar por mucho tiempo el futuro.

Antes de esta perversión,
creía en el vaho del monte
como fragancia de los astros.
Las estrellas cansadas bebiendo de la quebrada
eran un prisma verdadero
y forcejeando con la oscuridad
las más opacas sonaban como grillos.

Pero la casa se tiñó de negro.
La lluvia encontró su camino
y abrió la tierra:
uno teme caer.

Un rayito de luna se tiende en el piso
y mis pies lo encuentran:
aquí me he sentado
al llegar a un acuerdo con el miedo.

 

 

 

 

EL REINO DE LA HORMIGA

Alabemos a las hormigas, oh, hermanos míos. Alabémoslas. Evangelizadoras del amor por las migajas. Unidas dibujan una bandera escarlata. Tren rojo de angosto camino llevándose la casa hacia al centro de la tierra. ¡Aleluya! Y desde el centro escapan de la soberbia de nuestros pasos, de todo lo que la gravedad magnetiza y sabe arrastrar. Oremos, pues, por una existencia sin el pecado de sentirse individual. Sin preguntar: Padre, porqué hemos de pagar por las ambiciones de Adán, a qué se debe toda esta insignificancia, porqué has dejado que la tierra encanezca en los polos o porqué hemos sido condenadas a superpoblar el microcosmos. Y cosas así.

Oremos por la moral del enjambre, por el cielo y su lluvia de lagunas anegando la colonia: adiós universo excelso, adiós arquitectura inestimable levantada con los puños de las hembras. Alabemos a las infecundas por hacer eructar la arena. Elevemos cánticos por el fango y la madera maleable, y alabemos a las hormigas también, por ser migajas que aman, polvo hambriento cavando en los pulmones del planeta.

Cantemos. Que nuestras acciones brillen como el alma de una luciérnaga y que de nuestra voluntad obrera reencarne la humildad de los caídos. Carguemos como ellas la cruz del mundo, pedazo a pedazo, democráticamente, haciendo menos vil el peso de la experiencia. Tendamos un puente o dejemos ronchas en una piel desconocida.

Oremos: Te amo, Padre, así como aman los zánganos bajo tierra. Te alabo sin la fastidiosa porosidad de los huesos. Sin decir patria o suelo mío. Cualquier punto de encuentro es sagrado si uno de los míos me tiende la mano. Sé que con una venenosa palabra en el ojo de Goliat bastaría para quebrarlo. Perdona a tus hijas. Perdona nuestros cielos de arbustos y también perdónanos por no dejar nada al azar. Por no reconocerte en el espíritu que anima la hierba. Porque una vez dejaste caer un Marlboro encendido y la hierba sufrió, pero no dijo sálvame o me arrepiento, no dijo tampoco desolación. Aborrecimos desde entonces la palabra crepúsculo por sentirla tan lejos, tan viciada, tan carente de virilidad. Perdona a tu pueblo que aun enterrado sigue cayendo.

Alabemos, hermanos míos, a las hormigas. Salvémoslas de nuestros perdidos pasos. Entonemos perseverantes, arengas que inviten a subir nuestra fragilidad a la cuesta.

Oremos: Tal vez en el decir esté la ofensa, y en la obra en cambio todo sea más simple.

¡Alegría! ¡Alegría! hoy y siempre en el reino de las hormigas.



*  *  *

Derechos reservados
©Annabell Manjarrés Freyle 

 

NOTA BIOGRÁFICA

Gaira, Colombia, 1985. Periodista independiente, poeta y narradora. Autora del libro Vía, alterna. 2+3 años de periodismo cultural (2019). Es Premio Nacional de Cuento Bueno y Breve, de la revista El Túnel de Montería, 2015, certamen que ganó con el texto “El hombre en su jaula”. Fue invitada al Festival Internacional de Poesía PoeMaRío, de Barranquilla en 2010; al Festival Internacional de Poesía de Medellín, en 2016; al Festival Internacional de Poesía Nazim Hikmet, en Estambul, Turquía, 2017; y al Festival Internacional “Mihai Eminescu”, Craiova, Rumania, 2018.

Autora de los poemarios: Espejo lunar blanco (2010), Óleo de mujer acosada por el tiempo (2013), Una ciudad como Saturna (2016) y Animales invertebrados (2017). Poemas suyos han sido traducidos al inglés, catalán, francés, italiano, turco, rumano y albanés, y figuran en diversas antologías nacionales e internacionales. Obtuvo el Premio Internacional de poesía Voces Nuevas, de Ediciones Torremozas, Madrid, 2018. 

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