SEÑORA MUERTE – Dos microrelatos de Jorge Guaneme


Foto / ©Marcela Sánchez – MARA

 

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 LAS CENIZAS DEL ABUELO

Después de varios meses de torturas, médicos, especialistas y enfermeras, el abuelo por fin descansó. La familia acordó cremación, claro, después de rendirle los homenajes que se merecía, sin olvidar lo concerniente a misas  y responsos.

Para cumplir con su último deseo, toda la familia fue a enterrar sus cenizas bajo el árbol que él había sembrado cuando era joven, allá, en su finca natal.

Catalina, su nieta, estudiante de medicina, estuvo muy al tanto de la evolución de la enfermedad, primero para cuidar al viejo y segundo para aprender un poco más.

Una semana después del entierro de las cenizas, Catalina se reintegró a sus prácticas en el hospital universitario.

En una de sus clases, en la morgue, tenían que realizar una auscultación. A petición de los estudiantes esta práctica se hacía cubriendo el rostro del cadáver con una toalla, pues no querían que los ojos fijos del muerto los perturbaran mientras le abrían el vientre. Así se hizo también en esta ocasión. Catalina estaba insertando el bisturí en un costado y por accidente alguien movió la toalla dejando al descubierto el rostro que no querían ver. Catalina lo vio, soltó el bisturí, y se desmayó.

El médico y algunos estudiantes se rieron. Suele suceder, dijo el médico, ellas son más propensas  a estos nerviosismos.

Y mientras le daban primeros auxilios a Catalina, el médico insistió en que era preciso esforzarse en superar esos melindres, ya que durante toda su vida profesional tendrían que vérselas con muertos.

Con un pañuelo sobre la nariz, impregnado con éter, al fin Catalina regresó a la vida y con voz apenas audible, dijo: El que está sobre la mesa es mi abuelo, el mismo que incineramos hace una semana y cuyas cenizas descansan debajo de un árbol.

 

 

Michael Gaida / Pixabay

 

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MUERTA ANTES DE TIEMPO


Nadie se muere en la víspera, sino en el día que le toca, eso dicen, pero no siempre resulta cierto. Catalina Herrera murió diecinueve años antes del día que le tocaba.

Sin saber cómo apareció muerta ante la Registraduría Nacional y ella, que ya había cumplido 83 años, se la pasó casi dos décadas tratando de demostrar que estaba viva.

Necesitaba atención médica pero no podía recibirla por su oficial condición de muerta. Después de mucho papeleo, entrevistas en radio y televisión, testigos, y constancias de médicos y siquiatras al fin le creyeron y Catalina Herrera regresó a la vida. En la Registraduría le entregaron una contraseña que así lo demostraba. Ahora sí podría recibir los servicio de salud que tanto necesitaba.

La emoción fue tan intensa que pocos días después, en una celebración con sus más allegados, murió de conmoción cerebral y paro cardíaco.

 

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Derechos reservados
©Jorge Guaneme
 

 

NOTA BIOGRÁFICA

Simijaca, Cundinamarca, 1945. Escritor y crítico literario. Estudió Literatura Latinoamericana en la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Tiene un Master of Arts en Sociología de la Literatura de la Universidad de Essex, Gran Bretaña.

En 1993, con su novela “La máscara y el espejo”, obtuvo el Premio Nacional de Novela Plaza & Janés. En el 2001 la Editorial Aurora publicó “La trampa del deseo”, su segunda novela.

Les invitamos a visitar su WEB

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