LA SESGADA FAMILIA – Un cuento de Luis Carlos Gaona

 

Foto |©Archivo particular

 

El ser humano está constreñido por infinidad de fuerzas y leyes; sin embargo, no parece haber imperativo más férreo que el que cada cual se impone a sí mismo. Una palabra, una promesa pueden más que una pesada cadena. María Dolores Guarnizo tuvo cuatro hijos y enviudó antes de los cuarenta. Su marido era descendiente directo de los primeros colonizadores de la región y por tanto un hombre con considerable caudal económico y probado respeto social. Los unió además la pasión por el trabajo; pero a la muerte de éste la hacienda comenzó a decaer, porque Valentín, el mayor de sus hijos y único varón, fue siempre un holgazán, y con la muerte del padre se acentuó su voluntad despilfarradora.

Paulina, la menor de las hermanas, se enamoró de un visitador médico que pasó por el pueblo y huyó con él para nunca regresar. Las demás mujeres se ofrendaron a atender a Valentín con abnegación y la madre –además– al cuidado de la finca que poco a poco se venía a menos; también la salud de María Dolores, que cuando cayó en cama llamó a sus hijas y les hizo prometer que nunca desampararían a su hermano. Ella conocía el estado de dependencia que había desarrollado su hijo, sabía de su total indefensión para afrontar la vida y les arrancó ese juramento en su lecho de muerte.

La herencia fue dividida en partes iguales, pero Cleria y Delia Rosa hicieron caso omiso cuando Valentín se apoderó de los bienes de la hermana ausente. Intuían que ese legado en manos de Valentín se perdería; en efecto, al cabo de algunos años su hermano dilapidó casi la totalidad de su patrimonio. Vivían en una casa con marcado acento colonial, esquinera, de doble planta y durante ese lapso Cleria declinó dos peticiones de matrimonio por permanecer al cuidado de su hermano que nunca dio muestras de querer enderezar su camino; al final, se enamoró de una cantante de feria que estaba comprometida con un muchacho del pueblo y se fue a vivir con ella a la antigua casa de la hacienda y aunque la vida de hogar lo sosegó, era ya tarde porque una tisis adquirida años atrás avanzó hasta llevarlo a la tumba.

Sus hermanas no estuvieron de acuerdo con esa unión, pero siempre se mostraron atentas a las necesidades de Valentín; aunque de lejos, porque no querían saber nada de esa fulana. Cuando su hermano se unió con aquella mujer, ellas clausuraron las puertas de su casa y nunca más se las vio salir a la calle, excepto el día del funeral de su hermano y por último cuando abandonaron el claustro tendidas, ambas, con los pies por delante, a la hora de la muerte.

 

 

©Constantino Castelblanco Quintana│“Heridas”, Técnica mixta

 

 

La única ayuda que recibieron era más una compañía vana, una oportunidad que aprovecharon para el ejercicio de la caridad o quizá la manera de expiar una culpabilidad que se echaron encima sin motivo aparente. Se trataba de Arsenio Cantillo, un joven humilde, quien al parecer mantenía un tímido e ilusorio noviazgo con la mujer que se unió con Valentín, razón por la cual se pegó un tiro, con tan mala fortuna que no se mató, sino que tras varias semanas en estado crítico sobrevivió para arrastrar en adelante una existencia en continuo estado de letargo y enajenación. Por momentos tenía arranques de peligrosidad, hubo quejas de que en varias ocasiones correteó una que otra muchacha, incluso se le inculpó de exhibicionista. Era hijo único y cuando su madre murió las hermanas Quintal Guarnizo, decidieron darle albergue en su casa y aprovechar sus servicios como una especie de mandadero, su único contacto con el pueblo. Durante los años que las puertas estuvieron clausuradas se sabía que continuaban vivas porque el loco Arsenio salía una o dos veces al mes con la lista de cosas para mercar en una mano y en la otra una pequeña bolsa de tela con un rollo de billetes amarrados con una tira de caucho.

Los primeros sábados de cada mes, en horas de la mañana, el portón permanecía entreabierto y entonces el caporal encargado de administrar sus bienes se presentaba a rendir cuentas del producido. Cleria se entendía con los números y Delia Rosa le ofrecía una taza de chocolate y un puñado de colaciones. El mismo ritual siempre. Salvo esa intromisión no admitían ninguna otra visita; y quién que se atreviera a perturbarlas. Un domingo en la noche los golpes en la puerta sorprendieron a las hermanas, hincadas sobre sus reclinatorios rezando el rosario. No podían creerlo, habían pasado largos años sin que nadie golpeara a su puerta. Arsenio dormía en el solar, en un cobertizo que otrora se utilizó para almacenar tabaco, hasta allá llegó el ruido y también él se extrañó por los golpes en la puerta, certeros, urgentes.

–¿Qué se ofrece? –preguntó Cleria con voz recia.
–Soy yo señorita, necesito hablar con ustedes.
–¿Quién es usted? ¿Qué quiere? –volvió a tronar la voz.
–Soy Hada Cañizares, la que fue mujer de Valentín, necesito hablar con ustedes.

 

 

©Constantino Castelblanco Quintana│“Puerta del cielo”, Técnica mixta

 

 

Cuando Delia Rosa comenzó a desatrancar la puerta ya Arsenio estaba agazapado tras uno de los cortinajes que dividían la sala del patio. Dentro no había luz eléctrica, sólo un candil en el centro de la mesa y dos veladoras frente al adoratorio del Sagrado Corazón. La mujer iba a entrar, pero Cleria con un gesto de su brazo le indicó que permaneciera afuera. Delia Rosa era una vaga sombra enlutada tras su hermana. La Cañizares venía envuelta en un pañolón oscuro y traía la niña colgada de su mano. Hacía menos de un año del fallecimiento de Valentín, la mujer se notaba envejecida desde entonces. Explicó sin prisa, pero sin pausa; arguyó que no podía cuidar de la niña, solicitó ayuda, sería cuestión de algunos meses, máxime un año mientras ella conseguía trabajo en la ciudad, entonces volvería por su pequeña. Sabían que era mentira, que nunca más regresaría por su hija, sabían también lo mucho que Valentín quería a esa pequeña. La escucharon en silencio y luego Cleria fue hasta su alcoba en el segundo piso y de un baúl que ocultaba bajo la cama sacó un manojo de billetes y bajó para dárselos a la mujer.

Hada les alcanzó la maleta y luego trato de conducir la pequeña mientras le decía que era la casa de las tías, que iban a cuidar muy bien de ella, que sólo la dejaría un momento mientras iba a traer sus cosas, pero la niña se aferró al vestido de su madre y no quería entrar; por fin la madre consiguió empujarla y Cleria cerró la puerta.

Iba a cumplir diez años y ellas se negaron cuando su hermano insistió en traerla para que la conocieran. Ahora estaba ahí, en mitad de ese salón, en silencio, no profería un gemido, pero las lagrimas rodaban incontenibles por sus mejillas.

Delia Rosa pasó sus dedos arqueados por la cabeza de la niña y secó su llanto con el canto de su falda, la tomó de la mano y la condujo escaleras arriba hasta la alcoba, volvieron a hincarse, terminaron de rezar su rosario y al final dieron gracias a Dios por la llegada de su sobrina, que permaneció asustada y aterida en el sitio donde la habían dejado. Esa noche durmió con tía Delia Rosa y al siguiente día Cleria ordenó que le acondicionaran un cuarto en el piso de abajo y aunque las primeras noches lloró inconsolable no se conmovieron, por el contrario, llegaron incluso a encerrarla con candado para que se acostumbrara a su nuevo cuarto.

–¿Cuándo va a venir mi mamá? –preguntó la niña al cabo de unos días.
–Nunca más. Su mamá no va a volver nunca más –le respondió la tía Cleria.

Haciendo gala de un coraje que de seguro no era herencia paterna, la niña no sólo nunca más preguntó por su madre, sino que tampoco volvió a llorar, cuanto menos no en presencia de sus tías. Todas las noches, tras haber rezado el rosario, ya de vuelta en su celda, la niña indagaba por su falta, no acertaba a responderse cuál era el motivo por el que su madre la había abandonado en aquella casa. No obstante, se esforzó por ganarse el cariño de las dos mujeres que fue siempre duro y áspero, como la superficie de un ladrillo sin pulir. Con tal de no dejarla salir a la calle, se negaron a enviarla a la escuela y ellas mismas la adiestraban con un régimen de enseñanza impersonal y severo. Entre ese menester, el aseo de la casa, las labores de costura, la limpieza de la loza y los rezos, se le esfumaban los días. Así pasaron dos años. En ese tiempo la niña aprovechaba cualquier descuido para correr al portón y mirar por una rendija. Un buen día vio un muchacho jugando canicas frente a la puerta y pudo hablar con él; a partir de entonces se hicieron amigos y conversaban por el intersticio, a veces se pasaban papeles con dibujos o pequeñas cartas por debajo de la puerta. De esa forma la niña llevaba varios meses enterándose de cómo era el pueblo, hasta que una tarde su tía la sorprendió y sacó a relucir su rabia. Ese día Cleria la golpeó sin misericordia y con el último fuetazo la prohibición de que volviera a acercarse a ese portón. Pero yo no soy su hija y ustedes no tienen ningún derecho, ustedes están secas, no pueden tener hijos, ¡hurra!, ¡hurra!

En represalia por sus palabras, a partir de esa noche quitaron la tranca de la puerta que separaba la planta baja de la casa con el lugar donde dormía Arsenio.

 

 

©Constantino Castelblanco Quintana│“Arpa de agua”, Técnica mixta

 

 

Mariana observó con alivio cuando la policía le colocó las esposas y lo sacó a empujones de la casa. ¿Por qué lo haría?, se preguntó. Era la misma pregunta que se hacían las gentes del pueblo, pero ellas ignoraban las razones de tan certero proceder. La respuesta parecía obvia: estaba perturbado y quizá ese sería un atenuante a la hora del juicio, en todo caso la verdad era entre ellos un lazo tácito.

Tal vez ese acto, ruin y noble a la vez, fuera el pago a una deuda contraída hacía años, una franquicia que Arsenio tuvo para librarse del remordimiento por el dolor causado a esa niña, la única manera posible de saldar lo irreparable. Sería hallado culpable, acabaría sus días en una cárcel o en un sanatorio, se dijo Mariana.

Durante los primeros años en aquella casa hizo lo posible por ganarse la aceptación, quería integrarse a la familia, pero luego comprendió que era vano su empeño y que había una guerra declarada en su contra. Era apenas una niña y las primeras batallas las pagó literalmente con sangre. La fecha en que decidieron desaparecer la tranca que la dejó a merced de Arsenio, declararon también la turbiedad de sus intenciones. Esa noche nada sucedió, pero era cuestión de esperar y ellas lo sabían. Arsenio comenzó a espiarla, se aplicaba con devoción a contemplarla por la rendija de la puerta y cada día se ensimismaba un poco más en sus prácticas furtivas, hasta que aconteció lo inevitable. Fue en agosto, justo la noche de la tempestad de San Bartolo; la lluvia latigueaba sin cesar y continuamente los relámpagos y rayos tajaban la noche y retumbaban en su pequeño corazón estremecido. La luz del candil era débil y temblaba como la niña, quien se había recogido entre las cobijas y se alarmó cuando vio saltar la pequeña aldaba ante el empellón con que Arsenio forzó la puerta. Mariana le preguntó ingenuamente si estaba atemorizado y él en respuesta se abalanzó sobre ella. La niña dio un salto y se precipitó fuera del cuarto, rumbo al segundo piso. Cuando ella coronaba las escaleras, el loco de un manotazo alcanzó a rasgarle la pijama.

Llegó al cuarto de la tía Delia Rosa gritando y golpeó la puerta con los puños; en vano, porque Arsenio la encajó por la cintura y la levantó en vilo, al tiempo que con la otra mano le tapaba la boca. La niña lo haló del cabello y trató de arañarlo, pero el otro no desistió.

Un letárgico relámpago que brilló cuando la llevaba escaleras abajo, le reveló la figura de Delia Rosa con su largo camisón de holan, observando impasible desde la puerta.

 

 

©Constantino Castelblanco Quintana│“Bahareque”, Técnica mixta

 

 

Al siguiente día Arsenio no amaneció en casa, pero nadie dijo nada; un silencio tenso a la hora de las comidas y la niña como siempre con la mirada metida en los platos; no se atrevía a levantar la vista, pero tampoco las dos mujeres osaban mirarla a la cara. Hubiera querido contarles lo sucedido, compartirles su dolor, buscar consuelo, tal vez lo de esa noche fue un accidente del que nadie tenía culpa; sin embargo, la vergüenza no le dejó musitar palabra. Nunca había hablado más de lo que se le exigía, así que terminó sus labores y se encerró en su cuarto a llorar. Esa noche no hubo rosario, volvió a arreciar la lluvia y la puerta fatídica apareció trancada. Pasados algunos días Mariana tomó la decisión de escaparse de la casa, incluso llegó a empacar sus cosas, pero justo al momento de abrir la puerta decidió quedarse, ese era su hogar, el único. Arsenio volvió semanas después y la niña, como siempre, tenía que llevarle su comida al solar; ahora la dejaba sobre una mesa porque él no se atrevía a salir hasta que ella no se hubiese retirado. Así fue creciendo Mariana, cercada por un afilado recelo que por momentos era rencor y cuando por algún motivo la situación se hacía tirante, la tranca de aquella puerta volvía a ser retirada, pero Arsenio no la atacó nunca más. Cuando alcanzó la mayoría de edad y las tías le entregaron las llaves para que pudiera salir y encargarse de los asuntos de la casa, fue Mariana quien se negó, dispuesta a permanecer al lado de ellas, a cuidarlas y hacerse merecedora de su confianza. Fue ella quien añadió de su puño y letra, en la lista de la compra, el nombre del veneno. Recibió el frasco, lo llevó a su cuarto, levantó una tabla del piso, lo metió en esa cavidad y volvió a colocar el sillón encima. Durante años permaneció el frasco escondido en aquel sitio.

Por fuera la casa parecía abandonada, la hierba proliferaba en los pliegues de los andenes, en las cornisas florecían unas telarañas ya viejas y sucias, la piel de los adobes se había resquebrajado y una que otra yedra crecía entre las grietas. Por fuera la casa parecía apacible, pero dentro bullían pasiones soterradas; sin duda, la vida de esa casa era una metáfora de la vida humana en general.

Las viejas recibieron una atención esmerada y respetuosa que poco a poco fue finiquitando las asperezas y haciendo que germinara en ellas la comprensión y posteriormente el cariño. Mariana se encargaba de la totalidad de los quehaceres del hogar con extrema meticulosidad y aunque se mantenía al margen cuando Cleria recibía el producido de la hacienda, no por ello ignoraba la existencia del baúl donde se guardaba el dinero, ni el sitio donde escondían la llave. El caporal era un trabajador esforzado y emprendedor; hacía algunos meses había decidido comprar parte de la finca y cuando le faltaba apenas una cuota para terminar de pagar, Mariana supo llegado su momento. Ensayó una pequeña poción con el gato y comprobó que el poder mortífero pervivía intacto. Arsenio casi nunca permanecía dentro de la casa durante las tardes, por eso calculó que el momento preciso sería a la hora del almuerzo; luego arreglaría su equipaje, pondría la cena en la mesa del solar, atravesaría la tranca en aquella puerta y se marcharía para siempre. Dios mediante, nada podía fallar.

Les preparó su plato favorito, puso la vajilla nueva y se sentó a comer con ellas. Degustó cada bocado con exagerada lentitud, hasta que Cleria sintió un fuerte retorcijón que la dobló sobre la mesa. Quiso pedir auxilio, pero la boca se le llenó de una baba espesa y amarillenta, entonces se aferró con brusquedad al mantel y lo arrastró consigo en la agonía de la muerte. La delicada vajilla se hizo añicos contra el piso. Delia Rosa corrió hasta el cuerpo de su hermana y trató de auxiliarla, minutos antes de que también a ella la sacudieran los mortales espasmos. Gritaba como loca y se metió los dedos en la garganta para provocarse arcadas, pero no consiguió vomitar, en cambio comenzó a perder fuerzas, los ojos a nublársele y el mundo a dar vueltas en torno a ella. Mariana contempló la escena con pasmosa serenidad, tan absorta en el estertor de sus tías que no se percató del momento en que Arsenio ingresó atraído por el estropicio.

Delia Rosa levantaba las manos en actitud implorante, pero el loco saltó sobre ella y la atenazó hasta estrangularla. Mariana alcanzó a pensar que había querido mitigarle la terrible agonía. Pronto comprendió que estaba equivocada, pues Arsenio se abalanzó sobre el cadáver de Cleria y aferrado a su cuello volcó sobre ella toda la locura, todo el sufrimiento y todo el amor por tanto tiempo remansados.

(2002)

 

 

©Constantino Castelblanco Quintana│“En la piel del agua”, Técnica mixta

 

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Derechos reservados
©Luis Carlos Gaona

 

NOTA BIOGRÁFICA
Licenciado en ciencias sociales y económicas (UPTC), especialista en literatura y semiótica, investigación y docencia (UPTC), magister en literatura latinoamericana (Universidad de Costa Rica). Rector del Colegio Técnico Aurelio Martínez Mutis, Puente Nacional (Santander). Primer Premio en el Concurso Nacional de Ensayo León de Greiff , Medellín, Colombia, 1997. Finalista de la VII edición del Premio Nacional de Dramaturgia, Ministerio de Cultura, Bogotá, Colombia, 1998. Segundo Premio, Concurso Nacional de Ensayo Instituto Distrital de Cultura, Bogotá, Colombia, 1999. Primer Premio. Cuarto Concurso Nacional de Cuento UIS, Bucaramanga, Colombia, 2008. Primer Premio Compartido, Crónica de Santander siglo XX, Fundación el Libro Total, Bucaramanga, 2010. Beneficiario del Fondo Mixto de Promoción Cinematográfica “Proimágenes Colombia” para la escritura de Proyectos de documental de largometraje, 2011. Beneficiario Beca Estímulos a la Producción y Creación Artística, Artes Audiovisuales, Documental (Mi hermano el ganso). Gobernación de Santander, 2013. Beneficiario del Programa Nacional de Concertación (Mincultura) proyecto cine documental Un puente al pasado años 2011, 2013, 2015, 2017 y 2019. Ha publicado artículos en diversas revistas de carácter humanista. Autor de los libros: Tríptico de caminos cruzados, Bogotá, Cooperativa Editorial Magisterio (Colección Piedra de Sol), 1998. ISBN Libro: 958-20-0457-6, Al filo de la calle (Hacia una semiótica y una analítica del amor mercenario), Medellín, Ediciones del Consejo de Medellín, 1997, La sesgada familia y otros relatos, Bucaramanga, División de Publicaciones UIS, 2009, Crónicas del Siglo XX en Santander, (coautor) Bucaramanga SYC Editores, 2010, Corrió la voz, Esbozos para una historia temática y testimonial de Güepsa, Ed. Salamandra, Tunja, 2013. ISBN 978-1-105-30238-1

 

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Las imágenes que acompañan los textos son obra del fotógrafo y artista plástico colombiano Constantino Castelblanco Quintana (Nuevo Colón, Boyacá, 1950), ejecutadas en técnica mixta durante diferentes periodos creativos. Sociólogo egresado de la Universidad Nacional. Desde 1981 reside en Villavicencio. Hace parte de la Corporación Entreletras y es miembro fundador de la Fundación para el Archivo Fotográfico de la Orinoquía. Con su lente Constantino Casteblanco ha inmortalizado la belleza e inmensidad del alma llanera, con más de 25 exposiciones individuales y colectivas, y la participación en libros y revistas. Su obra ha sido galardonada con diversos premios. En 1997 fue seleccionado por la FIAP para participar por Colombia en la novena Bienal de Naturaleza en Francia.

 

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