QUE NO DIGAN QUE HE MUERTO | Poemas de Luis Manuel Pérez Boitel

 

Foto |©Archivo particular

 

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Selección de
EL LIBRO DE PAOLO
(inédito)

 

1

Uno va quedándose con ciertas quimeras, ciertos mediodías, donde de tarde en tarde, juego con papá a los naipes y sostenemos un diálogo sobre los años. Ahora que en la televisión no dan información de casi nada. Me atrevo a pensar que él no conoce estas naves de la añoranza, lo ignoto del paisaje, la hora de ir catando nombres, lo que cuesta un día en la isla, mientras tomamos algún ron con etiqueta casera. En el concilio de estas utopías siento que soy un náufrago, una persona que no podrá ver morir a papá antes que escapen estas naves, lo engañoso es pensar lo contrario, el azogue de estas brevedades. Refería mi aflicción por la faena de los que se buscan la vida. Qué diría Góngora si nos encuentra en este momento del poema. Papá tendría toda la razón del mundo para olvidar la casa, lo que se fue perdiendo en el tiempo, el rumiar ante la época de cosecha. Papá, sabes, todavía venden discos de Lennon. Dichoso el que pueda oírlo, pero estamos jugando a los naipes y hablando de muchas cosas. Yo miro los ojos de papá para que se dé cuenta que ha perdido.

 

 

 

 

2

¿A dónde se sale cuando no se está?
¿A dónde se está cuando se sale?
Néstor Perlongher

 

Agua aérea también siento en mi sobrevida, Néstor Perlongher. Agua de los pantanos, las gibas de mi cuerpo no daban para más. Nada daba para más, tenía yo un tatuaje con un dragón escapando de las aguas verdinegras, de algún lugar saliendo. Agua aérea que también tuve la primicia de compartir con Delfín Prats, en una tarde de campo, en un borrico, matinal saludo de estas aguas tropicales. En el estanque los ánades escapaban de las aguas y Perlongher me habla de una fugacidad sólo en apariencias. Estoy en la cama de un hospital, soy un extraño, uno más que va a morir y percibo estas aguas subterráneas, fuera de todos los límites. Atmósfera diluviana que pudiera parecernos demasiado tropical, con Delfín Prats montado en un borrico, ahora mismo, en una tarde de campo, mirando la estatua de Perlongher en el paisaje veteado por tanto silencio y tanto mar. Agua aérea esta. De los brocales salta el silbido, el agua que intentamos hacer perfecta. Agua que no cabe en nuestras cicatrices y en la desmemoria de ese otro paisaje ya veteado, gobelino, lejos de la luminosidad. Agua aérea esta que como desmenuzados cuerpos se presentan ante la noche.

 

 

 

 

©Constantino Castelblanco Quintana│“La nave va”, Técnica mixta

 

 

 

3

Me miré en el espejo, y dije Paolo, estas son mis naves para llegar a los puertos de Citerea. Detrás de mí estará la corriente, la lluvia que nos acecha, los furgones de quien espera otra contienda. En el níveo recodo abovedado, voy llegando a otras costas, a mansalva de estos dislates donde voy poniéndome máscaras para descubrir los tiempos que han pasado, el lugar predilecto para la noche. Que arda Troya, me ha dicho el amante que fustiga cada palabra, él no sabe que mis naves arden. Voy desde ese amanecer a otro, en cuerpos tan perfectos o casi perfectos que no reconozco por qué el mar nos distancia en la sobrevida, estos espejos que alguna vez fueron mi verdadero rostro jónico o los rostros jónicos de los que me amaron, sin apenar reconocer ni mirar el fondo de las cosas. Me miré en el espejo, y dije Paolo, estas son mis naves.

 

 

 

 

4

Escurridas las sombras me retienen, como un acechante disparo a la ciudad. Mi padre ha muerto y nadie sabe nada. Apenas los perros ladran en los ejidos, como raros portazos a la existencia. No encuentro palabras para fustigar mi calma, la sed del druida. A desaire, veo que mi tiempo acaba. El agua de los cántaros no es la misma, y mi madre dice: Paolo no te duermas, debes cerrarle los ojos a tu padre para que vea la luz, estas luengas tempestades. Entonces corro entre la zarza y la maleza, la noche ciega, estéril me toma de la mano y me exorciza de su reino, como si fuera un niño que nada sabe. Voy en lo discontinuo a otras faenas, le digo adiós a todos, pero no le digo a Dios que he pagado mis deudas, el arrebol de estas naves. Papá tenía los ojos más profundos del mundo y mi mano temblaba cuando le tomaba las suyas. Paolo no te duermas, replicaba mi madre. Desde el umbral, la noche nos delató el abrazo, el pecho en el que lloré como un niño, si no lo fuera, un animal malherido cruzaba lóbrego por mi sino. Papá tú no te irás nunca, porque yo seguiré viendo con mis ojos, esta rara penitencia, estos relámpagos por los destinos y la isla, la fe que se nos escapa. Mamá no te duermas, estoy tan frío y quieto que no puedo encontrar las palabras, si acaso las hubiera.

 

 

 

 

©Constantino Castelblanco Quintana│Serie: “Eros”, Técnica mixta

 

 

 

5

Despacio cruzan las aves el reino, ellas llevan un poco de isla en sus entrañas, los astros miran, a tientas, la chinesca sombra de estas naves que alguna vez fueron el ayer o los ayeres. La mutilación de estos cuencos, el firme espacio donde llegan los océanos y nos devuelven sus aguas, como un acto de sacrificio voy corriendo las ventanas y la ciudad queda atrás, el país queda atrás, los amigos que también quedan atrás ya no saben nada. Ciñe el paisaje un aire que no encuentro, la ausencia misma musita una canción para la nochebuena, el ayer o los ayeres mismos, donde escapo a contraluz en el áureo convite de esas aves, ya distantes, que se lo llevan todo. Su majestuoso plumaje me recuerda las palmas en la isla, pero voy corriendo las ventanas y la ciudad queda atrás, el país queda atrás, los amigos que también quedan atrás ya no saben nada. Mejor será retractarme, decir que olvido, que tengo sed por estos cuencos, que una tormenta de arena obnubiló la noche, su imán, mi memoria. Que soy un ave de paso.

 

 

 

 

6

Hasta aquí llegaron mis naves, lo demás fue tramoya. Un orgiástico escenario donde cimbra la ausencia, el dolor por tanta pérdida. Así me entrego al vicio, a la medianoche, y me dejo llevar por la corriente. El estado de coma donde todavía estoy. El tic-tic de los aparatos. Un amigo me ha traído agua del Jordán, y yo le agradezco. Pero ya no quiero escapar de estas nocturnidades.

Aquí estaba la casa de la infancia, por esta zona jugaba con mis amigos a escondernos. Sobre aquella colina, en Buenavista, mi padre me abrazaba entre caobas y cedros. Por aquí salió mi juventud un día. Allá estuve repasando a un tal William Blake, que no supo nada de mí. En esa casucha, empecé a soñar con la cabeza boca abajo. Mamá decía que los que escriben poemas se ponen boca abajo, pero no le crean. En esa calle, ah, en esa calle, algo pasa, algo musita la gente.

Pero voy por buen camino, que nadie tenga dudas, si allano lo que va quedando de todo, en medio de tanta nada es porque soy feliz con tan poco que no me resisto a otra cosa. Por eso voy por buen camino. Largo sea mi camino.

 

 

 

 

©Constantino Castelblanco Quintana│“Vuelo 9”, Técnica mixta

 

 

 

 

7

Si mamá me dice que le apriete la mano no siento yo la sensación
De que estoy detrás de una pared. No siento el concéntrico
Escenario de que mi madre me llora. Fija en mí
El rostro escuálido del que se va a quedar.
Si mamá me dice que le apriete la mano y no respondo,
Las fuerzas menguan mi corazón y las lágrimas me salen
De los ojos, con el tic- tic de los aparatos. Es como si te pusieran
Un cuchillo en el cuello para que vengas a contarme del amor.

 

 

 

8

Dejó de quejarse y se quedó inmóvil. Ignoraba el tiempo
que había durado su desvanecimiento.
De súbito advirtió que estaba vivo
y que un dolor violento le partía la cabeza.
Raúl Zurita 

 

Recia queda la imagen del paisaje de fondo. La eutanasia me vendría bien para llegar con el soplo de estas auroras. Me dices, con toda categoría, que así es la eternidad, los bucles de esta otra existencia que está latente en el poema dedicado con rara intención al proscrito. Algo ha llegado a su término. En la sustancia de estos límites el escapista va quitando los aparatos de mi vida artificial, pienso que ha sido un salvoconducto estas migajas del tiempo, lo que queda en las arenas. Un carromato de fin de siglo, sostiene mi cuerpo, todavía tembloroso, como si fuera esto lo que los hombres llaman felicidad.

 

 

 

 

©Constantino Castelblanco Quintana│“Trama”, Técnica mixta

 

 

 

9

Dime algo, aunque fuera el espanto por mi real muerte. Crispando las venas descubro un animal sollozante, gélido, que reside en mí, de antemano pernota su inocencia. Dime algo antes que llegue la noche y se acomode en el cuerpo réprobo, por la comisura de estos estertores y sienta que la mano de Dios oprima mi pecho, y ya no pueda escucharte.

 

 

 

 

10

Que no digan que he muerto, es una locura pensar que voy a morir tan rápido. Mejor somos la piel del que ha sobrevivido, el escarnio del que se fugó a contracorriente con unas naves que no van a llegar nunca. Mañana que nadie publique la noticia. Estaba yo mirando esas catedrales cuando un ángel vino y se colocó, justo donde estaba, pero yo todavía no he muerto. Es más, hay un mar que tengo adentro que me asusta, pero todavía, mi amigo, no voy a salir de esta isla. Serpenteante llega una luz, como si fuera otro ángel con su tiara fúnebre. Sopló un viento en los rediles, quizás fueron las aves que van regresando. Que no digan que no se escucha el tic-tic, que estaba algo loco pensando tanto en las palabras verdaderas y que un temor me despertó un día. Retumba en la pared el fulgor de otro ángel que dice llamarse igual que yo, pero no le creo. Que no digan que he muerto. Mejor saldremos a dar un paseo por la comarca, la ciudad que está en ruina es mi tempestad, el polvo, los años. Dime mejor tú, mi amigo, un poema que se lleve todo lo incierto, toda esta quietud o el vago rumor del silencio. La nada. El despertar del otoño. Algo que tenga sentido común o vida propia, que se parezca a la noche, como si fuera poca la noche. Que no digan que he muerto.

 

 

 

©Constantino Castelblanco Quintana│“Guerrero vencido”, Técnica mixta

 

 

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Derechos reservados
©Luis Manuel Pérez Boitel

 

 

NOTA BIOGRÁFICA
Nació en Remedios, Villa Clara, Cuba, en 1969. Miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba.  Ha publicado más de veinte poemarios, entre los que se destacan: Unidos por el agua (1998), Bajo el signo del otro (2000), Los inciertos dominios del escriba (2001), Oración del inquilino(2002), Aún nos pertenece el otoño (2002), Para no quedar en el andén (2003), No pidas el perdón (2004), Ciudades del invierno (2005), Antes que la noche acabe | Antología personal (2005), Artefactos para dibujar una nereida (2014), Un hombre errante (2015), Cartas de Rilke (2015). Obtuvo en el 2002 el Premio Internacional Casa de las Américas en poesía, con Aún nos pertenece el otoño, y en el 2013 obtuvo el Premio Internacional en Lengua Española “Manuel Acuña” que otorga la secretaría de Coahuila en México, con Artefactos para dibujar una nereida.  El Ministerio de Cultura de la República de Cuba le otorgó la Distinción por la Cultura Cubana. Su obra ha sido traducida a varios idiomas.

 

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Las imágenes que acompañan los textos son obra del fotógrafo y artista plástico colombiano Constantino Castelblanco Quintana (Nuevo Colón, Boyacá, 1950), ejecutadas en técnica mixta durante diferentes periodos creativos. Sociólogo egresado de la Universidad Nacional. Desde 1981 reside en Villavicencio. Hace parte de la Corporación Entreletras y es miembro fundador de la Fundación para el Archivo Fotográfico de la Orinoquía. Con su lente Constantino Casteblanco ha inmortalizado la belleza e inmensidad del alma llanera, con más de 25 exposiciones individuales y colectivas, y la participación en libros y revistas. Su obra ha sido galardonada con diversos premios. En 1997 fue seleccionado por la FIAP para participar por Colombia en la novena Bienal de Naturaleza en Francia.

 

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