Carrusel

15 jun 2026

Retrato de Mairym Cruz-Bernal
Foto: © Archivo particular
Escritoras de Puerto Rico

Mairym Cruz-Bernal

Poeta, editora, traductora, columnista y ensayista puertorriqueña. Ha presidido el PEN-Puerto Rico y los Encuentros Internacionales de Escritoras. Su obra poética ha sido traducida a múltiples lenguas y circula en diversos países.

De: 21 poemas para septiembre

Czeslawa Kwoka, prisionera 26947

Tu nombre no será olvidado esa mirada desde ese lugar que no conozco, la conozco quise escribir del miedo acaso un cuerpo hastiado que ya no ve el mar ni se zambulle y me llega tu rostro puedo cerrar los ojos y verte 14 años, Auschwitz el odio Czeslawa fue mejor una inyección a inhalar el gas de la muerte 1942 no olvido tu nombre sin dios sin cielo sin un milagro tu nombre que deletreo hecha trizas
Käthe Kollwitz, Death with Girl in Her Lap
Käthe Kollwitz, Death with Girl in Her Lap

Mientras escribes todo lo absurdo

Mientras escribes cualquier cosa alguien se está muriendo una mujer es violada un hombre solo bebe su pequeña ebriedad cien niños mueren de hambre dos niñas son mutiladas a tres escritoras le rompen la pluma mientras escribes diez mujeres no viven un orgasmo y se preñan mientras escribes todo lo absurdo un criminal sale absuelto y dirige una nación yo cuento mis 77 amantes y me sorprendo de que no queda nadie en el espejo mientras escribo regreso a las cavernas
Odilon Redon, Melancholy, 1876
Odilon Redon, Melancholy, 1876

Días nuevos sin mancha

Horas largas que me enseñan trozos de serenidad elevada con el espíritu de la intuición no necesito rebuscar ponerme máscaras usar guantes ya sé saco el bisturí para abrir la herida poderla cerrar con alcohol y costuras que aprendo dejar ir, dijimos al fin y al final, hay que dejar ir

Los besos que no dimos

Soy mi propio hastíoMartha Komblith
El gusano en la manzana las Evas tan lloronas no conocieron a Lilith el hastío del árbol tanta pluma sin tinta la boca seca los ojos ciegos no es el miedo ni los ojos blancos del suicida es el olor del que va a morir es el suspiro antes de tantos besos que no dimos el vacío también el poema es un vacío estoy hastiada pero no moriré por mi propia mano pediré a mis hijos, la muerte
Käthe Kollwitz, Woman with Dead Child, 1903
Käthe Kollwitz, Woman with Dead Child, 1903

Entre la niña y su risa
un escándalo de estrellas

Con ella tendría que mirar al cielo en la noche más tenebrosa ver en lo profundo de su hoyuelo un nuevo universo decimos en voz alta círculo cuadrado tranquilo y sus tremendos ojos celestes irrepetibles una nueva inteligencia la niña llega saltando y se va saltando deja su espiral recorriendo mi cuarto la sala la cocina el comedor ¿qué me queda por hacer? volver al cielo y sonreírle al hoyuelo que en su espiral me atrapa
Odilon Redon, The Birth of Venus, 1912
Odilon Redon, The Birth of Venus, 1912

Qué han de decir los vivos

He esperado al amor de mis amores pero en el transcurso he muerto y qué han de decir los vivos de una muerta peregrina voy hasta los mares a ver si te refleja su espejo no puedo ver no puedo respirar no puedo tocar no puedo hablar cuántas veces yo, peregrina, he muerto buscándote sobre las aguas

Paso mi mano sobre esta página
en blanco

Será solo mi delirio de claustro sentir la piel de un hombre paso mi mano de nuevo entro en sus surcos solo mis dedos atrapan la entrepierna de esta página para Julia fue el agua aquel río de su niñez para mí es esta hoja en blanco y mi mano glorificándola

Si dejo que crezca el papel

Esta mancha se hará más pequeña y mi poema será solo un punto en el enigma del ojo humano que nada distraiga al punto la mancha que soy hecha palabras ¿crecerá? o se hará una con el papel entrando en sus moléculas estas cosas hacen el silencio
Odilon Redon, Silence, 1900
Odilon Redon, Silence, 1900

Si la página en blanco
fuera un acto de magia

Si la náusea del estómago se pudiera vaciar de tanto horror si pudiera convertirme en hoja que se eleva ser eso que nadie ve volando si pudiera no necesitar tu abrazo el tiempo, solo el tiempo lo hará todo el tiempo es el gran mago me hará volar sobre esta podredumbre animal que también soy
Arnold Böcklin, Medusa
Arnold Böcklin, Medusa
Nota biográfica

Mairym Cruz-Bernal

Puerto Rico, 1963. Poeta, editora, traductora, columnista y ensayista. Presidió el PEN-Puerto Rico (2008-2012). Dirigió desde el 1993 al 1999 el Grupo Puertas: Movimiento artístico-literario de fin de siglo. Presidió el V Encuentro Internacional de Escritoras en Puerto Rico, evento donde más de 300 escritoras firmaron un manifiesto por la paz, el 3 de mayo de 2003, cuando la marina de guerra de los Estados Unidos salió de la isla de Vieques. Estudió un B.A. en Psicología en Loyola University, New Orleáns (1983), y una Maestría en Escritura Creativa, Vermont College, Norwich University (1994). Sus poemas han sido traducidos al macedonio, árabe, croata, eslovenio, italiano, portugués, inglés, alemán, francés, polaco y mandarín. Presidenta de los Encuentros Internacionales de Escritoras, movimiento itinerante entre continentes. Es miembro honorario del Círculo de Escritores de Venezuela, y sostiene alianzas de amistad con la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y la Sociedad de Escritores de Chile (SECH). Es Integrante del Movimiento Poetas del Caribe: Unidos por la paz (Barranquilla, Colombia). Tiene a su haber 23 libros publicados en diversas partes del mundo.

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Derechos reservados
© Mairym Cruz-Bernal

Imágenes: Käthe Kollwitz, Odilon Redon y Arnold Böcklin, dominio público.

14 jun 2026

Retrato de María Paula Falla
Foto: © Juan Carlos Muñoz
Escritoras colombianas

María Paula Falla

Gestora cultural, investigadora, artista visual y emprendedora social colombiana. Su obra integra investigación, creación, memoria del territorio y trabajo con comunidades.

NARRATIVA

La última vez que vino lo noté cansado y silencioso. Lo único que le escuché fue un pequeño quejido que emitió al recostarse sobre la hierba. Fijó la mirada en el cielo y comenzó a mover sus dedos entre la tierra, como si este movimiento lo fijara al presente. Sentí su pulso alterado y su respiración que se acompasaba con un tímido llanto. En su rostro se mezclaban las gotas del rocío de la mañana con la ternura de sus lágrimas. El bosque entero parecía escucharlo: las hojas de los árboles dejaban deslizar las gotas de agua sobre su ropa, los insectos comenzaron a posarse sobre él, el aire secaba sus lágrimas con devoción. Era tan hermoso estar vivo.

A la quebrada se llegaba en un tabaco. Respiró profundo, se paró con rapidez, sacudió su ropa, prendió el último que tenía en el bolsillo y siguió su camino. Lo vi perderse entre la niebla, caminaba más cabizbajo que de costumbre y sus pasos parecían hundirse en la tierra. Nunca más volvió.

Los días siguientes vinieron buscándolo: amigos, familiares, perros de rescate que olfateaban el barro húmedo. Gritaron su nombre entre los árboles y descendieron hacia la quebrada. Solo encontraron una de sus botas, restos de tabaco húmedo y el morral atrapado entre las piedras. Nada más. Su cuerpo nunca apareció.

Con el tiempo dejaron de subir. Se resignaron a la desaparición, como hacen los humanos cuando el dolor se vuelve demasiado largo.

Todos se resignaron menos ella. Regresaba algunas tardes y permanecía inmóvil en el claro donde él solía quedarse. A veces hablaba en voz baja, como si creyera que todavía podía escucharla. Otras lloraba mirando los árboles. Yo quería decirle que sí. Que todavía lo sentía, que también lo recuerdo: cuando llega la lluvia, cuando la niebla desciende, en el sonido del aire atravesando las ramas, en la temperatura de las piedras acariciadas por el sol, en el agua descendiendo entre raíces, en ciertas pisadas nocturnas que confundo con las suyas.

Él había dejado aquí una parte suya. Hay lugares que guardan la memoria de quienes los amaron, como si una parte de ellos permaneciera viviendo allí, porque los lugares también extrañan, también se apegan a ciertas vidas, también aprenden ausencias.

Yo era el frío que calmaba sus pensamientos cuando el mundo ardía dentro de él. La sombra donde descansaba, el olor húmedo de la tierra que lo devolvía al presente. Yo era su fiel oyente, su abrazo, su refugio.

Yo montaña.

El campo es un país extranjero, ilustración digital de María Paula Falla
© El campo es un país extranjero Ilustración digital, María Paula Falla
Nota biográfica

María Paula Falla

Tunja, 1985. Gestora cultural, investigadora, artista visual y emprendedora social. Doctora en Artes y Educación y Máster en Artes Visuales y Educación por la Universidad de Barcelona. Maestra en Artes Visuales por la Pontificia Universidad Javeriana. Estudios de filosofía en la Pontificia Universidad Javeriana. Ha sido docente e investigadora en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia y la Universidad de los Andes, y ha liderado durante más de veinte años proyectos culturales, educativos y de desarrollo comunitario. Ha trabajado en Colombia, Reino Unido y España promoviendo procesos de creación, inclusión social y fortalecimiento de las economías culturales. Desarrolla una trayectoria artística que integra investigación, creación y trabajo con comunidades. Fue Secretaria de Cultura de Tunja.

Web de la autora

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Derechos reservados
© María Paula Falla

27 may 2026

Retrato de Miguel Torres Pereira
Foto: Esnaider Ochoa
Escritores colombianos

Miguel Torres Pereira

Poeta nacido en Arjona, Bolívar, en 1960. Autor de Estación del instante, El corazón de la noche, De luna y piel en otro ámbito e Incertidumbre del regreso. Su obra ha recibido premios nacionales y circula en distintas antologías de poesía colombiana.

SELECCIÓN DE POEMAS

Memoria del vuelo

Con los últimos pájaros viaja la tarde
buscamos en el ocaso
vestigio de otras alas
rutas desconocidas del viento
Una roca nos muestra la caverna 
los dioses nos regalaron el fuego
                         la memoria del vuelo  
 Hoy buscamos entre huellas indecisas
  un manojo de plumas
                         su renuncia que nos duele
                               el eco triste del canto que perdimos.

Sin regreso

Como ave que cruza la noche
y aloja en la oscuridad su canto
la sombra vaga de espaldas a la luna
con sigilo desanda las esquinas
danza entre cuerdas que amenazan
una horca probable
Seducidos por la niebla
guiados por luciérnagas
    acuden los sonámbulos al patíbulo
                                               sin regreso
Oleksandr Bogomazov, Memories of the Caucasus, 1916
Oleksandr Bogomazov, Memories of the Caucasus, 1916

Itinerario

Transcurren los días
 el polvo y la sed de los caminos
 buscamos con afán en el barro 
 y en la espiga madura
 nuestra esencia y sus orígenes

 Asumimos el instante
 como nacimiento de un itinerario sin retorno
 posamos con premura la fatiga
 en el rastro de la sombra
 en la epifanía del milagro
 Mientras un dios nos reinventa
   bebemos el temblor de la lluvia
   desciframos el diálogo de la brisa en los bambúes 
   y el secreto silencio de sabernos solos 
                             en la revelación del misterio
   en la certeza de estar vivos
                        muriendo. 

Lo que ofrezco al final de esta noche

Señor  
Me daría igual un trino
el canto del gallo 
el grito empedrado de una carreta
para romper el hilo de esta noche
que tiene sabor a miedo y a orígenes
permíteme encontrar un puñado de cenizas
que me revelen para qué esta errancia 
de orillas inciertas
sin rincones probables para soñar 
sin estaciones para la risa y la cosecha 
sin rutas para que la soledad cabalgue
y arrase a este ejército ciego de ángeles que somos

Señor
en la terquedad de mi rastro     
te ofrezco lo que hallé al final de esta noche
un manojo de olores moribundos 
un desvelo alucinado por la lluvia
que hiere su cuenco infinito 
y esta espera larga y confesada
al ángel que ha de colocar en mis manos 
un poco de aquella ceniza 
que siéndome conocida
insiste en negarme
Oleksandr Bogomazov, Locomotive, 1915
Oleksandr Bogomazov, Locomotive, 1915

Preguntas desde las sombras

¿Qué reclama el gallo cada madrugada
cuando canta al tiempo
la herida de un sueño que no acaba?

¿De qué huye el pájaro en cada vuelo
con noticias del árbol en sus alas
con memoria del nido
en el itinerario de las migraciones?

¿De dónde escapa el rayo
cuando hiere la noche y perece en el trueno
Hacia dónde cuando la oscuridad
lo devora y lo niega?

¿Por qué ignora la abeja la abundancia callada
del polen que viaja en su aleteo
Por qué es ajena al milagro revelado
en la promesa de la espiga
en la dulce preñez de los cerezos
en la semilla y su verde nacimiento
en el árbol empinado sobre el abismo
o crepitando en la hoguera su cuota de cenizas?

¿Hacia dónde el hombre
después de nacer en el vértigo y beberse la noche
para qué la sombra del árbol a su intemperie
el murmullo del agua a su vocación de sed
al espejismo de su desierto?
¿Para qué la lumbre a su oscura soledad
                                 a su sombra agrietada
                                             a su dolor sin nombre?
Oleksandr Bogomazov, Electrician, 1915
Oleksandr Bogomazov, Electrician, 1915
Nota biográfica

Nació en Arjona, Bolívar (Colombia), en 1960. Es licenciado en Ciencias de la Educación, Biología y Química, por la Universidad del Atlántico. Ganó el concurso de poesía Casa Silva en Cartagena (1993), el Premio de Poesía Jorge Luis Borges de la Universidad del Magdalena (1995), el Premio de Poesía del Caribe Colombiano de la Universidad del Magdalena (1998) y obtuvo la primera mención en el Concurso Nacional de Poesía Gustavo Ibarra Merlano (2005). Es autor de los poemarios De luna y piel en otro ámbito (Secretaría de Educación Distrital de Cartagena, 1996), Estación del instante (Colección Los Conjurados, Común Presencia Editores, Bogotá, 2007), El corazón de la noche (Colección Obra Abierta, Seshat Editores, 2020) e Incertidumbre del regreso (Rosa Blindada Ediciones, 2022). Cofundó el taller literario Encuentro con la Palabra. Su obra aparece en antologías como Nuevas voces de fin de siglo, de Gustavo Revelo (1999); Poesía colombiana, de Iván Beltrán Castillo (Fundación Editorial El Perro y la Rana, Caracas, Venezuela, 2008); Cincuenta poetas colombianos y una antología (Ediciones Caza de Libros, Ibagué, 2010); Entra-Mar (Sakura Ediciones, Bogotá, 2019) y la antología poética Epigrama (Ediciones Espejismos, 2019).

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Derechos reservados
© Miguel Torres Pereira

Oleksandr Bogomazov. Obras de dominio público

26 may 2026

Retrato de Lauanda Meirielle dos Santos
Foto: © Archivo particular

Escritoras brasileñas

Lauanda dos Santos

Goianésia, Brasil. Escritora con publicaciones en español y portugués. Doctora Honoris Causa, licenciada en Ciencias Sociales, magíster en Sociología y P.H.D. en antropología. Ha recibido reconocimientos literarios en América Latina y el título de Mujer Líder Mundial.

Alevosía

Tres años fue lo que esperó por aquella noche, durante todo ese tiempo le había atormentado con promesas incumplidas y citas que nunca se concretaban. Así fue que lo sorprendí al escribirle: ¿Y si nos vemos a las 10? No puedo imaginar cómo esas palabras retumbaron dentro de su pecho ingenuo y expectante.

No había nada más efectivo que un despecho para salir con un chico que lleva años pidiendo una cita, rogando una migajita de mi atención. Los mensajes que siempre me inflaban el ego y la sensación de ser inalcanzable me serviría para hacer de él un objeto de tortura.

Yo decidí encontrarlo en una parte de la ciudad que él no conocía, pero que me resultaba cómoda. Era lo único que quería: comodidad, facilidad y control. Esa noche necesitaba consumar un pequeño asesinato. Hasta entonces nunca había sido una mujer vengativa; pero la sequedad que me habitaba era tan asombrosa que necesitaba herir a alguien más. Esa noche construía, con cada gesto, una diminuta insurrección íntima. Un lugar donde yo pudiera, por fin, soltar el dolor de una pérdida que me desgarraba.

Llegamos al restaurante. Mi acompañante me tomaba la mano y yo, en silencio, pensaba en lo que había perdido, en el corazón partido que ahora buscaba justicia a través de otro cuerpo. El local, con luz tenue y canciones de Julieta Venegas, me trajo diversos recuerdos: al que ya no tengo, mi camarada, mi amante, mi compañero de utopías.

—¿Hay algo vegano? —pregunté a la mesera.

—No, solo vegetariano —respondió al instante.

—¿Eres vegana? —preguntó mi acompañante, con inocencia.

—No, solo quería saberlo.

Hacía siete meses que para mí era imprescindible que los restaurantes fueran veganos. No era una bandera propia, mi corazón había adoptado su patria —aunque él no creyera en ella— y también sus contradicciones.

—¿Qué te parece una entrada? —me sorprendió con la pregunta.

—Tengo mucha hambre, pediré varias entradas —respondí, con apatía.

Vi su mirada servicial cuando tomó mis manos entre las suyas y susurró:

—Pide, hermosa, pide lo que quieras. Mereces lo mejor.

Ordené los platos más picantes del menú. Sabía que mi acompañante detestaba la comida mexicana por lo picante. Cuando llegó el banquete ardiente vi cómo las lágrimas asomaban en su rostro enrojecido mientras comía. Sentí felicidad: esa noche lo único que quería era torturar a alguien.

Alguien con el mismo nombre y nacionalidad me había dejado. Por eso mis palabras salían amargas, envenenadas, dirigidas a un inocente que cargaba con culpas ajenas. Recordé la canción de Calle 13: “hoy te voy a bajar tres clases sociales”. En nuestro caso, yo le subí tres estratos. Él nunca había entrado en un lugar así, y yo, habituada a restaurantes de estrato mil, lo guié pacientemente, sin burlarme de su ignorancia. Quizás no lo hice, porque en realidad no le prestaba atención: me aburría oyendo una y otra vez lo linda que yo estaba.

Llevaba un vestido verde olivo, transparente hasta la cintura, color que me recordaba a Cuba. Mis aretes de muchos colores se deslizaban por mi cuello; me sentía preciosa. Lo único que desentonaba eran las medias: amarillas con círculos negros, regalo de alguien que amé. Me las regaló una tarde de lluvia, en cambio de las que traía mojadas.

—¿Estás ahí? —dijo mi acompañante.

Lo miré con una sonrisa falsa. Mordí medio bocado de la tartaleta y declaré estar satisfecha. Yo pedí cuatro entradas para que él, servil, las pagará y las devorara todas. Eran demasiado caras para dejarlas intactas.

Mientras él coqueteaba, viviendo un sueño, yo pensaba que mujeres como yo no deben estar con hombres como él. Guapo, sí, pero incompleto. Le faltaban los ojos negros, la poesía, la música y el olor, el vocabulario que se extiende desde lo sofisticado hasta lo más callejero de Soacha. Yo había tenido todo eso, conformando un peso y una ligereza que sólo podía encontrar en Kundera. Y ahora él se había ido, dejándome como quien abandona un trébol de cuatro hojas por no saber cómo lanzarse a la felicidad.

Cuando sentía que mi acompañante podía escaparse del juego tortuoso que yo le imponía, volvía a la mirada que utilizo cuando quiero ser deseada. Entrecerraba los ojos, movía el cabello lentamente, lo enredaba en mis dedos. Lo seduje siendo la más tierna, la más espectacular que jamás había tenido delante. Aunque conscientemente no respondía sus preguntas. Mis silencios lo reducían; veía en su rostro que se sentía un estúpido diminuto, alguien que yo podía aplastar con la palma de la mano. Cuanto más me alejaba y lo hería con sonrisas sarcásticas, más se enamoraba. Más expectante lo encontraba.

Yo lo quería torturar. Nunca quise nada más. Solo quería vengarme.

Por un instante me sensibilicé, y hasta sentí lástima de destrozarlo. Pero no: esa noche mi duelo era más importante. Como una justiciera, convertí mi despecho en acto de justicia. Dolería en él como dolía en mí, porque el dolor, también debe ser un arma.

—Estoy feliz de verte, hacía mucho que no sentía tanta alegría —me dijo, sonriendo.

—Me alegra —respondí con una mirada distante. —¿En qué piensas?

Esa pregunta tan sencilla me invadió de rabia. Mis pensamientos eran míos, sagrados, y no iba a vulgarizarlos compartiéndolos con ese siervo casi arrodillado delante mío. No quería hablar, tenía la cabeza ocupada. Pensaba en un fantasma que vive cerca de la cementera… “um fantasma ronda a Europa, o fantasma do comunismo”, que frase tan célebre pero la transformé “um fantasma ronda meu coração, o fantasma do anarquismo”, me reí tímidamente por mi paradoja.

—Te tengo una sorpresa. —Su voz sonaba tierna.

—Sí, ¿qué es? —dije, molesta. 

—¿Estás curiosa?

—Me es indiferente, en realidad.

Al pronunciar esas palabras me arrepentí. Incluso la crueldad tiene límites. Con un leve movimiento le toqué la mano: fue suficiente para arrancarle una sonrisa. Mi acompañante me miró a los ojos mientras en el restaurante sonaba “Yo romperé tus fotos, yo quemaré tus cartas para no verte más...”, mis ojos se pusieron grises como si una nube me rondara la cabeza.

—¿Ya leíste a Teresa Dovalpage? —pregunté, como gesto de redención. 

—No, no la he leído. Mi último libro fue hace dos años y ya ni recuerdo el título. Casi no disfruto de la lectura, ¿sabes?

Lo miré, me recosté en la silla, me ganaba el desánimo. Respiré hondo y cerré los ojos. Al menos Dovalpage, la cubana, seguía siendo solo mía, o aun más importante, era mi vínculo secreto con un amor perdido.

—¿Pido la cuenta? —Por supuesto, pídela mientras voy al baño.
 —Yo te invito —dijo, aferrándose a mi mano como si en ello le fuera la vida.
 —Por supuesto que sí —respondí, cortante.

Pocas veces invité una cena a un chico. Siempre pagué la mitad, como buena feminista; y las raras veces que pagué todo fue como acto de amor. Cuando regresé, ya había pagado. Su sonrisa iluminaba su cara, pero sus ojos no eran negros, eran cafés. Ese detalle me revolvió el estómago.

Otra vez me agarró la mano y yo me moví, incómoda. Mi acompañante, gentil, se levantó despacio; noté que se había puesto su mejor pinta y se acercó casi con reverencia.

Se sentó a mi lado y yo lo miré estupefacta. Hacía quince días que alguien a quien amé se había sentado a mi lado y me sentí en el paraíso; sin embargo, verlo a mi lado me hizo sentir ultrajada. Se inclinó hacia mi oído y pronunció palabras bonitas que no escuché.

—¿Crees en el poliamor? —Le pregunté.

—Soy más conservador. Jamás podría vivir con la idea de que amas a otro.

—Claro.

Lo cierto era que yo amaba a otro. Pensé en decirlo. Cerré los labios.
Sí, yo amaba a otro, un amor imposible. Idílico, lo había descrito el anarquista de ojos negros.

Respiré, quise destruir todo a mi alrededor. Ojalá pudiera detonar una bomba. En ese estado de introspección, mientras mi acompañante seguía hablándome cosas que no escuchaba, recordé otra vez a Karl Marx y su célebre cita: El motor de la historia es la lucha de clases. Se había equivocado el viejo barbudo; el motor de la historia es el dolor.

El dolor de la subordinación, que más allá de la lucha de clases se incorpora a la disputa del poder. En respuesta al poder, en la década de 1960 feministas estadounidenses propusieron la revolución sexual como confrontación al poder.

—¿Vamos al hotel? —La pregunta interrumpió mis pensamientos.

Pensé en decirle que no. Medité y, en tono de mofa, dije: Carajos, ahí está la revolución sexual tocando mi puerta.

—Vamos.

Lo miré a través del cabello que en ese momento él tenía entre sus dedos. Bruscamente retiré su mano de mi cabello, ese singelo no debía tocarme los rulitos. Me miró con espanto, y sonrío, como si fuera lindo mi acto de rebeldía. Me tomó de la mano y puso su bufanda alrededor de mi cuello.

—Gracias, tengo mucha calor —dije, quitándome esa bufanda gris que no me dejaba respirar. Salí del restaurante a pasos rápidos, mi acompañante me agarró por la cintura como si yo fuera un lingote de oro.

Fuimos al hotel caminando, apenas unos doscientos pasos desde el restaurante; para mí parecieron kilómetros. Él iba a mi lado, mirándome como si fuera su musa, una princesa que había encontrado y con quien había decidido pasar el resto de su vida.

Llegamos al hotel que él había reservado: un hall blanco y elegante. Four seasons, como le gustaba a Mister Big. Él sostenía mi mano con orgullo. Trajeron champán, que desprecié con un gesto altanero. Con voz servicial, de quien siempre estará subordinado a mí, me ofreció un vaso de agua.

—Mi novia no toma alcohol —dijo.

Quise reírme: tres años esperando para salir conmigo y en la primera noche ya me llamaba novia. O es muy ingenuo o estúpido, pensé, la maldad se escurrió de mi boca.

—Señorita, esto es de parte del señor López.

Me entregaron un ramo de noventa y nueve rosas rojas. Mi acompañante sonreía, con las mejillas coloradas, vanidoso de haberme sorprendido. Claro que me había sorprendido, pero no como él creía. Las rosas me recordaron a otras que había recibido antes (no rojas, sino naranjas, símbolo de amistad), y a una frase que me había dolido hasta el alma.

—Gracias —dije.

Con gesto tranquilo las dejé sobre el aparador del hotel, como si dejara el vaso de agua que aún sostenía. Al ver todo lo que había preparado, por un momento pensé en decir que no lo merecía. Luego, ese pensamiento desapareció, “déjale que sufra.”

Él tenía la ilusión de una noche conmigo. Me dio pesar saber que había reservado la suite presidencial y que la había pagado en dos cuotas. Deseé que otro estuviera allí: aquel chico que me había presentado a Luis Eduardo Aute.

—¿Vamos a la habitación? —me agarró la mano con cariño, mientras sostenía las rosas que yo había dejado tiradas.

—Noventa y nueve rosas son más románticas que cien —dije. No era un pensamiento mío; lo tomé de Sándor Márai.

—Tienes toda la razón, nunca lo había pensado. ¿Sabes? Yo a usted la quiero para toda mi vida, le quiero presentar a mi familia y jamás dejar de amarla.

Esas palabras me llenaron el pecho. Solo una persona tenía derecho a decirme cosas en ese tono sensiblero usando el usted. Miré, mareada, a mi acompañante; mis ojos se volvieron hacia las rosas rojas, que yo deseaba que fuesen naranjas.

Miré hacía el piso, recordando por qué aún me ponía esas medias.

—Lo siento —fue lo único que alcancé a decir antes de salir disparada hacia la calle.

Caía una llovizna que me humedeció el vestido en pocos segundos. Crucé corriendo la calle como si huyera de un fantasma y subí al primer taxi que vi.

—¿Para dónde va, señorita? —me preguntó el conductor.

—Para el Infierno —le respondí.

Parados en el semáforo, en medio del trancón tan cotidiano de Bogotá, sentí el leve crujido de la puerta al abrirse, despacio. Me asusté. Era él. Mi acompañante, empapado por la lluvia que ya sonaba como tormenta, me tomó la mano con un gesto de que lo acompañará. Sus manos estaban pálidas y heladas, subí despacio la mirada hasta encontrar una sonrisa tímida y casi perversa de donde escurría una gota de sangre roja. Salí del taxi y regresé al hotel.

Ivan Milev, Gadular, 1926
Ivan Milev, Gadular, 1926
Nota biográfica

Lauanda Meirielle dos Santos

Nació en la ciudad de Goianésia-Brasil. Licenciada en Ciencias Sociales y Magíster en Sociología. Obtuvo un P.H.D. en antropología. Doctora Honoris Causa. Es escritora, recibió el primer lugar en el concurso literario Notas migratorias César Vallejo (2020) y el segundo lugar en el concurso Letras del silencio (Chile). Es reconocida por sus publicaciones en español y portugués.  En el año de 2022 recibió el título de Mujer Líder Mundial por la V Cumbre de Juristas por La Paz, en Cuernavaca, México. Actualmente es profesora de lengua portuguesa.

Web de la autora

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