VERANO FELIZ | Cuentos de Carlos Castillo Quintero

 

 

Foto |©Julieta Love

 

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Selección del libro
VERANO FELIZ Y OTROS CUENTOS

 

 

VERANO FELIZ

 

Pensé: mi padre ya no está, y si no hago algo de prisa,
su vida entera se desvanecerá con él.

Paul Auster, La invención de la soledad

 

1

Las naranjas ruedan por el piso de la cocina. Ella las recoge y las pone de nuevo en la canasta. Todas, menos la que cayó a mis pies; la levanto y la dejo sobre la mesa. A través de su bata blanca, estampada de astromelias, veo sus muslos y sus caderas firmes. Sonríe, sin mirarme de frente. Sus dientes blancos y parejos atesoran los rayos de sol que entran por la ventana. Se acerca con un cuchillo, pone la naranja en un plato de cerámica y la parte en cuatro pedazos. Me ofrece y tomo uno, los demás se los lleva a mi papá que está sirviendo otra ronda de aguardiente.

Él está feliz. Me alarga la copa y brindamos. Me pide que me quede a almorzar.

No lo veía desde hacía años. Está lleno de canas, tiene la cara manchada y camina cojeando del pie derecho. La vena várice, diría, si le pregunto. No sé qué edad tiene. Hago cálculos y decido que está cerca de los sesenta.

—Me quedo —digo— pero traigamos más aguardiente.

No me gusta beber, sólo quiero salir de esa casa. Le pido que me acompañe hasta la tienda.

Salimos y siento que respiro mejor.

—Se llama Milena —dice.

Calla, exhausto, como si pronunciar ese nombre le hubiera costado toda la energía que tenía.

Se apoya de mi brazo. En la calle saluda a todo el mundo, me presenta con gentes que de sobra saben quién soy yo. Llegamos a la tienda y pide cerveza. No sólo para nosotros sino también para tres amigos suyos que están en una mesa. Pide una botella de Ónix Sello Negro, para llevar.

En la rocola suena Una sirena encantada, de Los Diablitos.

A tu lado todo se convierte en armonía / Tú borraste el pasado que me lastimaba…

Su vida es mi vida, su alma es mi alma…

Mi papá canta. Lo veo, lo escucho y pienso que jamás hubiera imaginado que lo vería así. Parece más joven que yo, y seguramente en su interior lo es. Pide que nos sirvan de la botella que ha pedido para llevar y brindamos.

—¡Salud!

Dos mujeres entran a la cantina y le sonríen. A mí, en cambio, no me determinan. Mi papá las saluda con exagerada cortesía. Él siempre ha sido así, con una amabilidad y una elocuencia que empalagan. Pide dos copas y les sirve aguardiente. Ellas, sentadas en una de las mesas del fondo, le reciben el trago como si lo hubieran estado esperando. Las mujeres ríen, murmuran, van a la rocola y ponen música. Suena El Gran Combo.

—Son lindas ¿verdad?

La pregunta me toma por sorpresa. No sé. Para mí apenas son gente en una tienda y nada más. He pasado el tiempo viendo a mi papá, es decir, al ser que habita en el cuerpo del que alguna vez fue mi papá.

 Si te quieres divertir, con encanto y con primor / sólo tienes que vivir, un verano en Nueva York…

—Sí, son lindas —respondo, como un autómata.

—Pero no más bonitas que Milena —dice él, y se queda mirándome.

Sirvo otro aguardiente y no digo nada.

Me cuenta que conoció a Milena en uno de los bares a las afueras del pueblo. Que se hicieron novios y cansado de las noches cortas pasadas en los moteles le pidió que vivieran juntos.

—Eso no quiere decir que no ame y que no respete a su mamá —dice.

Le pido que no hable de ella, de mi madre. Bebemos, en silencio. Las mujeres de la rocola acercan sus copas, sonríen, coquetas, y él les sirve trago. La botella de Ónix ya va por la mitad.

Hace calor. En el techo de la tienda hay un ventilador. Una mosca, terca, se opone a la dirección del viento, se enfrenta a su zumbido metálico. Las aspas la absorben, la consumen, y la vomitan contra la pared. Atontada, retoma el vuelo y con brío reinicia su lucha con esa bestia eléctrica.

Mi papá otra vez habla de Milena. Lo escucho como si estuviera en otro planeta. Habla del amor y de los celos, sin mucha convicción. Habla de lo satisfactorio que le resulta estar con alguien tan joven. Me pregunta qué opino de eso, pero no digo nada. Le sirvo trago y continúa hablando. Los ojos le brillan. Pienso que aquello es otro capítulo del viejo cuento del crimen perfecto, en el que la víctima aparece sin vida en un cuarto cerrado y trancado por dentro. Lo miro, pero él no tiene cara de víctima. Todo lo contrario. Pienso que su amor no va más allá de compartir la cama, de resolver lo básico de la vida, y que eso es suficiente. Ya quisiera yo algo parecido.

 

2

Cuando regresamos de la tienda, el almuerzo está listo. Mientras tanto mi papá me ha contado que, bajando por la calle de El chispazo, hace unos meses, se cayó y se rompió una pierna.

—He demandado al alcalde, por irresponsable —dice.

Luego habla de política, de los candidatos más firmes y de quién será el próximo alcalde, con su apoyo, claro. Regresa al tema de la caída, me muestra la pierna y maldice. Milena lo mira con ternura.

—Se firmó el yeso muchas veces —dice ella—, no hizo nada más durante el tiempo que estuvo enyesado.

La miro, es casi una niña, y sí, es más linda que las mujeres de la rocola. Si te quieres divertir, con encanto y con primor…, El Gran Combo resuena en mi cabeza y temo que ella lo escuche.

Mi papá habla del futuro. Me cuenta que vendió la vieja casa en donde nacimos y que va a comprar un taxi. Pienso en mi mamá, en mis hermanas, en mi hermano mayor que ya está muerto. Pienso en esa casa, en la calle por donde transcurrió mi niñez: seguro, en el poste del frente, bajo el farol amarillo los cucarrones de mayo se siguen dejando matar por la lluvia.

Terminamos de almorzar y vamos hacia la sala. Prendo un cigarrillo y trato de no mirar el vestido de flores de Milena; sus piernas. Ella va y viene dejando en el aire un perfume que atonta. Con pericia nos sirve más aguardiente y también sirve para ella. Se sienta al lado de mi papá y sonríe. Me mira, ahora sí de frente y sus pupilas se agrandan. Sé que debo irme de esa casa ya mismo.

Me despido. Mi papá me abraza, Milena se acerca y me da un beso en la mejilla: es más bajita de lo que creí. Su perfume, sutil, es una planta carnívora. Azorado, salgo de allí, deambulo por la avenida, por la plaza, por el matadero. Voy al parque principal, me siento en una de las mesas del Marie Rogêt y pido una cerveza. Bebo. Minutos después me levanto y retomo mi deambular por aquellas calles que ya no me reconocen. Me siento como la mosca del ventilador.

 

3

Hacía años que no iba a mi pueblo natal. Sin planearlo, pasé un tiempo con mi papá, bebiendo aguardiente, hablando de su nueva mujer y de los planes para su futuro en la vida. No supe en ese momento, y tampoco hubiera tenido manera de saberlo, que aquellas serían las últimas horas que pasaríamos juntos. No supe, tampoco, que nunca más vería a Milena, su joven viuda.

Al día siguiente amanecí en mi cama, en Bogotá, con una resaca de aguardiente y de pielroja. Amanecí con ganas de llorar, sin saber por qué. En mi cabeza El Gran Combo repitió, incesante: Si te quieres divertir, con encanto y con primor / sólo tienes que vivir, un verano en Nueva York…

 

 

 

 

©Constantino Castelblanco│”Fémina”, Fotomontaje, 2020

 

 

 

BOBBY

Los fantasmas son invisibles porque los llevamos dentro.

Marguerite Yourcenar, Alexis

 

Las cajas de fósforos unidas con hilos son el tren de pasajeros en donde el niño monta al Llanero Solitario, a su amigo Toro, y a cinco indios cherokee. Estas figuritas de plástico son toda su riqueza y antes de ponerlas en los vagones hace que cada una, en señal de gracias, salude mirando hacia las siete direcciones: las cuatro cardinales más una hacia arriba, otra hacia abajo y la última al centro, a la caja secreta del espíritu que es el corazón. Es un ritual cherokee que aprendió leyendo historietas de Turok. El niño es el último que saluda, después su tren arranca con rumbo incierto.

La cabeza del niño es desproporcionada, tiene los ojos saltones y los párpados caídos. Su mamá no lo quiere. Desde el momento del parto lo evita, en lo posible, como si le tuviera miedo. Ella está convencida de que ese niño es un castigo divino: no es justo que ella, que fue reina de la Fiesta de los ocobos, allá, en su pueblo natal, tenga un hijo así de feo. El niño se mira en el espejo y siente que es igualito a su mamá, pero no dice nada.

El papá es economista, trabaja con una Fundación que lucha por el progreso, la igualdad y los derechos humanos. No para nunca de trabajar, parece un hámster atrapado en una rueda. Se la pasa viajando. Ve a su hijo de vez en cuando, lo ama, pero el niño no se ha enterado todavía. El niño crece solo y no sabe nada del amor. A veces habla con María Elena, la señora que ayuda en la casa, pero no más. Ella es la única madre que conoce, o lo más parecido a una. Cuando él nació su mamá fue a su pueblo, contrató a María Elena para que lo cuidara y, desde entonces, la casa huele a pomarrosas.

Todas las tardes, después de la escuela, el niño estudia ruso durante dos horas con un profesor que tiene la cabeza casi tan grande como la suya. El resto del día lo pasa dibujando con crayones en una libreta Canson, hasta que ya no queda luz. Debajo de la cama tiene una caja con sus dibujos: retratos de su mamá que nadie ha visto nunca. Ya cumplió once años y cuando tenga trece, eso le ha dicho su papá, se irá a vivir a Moscú. Después estudiará en la universidad Patricio Lumumba, la misma en la que se graduó su papá con honores. Al niño, Patricio Lumumba le suena a malhechor de historieta de Tarzán. Él quiere estudiar Artes pero su papá dice que no, que esas son ocupaciones burguesas que no le aportan nada a la sociedad. El papá hace planes, habla de esas cosas pero no con el niño. Le habla al viento como si fuera un espejo. Igual, el niño no lo escucha, de momento el Llanero Solitario es su única figura paterna.

En una taza de porcelana María Elena le sirve fruta, una porción abundante, sin mezclar más de tres colores: uvas, banano y kiwi; le sirve chocolate, le acerca la canasta de pan y el queso. Así todos los días. El niño le pide un vaso de agua adicional. Desayuna solo, en el estudio que queda al lado de su alcoba, porque su mamá lo ha dispuesto de esa manera. Pero en realidad no está solo: las figuritas de plástico comen con él, devoran todo. El niño saca una botella de vino tinto que esconde debajo de su cama y sirve en el vaso que antes tenía agua. Se siente como un pequeño Jesucristo. Bebe. Toro y los indios cherokee lo miran complacidos, el Llanero Solitario bebe con él. El desayuno es una fiesta.

Lleva más de un año aficionado al vino, le produce un estado de ensoñación que él imagina igual al de las olas marinas que viajan a la deriva. María Elena ya se dio cuenta de que el vino desaparece de la cava que hay en la despensa, pero no dice nada. Incluso, de vez en cuando, ella misma lleva una botella para su casa, o quizá más de una. La señora no lo nota. No le interesa.

Es de noche. El niño ve a su mamá arrodillada a un lado de la cama matrimonial, como si le estuviera rezando al cuadro del Sagrado Corazón que cuelga de la pared, pero no, ella no reza, en voz baja repite varias veces la misma frase: Hay cosas peores que la muerte. Se levanta y se queda pensando, parece que no estuviera en esa habitación. Saca un pequeño portarretrato del cajón en donde guarda su ropa interior y besa al hombre de la foto: Bobby, dice, y lo deja otra vez en su sitio. El niño no alcanza a ver al hombre del retrato: es joven y fuerte, y sonríe, como si estuviera posando para un comercial de dentífrico. Ella va hasta el bife y se sirve un whisky, bebe, despacio, y con la mano libre se acaricia los pezones. Las rodillas le tiemblan. Otra vez pronuncia ese nombre.

El niño siente una ligera aprensión en el pecho, le duele. Bobby, repite ella, Bobby, como si invocara a un fantasma. El niño teme que el dueño de ese nombre en cualquier momento aparezca. Intenta escabullirse, huir, pero los nervios no lo dejan. Respira profundo y al fin puede moverse, se arrastra en la sombra sin hacer ruido. Su mamá sabe que él está ahí, pero le da lo mismo. Mientras no intente acercarse no pasa nada.

Ya en su habitación el niño se pregunta quién diablos será Bobby. Busca la botella de vino, se sirve un vaso, bebe, y dice Bobby. Su voz suena rara, ajena, muy diferente a la de su mamá. Dice Sofía, el nombre de una niña de la escuela que le gusta y su voz suena hueca. Se asusta. Se mete a la cama y se queda en silencio. Bebe más vino. Bajo su almohada el Llanero solitario, Toro, y los cinco indios cherokee están alerta. El niño sabe que ellos están ahí y eso lo tranquiliza un poco.

Cierra los ojos y ve a su mamá, de rodillas, acariciando aquel portarretrato. Se imagina el rostro del hombre que ella mira con ansia. La escucha decir Bobby y repite ese nombre con ella, Bobby. Siente, por primera vez en su vida, una erección.

 

 

 

 

©Constantino Castelblanco│”Soledad”, Fotomontaje, 2021

 

 

 

REO DEL TIEMPO

Existe un río cuyas aguas dan la inmortalidad; en alguna región
habrá otro río cuyas aguas la borren.
Jorge Luis Borges, El inmortal

 

Cuando por fin llegué al hospital ya eran cerca de las diez de la noche. Mi mujer estaba dormida y en una cunita, a su lado, nuestro primogénito miraba el techo de la habitación, sin expresar emoción alguna. La mancha roja en su frente, sobre la ceja izquierda, me hizo temer lo peor. Conté los dedos de sus manos, los de sus pies, removí sus cabellos, revisé todo su cuerpo en busca de alguna otra señal, y nada; aparte de esa mancha no había nada más. Supe entonces que mi hijo era un struldbrugg, raza maldita de inmortales originaria de la isla de Luggnagg, referida por Lemuel Gulliver en la crónica de sus viajes.

Los struldbruggs sufren de una vejez interminable. Hasta los treinta años viven igual que los mortales, luego, la perspectiva de una vida sin fin los torna melancólicos. Al llegar a los ochenta años a simple vista son como los demás viejos, con los mismos achaques y manías, pero su interior está corroído por el odio y la envidia: de los jóvenes anhelan su lozanía, y de los mayores ansían su posibilidad de morir. Paulatinamente van perdiendo la memoria, olvidan los nombres de las personas, aun los de sus parientes más cercanos; y los nombres de las cosas de las que tampoco recuerdan para qué sirven. Es frecuente encontrarlos sentados en el comedor, frente a un plato vacío, con una cuchara en la mano mirándola durante horas, sin saber qué hacer con ella. También se les ve rondar por las oficinas gubernamentales, con legajos de papeles en las manos, simulando estar muy ocupados. Ya centenarios, apenas retienen los mecanismos del lenguaje y es frecuente que no puedan terminar una frase pues no recuerdan cómo la han comenzado.

Algunos struldbrugg entran al olvido más temprano. Supe de uno que todavía no había cumplido los cuarenta años y que fue al malecón a esperar a la mujer que amaba. Esa noche la invitaría a cenar y le pediría que se casara con él. La mujer, que no conocía la condición especial de su hombre, llegó tarde a la cita. Él, padeció durante horas el retraso y la espera lo quebró: al verla ya no tenía memoria de su rostro. Ella, ofendida, se fue para siempre y él se quedó allí, todavía esperándola, con un ramo de astromelias en sus manos.

Nadie lleva un registro de cuántos son, en dónde viven, ni qué edad han alcanzado. De los más ancianos se dice que acumulan varios siglos y que la vejez les ha disminuido de tal forma que sus cuerpos estragados caben en una botella de champaña. Algunos de estos viejos son presa de malnacidos que los comercializan como suvenir.

Miré de nuevo esa mancha roja en la frente de mi hijo, hasta asegurarme de que era real. Lo arropé con una cobija estampada con girasoles, regalo de su abuela materna, le di un último beso a mi mujer, y salí con él.

Los pasillos vacíos del hospital fueron cómplices de mi huida. Afuera, nubarrones de lluvia atravesaron el cielo.

 

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Derechos reservados
©Carlos Castillo Quintero

 

 

NOTA BIOGRÁFICA

Miraflores, Boyacá, Colombia, (1966). Ha publicado las novelas Peces de nieve (2018), Gente rara en el balcón (2016) y Alicia Cocaine (2016); los libros de cuento Dalila Dreaming (2015), Espiral al Sur (2013), Carroñera (2007), y Los inmortales (2000). Los poemarios Bitácora del fin (2020), Ab imo pectore (2010), Sin el azul del día (2008), Rosa fragmentada (1995), Burdelianas (1994), y Piel de recuerdo (1990). Las antologías Sinfonía de los ocobos / Escritores del Lengupá (2015), Pisadas en la niebla / Nuevos cuentistas boyacenses (2010), y El placer de la brevedad / Seis escritores de minificción y un dinosaurio sentado (2005). Ha sido incluido en antologías y revistas literarias de Colombia, Venezuela, Argentina, México, Puerto Rico, Estados Unidos, Francia, España y Grecia. Cuentos, poemas y textos suyos sobre escritura creativa han sido traducidos al inglés, francés, italiano, portugués y griego. Ha ganado varios premios entre los que se destacan: Premio de Novela CEAB, 2015. Premio Bienal de Novela Corta Universidad Javeriana, 2012. Premio Nacional de Cuento convocado por el Ministerio de Cultura de Colombia y dirigido a directores de RENATA, años 2011 y 2012. Premio Nacional de Cuento Universidad Central, 2012. Premio Libro de Cuentos, CEAB 2012. Premio Libro de Poemas, CEAB 2007. Premio Nacional de Poesía Universidad Metropolitana de Barranquilla, 2002.
Por más de tres lustros ha sido director de Talleres de Creación Literaria, y profesor de Escritura Creativa en programas de pregrado y maestría. Actualmente es el director de Burdelianas Poetry (Revista y Sello Editorial). Esta es su WEB.

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Las imágenes que acompañan los textos son obra de Constantino Castelblanco, ejecutadas en técnica mixta durante diferentes periodos creativos.

 

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