Escritores colombianos
Mario Torres Duarte
Editor, escritor, gestor cultural y licenciado en matemáticas. Durante 20 años trabajó en empresas editoriales del Grupo Santillana y de Círculo de Lectores. Actualmente es el director de la Fundación Castellares. En 2021 publicó su libro de cuentos Todo pasó en abril.
BREVE ANTOLOGÍA DE LA INCERTIDUMBRE
La mujer al otro lado de la ventana, me saludó con su brazo derecho con tanto vigor, que me acerqué para saber quién era, mientras con una de mis manos sujetaba un paraguas y con la otra le respondía el saludo con un gesto de satisfacción, hasta que, al verla, caí en la cuenta de que era una señora que limpiaba con una bayetilla los vidrios del edificio donde trabajaba.
Por minutos arrastré mi autoestima por la mojada carrera séptima de Bogotá contando cada paso con exactitud, y mi mente anduvo mortificada ocultando mi vacía y húmeda mirada de los demás transeúntes. Atrás quedaron para siempre mis traicioneras y ahora pisoteadas gafas redondas para ver mejor.
Entonces recordé que lo verdaderamente complejo estaba en el número Pi y que en él cabía toda la historia del universo, incluso la de los ojos vidriosos de la dama del trapo rojo.
Amaba comer mangos, mangos sabrosos de todos los sabores, mangos chupa de todos los olores, mangos corazón o mangos pico e´loro de todas las formas del amor, mangos verdes con sal y limón o mangos blanditos y maduros, en dulce o en jugo, chupándolos o masticándolos.
Fueron los mayores del barrio los que nos dijeron cuando niños, que el mango más rico del mundo era el que daba el árbol del cementerio que nos quedaba a dos cuadras de nuestra barriada y a donde la gente iba a recogerlos para luego venderlos de casa en casa. Hablaban de las capacidades nutricionales de los mangos de los muertos que nos proveían de energía, de vitaminas, de proteínas y de dulces amores.
Desde entonces no he podido volver a comer mango, pero en cuanto veo en el mercado alguno feíto, pálido, ese que supone un sabor desabrido, quizás agrio, acaso ácido, pienso:
“Pobrecito, le faltó cementerio para ser un verdadero mango, si hubiera nacido en el nuestro”, y me alegra entonces que la muerte enriquezca la vida, empezando por la del mango.
Hay que verlo. Es flaco, largo y tiene la cara dura de tanta sed, y su mano derecha delata una cicatriz de 5 puntos. Se pone frente al supermercado y prende su aparato, una vieja y ajada pianola electrónica. Cuando lo escucho, recuerdo a Brailowsky, a Blanca Uribe, a Rubinstein. Toca impecablemente polonesas y 4 claros de luna para asombro de peatones, mientras sonríe y mueve la cabeza a lo Ray Charles. Y sus dedos brincan sobre el centro del teclado como si por sus manos caminara una legión de hormigas urticantes y cultas. Lo que más sorprende al público es cómo hace el pianista de la calle para reproducir el mismísimo sonido de un piano de cola del Scala de Milán, o del Colón de Bogotá a tan solo unos metros.
Dos cuadras adelante, un guitarrista toca como Carlos Santana temas de Carlos Santana y luego cambia como si nada a Eric Clapton y a David Gilmour, y hasta los coros de The Wall traspasan la pared invisible que nos divide, y la de la consola….
Y unos verdaderos nativos andinos llevan sobre sus cabezas y cuerpos los atuendos típicos de los “Pieles rojas” del “imperio” para que les crean que son verdaderos indígenas de estas tierras.
La magia de Hollywood y cosas de la realidad virtual, pienso, para tranquilidad de la duda y las entendederas de peatón desempleado.
En medio del permanente y lluvioso frío contaminado de centro bogotano y al borde de la depresión más suicida de la última década, Benjamín abre con su peluda cabeza de siamés la puerta de mi habitación. Yo asiento y él pone hacia mí esa mirada de Mona Lisa moviendo la cola que es su sonrisa, da tres pasos y brinca en un perfecto movimiento parabólico sobre mi cama. Se mete debajo de las cobijas, lame mi brazo derecho y pone su alma sobre mi pecho sin pedirme agua a cambio.
Entonces todo, absolutamente todo adquiere sentido y la muerte propia tendrá que postergarse para otra pandemia.
Mientras tanto, Serafina imita el caminar de su maestro y ahora, bajo sus ídolos de tela, los tres tigres, rasca mi mano, la izquierda y me mira con ternura dentro del cosmos de la oscuridad.
Que la soledad se siga desnudando, que la lluvia se siga vistiendo de auroras, que la tierra se siga partiendo y que el hielo se siga derritiendo en fuego, ya nada de eso importa, lo que importa es que Dios es un gato con alas de araña que reina en todas las profundidades, incluso las del algodón en el viento.
Mi anhelo de niño para cuando grande era ser basurero, un basurero con un elegantísimo uniforme blanco y botas anaranjadas y casco gris y brillante de peludos guantes, un basurero perfumado y sonriente que haría feliz a las personas por librarlas de sus cochambres, por eso cuando pasaba el carro de la basura, salía corriendo detrás de él como si fuera el de los helados y cuando lo alcanzaba, me subía y me sentaba al lado del conductor, con una felicidad pasmosa, mientras nos tomábamos un vaso grande de agua con todo el hielo de la Antártida para calmar tanto calor amarillo de tarde barranqueña.
Los mayores que conocían mis intenciones, solían preguntarme en reuniones familiares y sociales:
―¿Qué es lo que quiere ser cuando grande?
―Basurero, yo quiero ser basurero papá ―respondía sin pensar, y todos, absolutamente todos reían y reían y reían y yo también reía sin saber por qué reía y por qué los demás reían y reían y reían, hasta que me contaminé de adulto y así pude comprender la razón sucia de sus carcajadas.
Hace unos días traté de volverme niño para saber por qué mi sueño no se hizo realidad y no pude, ya no pude devolverme. Caí en la cuenta de que han pasado muchos, muchísimos años, demasiados desde entonces y en todos estos me he dejado impregnar de todos los olores de la mugre que, de tanto tóxico, ya no podré ser el niño aquel del sueño libertario de ser un basuriego impoluto, elegante y muy bien emperifollado.
El hombrecillo sale apresurado desde su apartamento bajando las escaleras rumbo al primer piso. Con su mano derecha carga una bolsa blanca llena de los deshechos sacados de la cocina, con su izquierda lleva otra bolsa del mismo color con siete libros de poemas que le regalará a su amiga para su disfrute.
En la calle va a la canasta amarrada al árbol frente a su casa y deja la bolsa que supone será recogida por el carro de la basura más tarde. Toma un taxi que se dirige del centro de Bogotá hacia el norte. Al llegar se da un abrazo fuerte con su cómplice de lecturas, se sienta en la sala, sonríe y le dice con la alegría propia de quien va a afianzar una amistad de adolescencia:
MARIO TORRES DUARTE
Casabe de Barrancabermeja. Editor, escritor, gestor cultural y licenciado en matemáticas. Durante 20 años trabajó en empresas editoriales del Grupo Santillana y de Círculo de Lectores. Actualmente es el director de la Fundación Castellares. Dirige Punto de Convergencia, un encuentro literario en la Librería Balzac de Bogotá con 13 temporadas. Este año inauguró Punto de Convergencia al Barrio, una manera de descentralizar los eventos literarios alrededor de la Capital. En 2021 publicó su libro de cuentos Todo pasó en abril. Próximamente publicará el tratado Código Russell y su libro de microrrelatos A cuentagotas.
© Mario Torres Duarte
Auguste Rodin. Obras de dominio público
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