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27 may 2026

Retrato de Miguel Torres Pereira
Foto: Esnaider Ochoa
Escritores colombianos

Miguel Torres Pereira

Poeta nacido en Arjona, Bolívar, en 1960. Autor de Estación del instante, El corazón de la noche, De luna y piel en otro ámbito e Incertidumbre del regreso. Su obra ha recibido premios nacionales y circula en distintas antologías de poesía colombiana.

SELECCIÓN DE POEMAS

Memoria del vuelo

Con los últimos pájaros viaja la tarde
buscamos en el ocaso
vestigio de otras alas
rutas desconocidas del viento
Una roca nos muestra la caverna 
los dioses nos regalaron el fuego
                         la memoria del vuelo  
 Hoy buscamos entre huellas indecisas
  un manojo de plumas
                         su renuncia que nos duele
                               el eco triste del canto que perdimos.

Sin regreso

Como ave que cruza la noche
y aloja en la oscuridad su canto
la sombra vaga de espaldas a la luna
con sigilo desanda las esquinas
danza entre cuerdas que amenazan
una horca probable
Seducidos por la niebla
guiados por luciérnagas
    acuden los sonámbulos al patíbulo
                                               sin regreso
Oleksandr Bogomazov, Memories of the Caucasus, 1916
Oleksandr Bogomazov, Memories of the Caucasus, 1916

Itinerario

Transcurren los días
 el polvo y la sed de los caminos
 buscamos con afán en el barro 
 y en la espiga madura
 nuestra esencia y sus orígenes

 Asumimos el instante
 como nacimiento de un itinerario sin retorno
 posamos con premura la fatiga
 en el rastro de la sombra
 en la epifanía del milagro
 Mientras un dios nos reinventa
   bebemos el temblor de la lluvia
   desciframos el diálogo de la brisa en los bambúes 
   y el secreto silencio de sabernos solos 
                             en la revelación del misterio
   en la certeza de estar vivos
                        muriendo. 

Lo que ofrezco al final de esta noche

Señor  
Me daría igual un trino
el canto del gallo 
el grito empedrado de una carreta
para romper el hilo de esta noche
que tiene sabor a miedo y a orígenes
permíteme encontrar un puñado de cenizas
que me revelen para qué esta errancia 
de orillas inciertas
sin rincones probables para soñar 
sin estaciones para la risa y la cosecha 
sin rutas para que la soledad cabalgue
y arrase a este ejército ciego de ángeles que somos

Señor
en la terquedad de mi rastro     
te ofrezco lo que hallé al final de esta noche
un manojo de olores moribundos 
un desvelo alucinado por la lluvia
que hiere su cuenco infinito 
y esta espera larga y confesada
al ángel que ha de colocar en mis manos 
un poco de aquella ceniza 
que siéndome conocida
insiste en negarme
Oleksandr Bogomazov, Locomotive, 1915
Oleksandr Bogomazov, Locomotive, 1915

Preguntas desde las sombras

¿Qué reclama el gallo cada madrugada
cuando canta al tiempo
la herida de un sueño que no acaba?

¿De qué huye el pájaro en cada vuelo
con noticias del árbol en sus alas
con memoria del nido
en el itinerario de las migraciones?

¿De dónde escapa el rayo
cuando hiere la noche y perece en el trueno
Hacia dónde cuando la oscuridad
lo devora y lo niega?

¿Por qué ignora la abeja la abundancia callada
del polen que viaja en su aleteo
Por qué es ajena al milagro revelado
en la promesa de la espiga
en la dulce preñez de los cerezos
en la semilla y su verde nacimiento
en el árbol empinado sobre el abismo
o crepitando en la hoguera su cuota de cenizas?

¿Hacia dónde el hombre
después de nacer en el vértigo y beberse la noche
para qué la sombra del árbol a su intemperie
el murmullo del agua a su vocación de sed
al espejismo de su desierto?
¿Para qué la lumbre a su oscura soledad
                                 a su sombra agrietada
                                             a su dolor sin nombre?
Oleksandr Bogomazov, Electrician, 1915
Oleksandr Bogomazov, Electrician, 1915
Nota biográfica

Nació en Arjona, Bolívar (Colombia), en 1960. Es licenciado en Ciencias de la Educación, Biología y Química, por la Universidad del Atlántico. Ganó el concurso de poesía Casa Silva en Cartagena (1993), el Premio de Poesía Jorge Luis Borges de la Universidad del Magdalena (1995), el Premio de Poesía del Caribe Colombiano de la Universidad del Magdalena (1998) y obtuvo la primera mención en el Concurso Nacional de Poesía Gustavo Ibarra Merlano (2005). Es autor de los poemarios De luna y piel en otro ámbito (Secretaría de Educación Distrital de Cartagena, 1996), Estación del instante (Colección Los Conjurados, Común Presencia Editores, Bogotá, 2007), El corazón de la noche (Colección Obra Abierta, Seshat Editores, 2020) e Incertidumbre del regreso (Rosa Blindada Ediciones, 2022). Cofundó el taller literario Encuentro con la Palabra. Su obra aparece en antologías como Nuevas voces de fin de siglo, de Gustavo Revelo (1999); Poesía colombiana, de Iván Beltrán Castillo (Fundación Editorial El Perro y la Rana, Caracas, Venezuela, 2008); Cincuenta poetas colombianos y una antología (Ediciones Caza de Libros, Ibagué, 2010); Entra-Mar (Sakura Ediciones, Bogotá, 2019) y la antología poética Epigrama (Ediciones Espejismos, 2019).

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Derechos reservados
© Miguel Torres Pereira

Oleksandr Bogomazov. Obras de dominio público

26 may 2026

Retrato de Fabián Guerrero Obando
Foto: © Archivo particular

Escritores ecuatorianos

Fabián Guerrero Obando

Nacido en Quito en 1959. Autor de Coger aire, publicado por El Ángel Editor en 2026, y de más de veinte libros de poesía. Su obra circula en antologías nacionales y extranjeras, y parte de su poesía ha sido traducida a varias lenguas.

De: Coger aire · Quito, 2026

COGER AIRE (Quito, 2026), de Fabián Guerrero Obando, no es solo un libro para leer, sino para vivir. Es un espacio donde nos permitimos respirar a fondo, sentir el viento que mueve algo más que solo las hojas, apreciar ese brillo efímero que es el día, percibir el hueco que deja el cielo estrellado cuando desaparece, y descubrir la profundidad de cada suspiro y de cada pausa. Es un lugar donde los sueños detienen la muerte, donde la lluvia barre todo a su paso, y donde el tiempo se cierne sobre el mundo, recordándonos la energía silenciosa que envuelve y transforma la vida. Así este libro del cual emergen los siguientes poemas.María Augusta Espín

Mockup 3D del libro Coger aire, de Fabián Guerrero Obando
El Ángel Editor, 2026

ÍNTIMO

Íntimo entre Sus cosas íntimas El gusano oscuro Que espía La tiniebla Que yace Dentro.

QUEDA YA TAN POCO

Queda ya tan poco Y sobre lo poco El morir de mariposas Recién muertas La luna Apagándose Se demora en bajar Sabia en la espera.
Mikalojus Konstantinas Čiurlionis, Aquarius, 1907
Mikalojus Konstantinas Čiurlionis, Aquarius, 1907.

UN SOPLO DE AIRE

Un soplo de aire Solo de aire Se estremece Bajo el cielo Ya desvaído Por el tiempo El tiempo Roto en su interior.

OTRORA

Otrora Imaginábamos Coger el aire Nubes Estrellas Surcar cielos Ahora Ya se cierra La noche Sobre la tierra La luna Sin fuerza Vencida Dentro.
Mikalojus Konstantinas Čiurlionis, Rex, 1909
Mikalojus Konstantinas Čiurlionis, Rex, 1909.

LA GRIETA

La grieta El pliegue La deriva Del tiempo Entre Fuegos artificiales Se apaga La vida Caballos Blancos como la nieve Galopando En la oscuridad.

TODO ES QUIEBRA

Todo es quiebra -y no es un decir- Ventanas Ramas La misma escarcha El quebranto imperturbable De la chimenea del tiempo Por todas partes Se quiebra Y quiebra el hombre.

VIEJOS DÍAS

Viejos días Horas muertas Quedarse dentro O dar vuelta El cuerpo Como Una marioneta Avanza A los tumbos Un aire mustio.
Mikalojus Konstantinas Čiurlionis, Finale (Sonata of the Sea), 1908
Mikalojus Konstantinas Čiurlionis, Finale (Sonata of the Sea), 1908.

BLANCUZCAS HUELLAS

Blancuzcas huellas De aire Aire fuera Del aire O en el viejo Corazón Que ya No es aire Buscando La puerta De salida.

HABÍA

Había Un hilo de voz Y una oración Y una brisa Serena Nada dura O casi nada.

EL AMARILLO

El amarillo Oscuro Sobre La mano La mano De allá Para acá Por dentro Declina El día.
Mikalojus Konstantinas Čiurlionis, Graveyard Motif, 1909
Mikalojus Konstantinas Čiurlionis, Graveyard Motif, 1909.
Nota biográfica

Fabián Guerrero Obando

Quito, Ecuador, 1959. Poeta, ensayista y docente de la Universidad Central del Ecuador, donde ha enseñado Lingüística Textual y Escritura Creativa. Ha publicado más de veinte libros de poesía, entre ellos Olor a tierra, Me separo me persigo, Facticio ficticio, Nexos casuales, El viaje, Las partes, Zanja, Como la vida y Coger aire. Sus ensayos han aparecido en revistas y diarios nacionales e internacionales; su obra figura en antologías de Ecuador y otros países, y parte de su poesía ha sido traducida al inglés, alemán, francés, italiano y griego. Ha participado en encuentros literarios dentro y fuera del Ecuador.

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Derechos reservados
© Fabián Guerrero Obando

Imágenes: Mikalojus Konstantinas Čiurlionis. Obras de dominio público

Retrato de Lauanda Meirielle dos Santos
Foto: © Archivo particular

Escritoras brasileñas

Lauanda dos Santos

Goianésia, Brasil. Escritora con publicaciones en español y portugués. Doctora Honoris Causa, licenciada en Ciencias Sociales, magíster en Sociología y P.H.D. en antropología. Ha recibido reconocimientos literarios en América Latina y el título de Mujer Líder Mundial.

Alevosía

Tres años fue lo que esperó por aquella noche, durante todo ese tiempo le había atormentado con promesas incumplidas y citas que nunca se concretaban. Así fue que lo sorprendí al escribirle: ¿Y si nos vemos a las 10? No puedo imaginar cómo esas palabras retumbaron dentro de su pecho ingenuo y expectante.

No había nada más efectivo que un despecho para salir con un chico que lleva años pidiendo una cita, rogando una migajita de mi atención. Los mensajes que siempre me inflaban el ego y la sensación de ser inalcanzable me serviría para hacer de él un objeto de tortura.

Yo decidí encontrarlo en una parte de la ciudad que él no conocía, pero que me resultaba cómoda. Era lo único que quería: comodidad, facilidad y control. Esa noche necesitaba consumar un pequeño asesinato. Hasta entonces nunca había sido una mujer vengativa; pero la sequedad que me habitaba era tan asombrosa que necesitaba herir a alguien más. Esa noche construía, con cada gesto, una diminuta insurrección íntima. Un lugar donde yo pudiera, por fin, soltar el dolor de una pérdida que me desgarraba.

Llegamos al restaurante. Mi acompañante me tomaba la mano y yo, en silencio, pensaba en lo que había perdido, en el corazón partido que ahora buscaba justicia a través de otro cuerpo. El local, con luz tenue y canciones de Julieta Venegas, me trajo diversos recuerdos: al que ya no tengo, mi camarada, mi amante, mi compañero de utopías.

—¿Hay algo vegano? —pregunté a la mesera.

—No, solo vegetariano —respondió al instante.

—¿Eres vegana? —preguntó mi acompañante, con inocencia.

—No, solo quería saberlo.

Hacía siete meses que para mí era imprescindible que los restaurantes fueran veganos. No era una bandera propia, mi corazón había adoptado su patria —aunque él no creyera en ella— y también sus contradicciones.

—¿Qué te parece una entrada? —me sorprendió con la pregunta.

—Tengo mucha hambre, pediré varias entradas —respondí, con apatía.

Vi su mirada servicial cuando tomó mis manos entre las suyas y susurró:

—Pide, hermosa, pide lo que quieras. Mereces lo mejor.

Ordené los platos más picantes del menú. Sabía que mi acompañante detestaba la comida mexicana por lo picante. Cuando llegó el banquete ardiente vi cómo las lágrimas asomaban en su rostro enrojecido mientras comía. Sentí felicidad: esa noche lo único que quería era torturar a alguien.

Alguien con el mismo nombre y nacionalidad me había dejado. Por eso mis palabras salían amargas, envenenadas, dirigidas a un inocente que cargaba con culpas ajenas. Recordé la canción de Calle 13: “hoy te voy a bajar tres clases sociales”. En nuestro caso, yo le subí tres estratos. Él nunca había entrado en un lugar así, y yo, habituada a restaurantes de estrato mil, lo guié pacientemente, sin burlarme de su ignorancia. Quizás no lo hice, porque en realidad no le prestaba atención: me aburría oyendo una y otra vez lo linda que yo estaba.

Llevaba un vestido verde olivo, transparente hasta la cintura, color que me recordaba a Cuba. Mis aretes de muchos colores se deslizaban por mi cuello; me sentía preciosa. Lo único que desentonaba eran las medias: amarillas con círculos negros, regalo de alguien que amé. Me las regaló una tarde de lluvia, en cambio de las que traía mojadas.

—¿Estás ahí? —dijo mi acompañante.

Lo miré con una sonrisa falsa. Mordí medio bocado de la tartaleta y declaré estar satisfecha. Yo pedí cuatro entradas para que él, servil, las pagará y las devorara todas. Eran demasiado caras para dejarlas intactas.

Mientras él coqueteaba, viviendo un sueño, yo pensaba que mujeres como yo no deben estar con hombres como él. Guapo, sí, pero incompleto. Le faltaban los ojos negros, la poesía, la música y el olor, el vocabulario que se extiende desde lo sofisticado hasta lo más callejero de Soacha. Yo había tenido todo eso, conformando un peso y una ligereza que sólo podía encontrar en Kundera. Y ahora él se había ido, dejándome como quien abandona un trébol de cuatro hojas por no saber cómo lanzarse a la felicidad.

Cuando sentía que mi acompañante podía escaparse del juego tortuoso que yo le imponía, volvía a la mirada que utilizo cuando quiero ser deseada. Entrecerraba los ojos, movía el cabello lentamente, lo enredaba en mis dedos. Lo seduje siendo la más tierna, la más espectacular que jamás había tenido delante. Aunque conscientemente no respondía sus preguntas. Mis silencios lo reducían; veía en su rostro que se sentía un estúpido diminuto, alguien que yo podía aplastar con la palma de la mano. Cuanto más me alejaba y lo hería con sonrisas sarcásticas, más se enamoraba. Más expectante lo encontraba.

Yo lo quería torturar. Nunca quise nada más. Solo quería vengarme.

Por un instante me sensibilicé, y hasta sentí lástima de destrozarlo. Pero no: esa noche mi duelo era más importante. Como una justiciera, convertí mi despecho en acto de justicia. Dolería en él como dolía en mí, porque el dolor, también debe ser un arma.

—Estoy feliz de verte, hacía mucho que no sentía tanta alegría —me dijo, sonriendo.

—Me alegra —respondí con una mirada distante. —¿En qué piensas?

Esa pregunta tan sencilla me invadió de rabia. Mis pensamientos eran míos, sagrados, y no iba a vulgarizarlos compartiéndolos con ese siervo casi arrodillado delante mío. No quería hablar, tenía la cabeza ocupada. Pensaba en un fantasma que vive cerca de la cementera… “um fantasma ronda a Europa, o fantasma do comunismo”, que frase tan célebre pero la transformé “um fantasma ronda meu coração, o fantasma do anarquismo”, me reí tímidamente por mi paradoja.

—Te tengo una sorpresa. —Su voz sonaba tierna.

—Sí, ¿qué es? —dije, molesta. 

—¿Estás curiosa?

—Me es indiferente, en realidad.

Al pronunciar esas palabras me arrepentí. Incluso la crueldad tiene límites. Con un leve movimiento le toqué la mano: fue suficiente para arrancarle una sonrisa. Mi acompañante me miró a los ojos mientras en el restaurante sonaba “Yo romperé tus fotos, yo quemaré tus cartas para no verte más...”, mis ojos se pusieron grises como si una nube me rondara la cabeza.

—¿Ya leíste a Teresa Dovalpage? —pregunté, como gesto de redención. 

—No, no la he leído. Mi último libro fue hace dos años y ya ni recuerdo el título. Casi no disfruto de la lectura, ¿sabes?

Lo miré, me recosté en la silla, me ganaba el desánimo. Respiré hondo y cerré los ojos. Al menos Dovalpage, la cubana, seguía siendo solo mía, o aun más importante, era mi vínculo secreto con un amor perdido.

—¿Pido la cuenta? —Por supuesto, pídela mientras voy al baño.
 —Yo te invito —dijo, aferrándose a mi mano como si en ello le fuera la vida.
 —Por supuesto que sí —respondí, cortante.

Pocas veces invité una cena a un chico. Siempre pagué la mitad, como buena feminista; y las raras veces que pagué todo fue como acto de amor. Cuando regresé, ya había pagado. Su sonrisa iluminaba su cara, pero sus ojos no eran negros, eran cafés. Ese detalle me revolvió el estómago.

Otra vez me agarró la mano y yo me moví, incómoda. Mi acompañante, gentil, se levantó despacio; noté que se había puesto su mejor pinta y se acercó casi con reverencia.

Se sentó a mi lado y yo lo miré estupefacta. Hacía quince días que alguien a quien amé se había sentado a mi lado y me sentí en el paraíso; sin embargo, verlo a mi lado me hizo sentir ultrajada. Se inclinó hacia mi oído y pronunció palabras bonitas que no escuché.

—¿Crees en el poliamor? —Le pregunté.

—Soy más conservador. Jamás podría vivir con la idea de que amas a otro.

—Claro.

Lo cierto era que yo amaba a otro. Pensé en decirlo. Cerré los labios.
Sí, yo amaba a otro, un amor imposible. Idílico, lo había descrito el anarquista de ojos negros.

Respiré, quise destruir todo a mi alrededor. Ojalá pudiera detonar una bomba. En ese estado de introspección, mientras mi acompañante seguía hablándome cosas que no escuchaba, recordé otra vez a Karl Marx y su célebre cita: El motor de la historia es la lucha de clases. Se había equivocado el viejo barbudo; el motor de la historia es el dolor.

El dolor de la subordinación, que más allá de la lucha de clases se incorpora a la disputa del poder. En respuesta al poder, en la década de 1960 feministas estadounidenses propusieron la revolución sexual como confrontación al poder.

—¿Vamos al hotel? —La pregunta interrumpió mis pensamientos.

Pensé en decirle que no. Medité y, en tono de mofa, dije: Carajos, ahí está la revolución sexual tocando mi puerta.

—Vamos.

Lo miré a través del cabello que en ese momento él tenía entre sus dedos. Bruscamente retiré su mano de mi cabello, ese singelo no debía tocarme los rulitos. Me miró con espanto, y sonrío, como si fuera lindo mi acto de rebeldía. Me tomó de la mano y puso su bufanda alrededor de mi cuello.

—Gracias, tengo mucha calor —dije, quitándome esa bufanda gris que no me dejaba respirar. Salí del restaurante a pasos rápidos, mi acompañante me agarró por la cintura como si yo fuera un lingote de oro.

Fuimos al hotel caminando, apenas unos doscientos pasos desde el restaurante; para mí parecieron kilómetros. Él iba a mi lado, mirándome como si fuera su musa, una princesa que había encontrado y con quien había decidido pasar el resto de su vida.

Llegamos al hotel que él había reservado: un hall blanco y elegante. Four seasons, como le gustaba a Mister Big. Él sostenía mi mano con orgullo. Trajeron champán, que desprecié con un gesto altanero. Con voz servicial, de quien siempre estará subordinado a mí, me ofreció un vaso de agua.

—Mi novia no toma alcohol —dijo.

Quise reírme: tres años esperando para salir conmigo y en la primera noche ya me llamaba novia. O es muy ingenuo o estúpido, pensé, la maldad se escurrió de mi boca.

—Señorita, esto es de parte del señor López.

Me entregaron un ramo de noventa y nueve rosas rojas. Mi acompañante sonreía, con las mejillas coloradas, vanidoso de haberme sorprendido. Claro que me había sorprendido, pero no como él creía. Las rosas me recordaron a otras que había recibido antes (no rojas, sino naranjas, símbolo de amistad), y a una frase que me había dolido hasta el alma.

—Gracias —dije.

Con gesto tranquilo las dejé sobre el aparador del hotel, como si dejara el vaso de agua que aún sostenía. Al ver todo lo que había preparado, por un momento pensé en decir que no lo merecía. Luego, ese pensamiento desapareció, “déjale que sufra.”

Él tenía la ilusión de una noche conmigo. Me dio pesar saber que había reservado la suite presidencial y que la había pagado en dos cuotas. Deseé que otro estuviera allí: aquel chico que me había presentado a Luis Eduardo Aute.

—¿Vamos a la habitación? —me agarró la mano con cariño, mientras sostenía las rosas que yo había dejado tiradas.

—Noventa y nueve rosas son más románticas que cien —dije. No era un pensamiento mío; lo tomé de Sándor Márai.

—Tienes toda la razón, nunca lo había pensado. ¿Sabes? Yo a usted la quiero para toda mi vida, le quiero presentar a mi familia y jamás dejar de amarla.

Esas palabras me llenaron el pecho. Solo una persona tenía derecho a decirme cosas en ese tono sensiblero usando el usted. Miré, mareada, a mi acompañante; mis ojos se volvieron hacia las rosas rojas, que yo deseaba que fuesen naranjas.

Miré hacía el piso, recordando por qué aún me ponía esas medias.

—Lo siento —fue lo único que alcancé a decir antes de salir disparada hacia la calle.

Caía una llovizna que me humedeció el vestido en pocos segundos. Crucé corriendo la calle como si huyera de un fantasma y subí al primer taxi que vi.

—¿Para dónde va, señorita? —me preguntó el conductor.

—Para el Infierno —le respondí.

Parados en el semáforo, en medio del trancón tan cotidiano de Bogotá, sentí el leve crujido de la puerta al abrirse, despacio. Me asusté. Era él. Mi acompañante, empapado por la lluvia que ya sonaba como tormenta, me tomó la mano con un gesto de que lo acompañará. Sus manos estaban pálidas y heladas, subí despacio la mirada hasta encontrar una sonrisa tímida y casi perversa de donde escurría una gota de sangre roja. Salí del taxi y regresé al hotel.

Ivan Milev, Gadular, 1926
Ivan Milev, Gadular, 1926
Nota biográfica

Lauanda Meirielle dos Santos

Nació en la ciudad de Goianésia-Brasil. Licenciada en Ciencias Sociales y Magíster en Sociología. Obtuvo un P.H.D. en antropología. Doctora Honoris Causa. Es escritora, recibió el primer lugar en el concurso literario Notas migratorias César Vallejo (2020) y el segundo lugar en el concurso Letras del silencio (Chile). Es reconocida por sus publicaciones en español y portugués.  En el año de 2022 recibió el título de Mujer Líder Mundial por la V Cumbre de Juristas por La Paz, en Cuernavaca, México. Actualmente es profesora de lengua portuguesa.

Web de la autora

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Derechos reservados
© Lauanda Meirielle dos Santos

25 may 2026

Retrato de Aníbal Fernando Bonilla
Foto: © Cristian Trujillo

Escritores ecuatorianos

Aníbal Fernando Bonilla

Poeta, docente universitario y articulista ecuatoriano. Autor de Tránsito y fulgor del barro, Íntimos fragmentos y Olvido después de la ceniza. Máster en Estudios Avanzados en Literatura Española y Latinoamericana y Máster en Escritura Creativa por la UNIR. Su obra ha sido reconocida en certámenes de poesía y ha circulado en encuentros literarios de España y América Latina.

Selección de poemas

De Tránsito y fulgor del barro, Ediciones El Pez Soluble, 2da. edición, San Salvador, 2025

Poética II

Desde los aromas disímiles, desde el olvido, desde la penitencia, desde la herida múltiple, desde la febril realidad, desde las antípodas latentes, desde la humedad y la esperanza el texto sobreviene en torrente y acantilado; literatura de soledades, devoción fatal. Poesía que somete a la rutina, desde el murmullo de amor, desde la luna enrojeciendo almas ausentes, desde el tango y la desnudez de las vértebras humanas, desde los zapatos desgastados en la grieta, desde el frío y la memoria, desde los desaparecidos rostros, desde la fe devuelta a pesar del insomnio y la monotonía.
Félix Vallotton, The Rape of Europa, 1908.
Félix Vallotton, The Rape of Europa, 1908

VIII

Voluminosa carne viva en la trilogía del fulgor, la blanca cadencia y el verano; música prolongada a medianoche, temblor ante el despojo del cuerpo. Los silencios vienen después. Ahora es momento de la anunciación.

De Íntimos fragmentos, El Ángel Editor, Quito, 2019

X

Las cosas simples en los rostros sabios en la mirada calcinada de tiempo, piedra persistente en la levedad de los días. Espigas de dolor, totora que amanece en el ojo del agua.
Félix Vallotton, Solitaire (Nude Playing Cards), 1912.
Félix Vallotton, Solitaire (Nude Playing Cards), 1912

Inédito

Rastro tras la lluvia

Cada día de invierno efímero muero —sin darme cuenta— llamarada en vientre propio y ajeno aroma de inocencia en los claveles rotos con el espejismo de amaneceres benditos invocación de tierra generosa y dulce a la que retornamos de la travesía como polvo arcilla para tiernas manos en el declive de la mansedumbre paraíso de colores antes de la estocada fulminante sombras como piedras deformes en donde otros pasos marcaron rumbos añejos parábola en boca profética que advierte la despedida registro de oscuridades en la planicie luminosa brutal alegría devorada por animales de estirpe diminuta muero, digo, con la obsesión y el decoro inútil a la espera del último sol que me conceda el beso ardiente para el descanso con arrullo de madre campanadas grises tras la señal de lluvia epifanía tras el susurro de mi hermano ausente. ¿Cuándo profanar la tumba?
Félix Vallotton, The Cliff and the White Shore, 1913.
Félix Vallotton, The Cliff and the White Shore, 1913

Inédito

Olvido después de la ceniza

El tiempo oculta todo rastro o al menos esparce la ceniza, relicario en donde reposa el olvido. Entretejer el palpitante llanto con la bruma escarbar en el vértice del pasado subrayar los equívocos del futuro observar el mar con rabia con ansiedad con poco decoro. Queda la trinchera y la gris derrota sinsabor de las cosas perdidas, la herida múltiple del guerrero en las fauces de la historia vana. Decir mujer, o, tal vez, hombre o sea, recuerdo como ráfaga de viento para la consecución del milagro en el despiadado final de los sueños.
Félix Vallotton, Woman with Maid Bathing, 1896.
Félix Vallotton, Woman with Maid Bathing, 1896
Nota biográfica

Aníbal Fernando Bonilla

Nació en Otavalo, Ecuador, en 1976. Máster en Estudios Avanzados en Literatura Española y Latinoamericana y Máster en Escritura Creativa por la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR). Licenciado en Comunicación Social. Docente universitario. Ha publicado, entre otros, los poemarios Gozo de madrugada (2014), Tránsito y fulgor del barro (2018, 2025), Íntimos fragmentos (2019), las plaquettes Caminante extraviado (2024), Olvido después de la ceniza (2024), y la recopilación de artículos de opinión Tesitura inacabada (2022). Finalista del Premio Nacional de Poesía Paralelo Cero 2018, del III Premio Internacional de Poesía de Fuente Vaqueros 2023, y del XI Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador 2024. Columnista de diario El Telégrafo entre 2010 y 2016. Articulista de El Mercurio de Cuenca desde 2022, y colaborador en varias revistas digitales. Participante seleccionado en el Taller de Poesía Ciudad de Bogotá Los Impresentables (2022, 2023, 2024, 2025). Ha sido invitado a eventos de carácter literario, cultural y político en España, Nicaragua, Argentina, Uruguay, Cuba, Bolivia y Colombia, como el XV Encuentro de Poetas Iberoamericanos en Salamanca (2012), el XIII Encuentro Internacional “Poetas y Narradores de las Dos Orillas” en Punta del Este (2014), el VI Encuentro de Jóvenes Escritores de Iberoamérica y el Caribe en La Habana (2016), el III Encuentro Internacional de Poesía en la Ciudad de los Anillos en Santa Cruz de la Sierra (2016), o el XI y XII Festival Iberoamericano de Poesía en Fusagasugá (2023, 2024).

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Derechos reservados
© Aníbal Fernando Bonilla

Imágenes: obras de Félix Vallotton en dominio público