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26 may 2026

Retrato de Lauanda Meirielle dos Santos
Foto: © Archivo particular

Escritoras brasileñas

Lauanda dos Santos

Goianésia, Brasil. Escritora con publicaciones en español y portugués. Doctora Honoris Causa, licenciada en Ciencias Sociales, magíster en Sociología y P.H.D. en antropología. Ha recibido reconocimientos literarios en América Latina y el título de Mujer Líder Mundial.

Alevosía

Tres años fue lo que esperó por aquella noche, durante todo ese tiempo le había atormentado con promesas incumplidas y citas que nunca se concretaban. Así fue que lo sorprendí al escribirle: ¿Y si nos vemos a las 10? No puedo imaginar cómo esas palabras retumbaron dentro de su pecho ingenuo y expectante.

No había nada más efectivo que un despecho para salir con un chico que lleva años pidiendo una cita, rogando una migajita de mi atención. Los mensajes que siempre me inflaban el ego y la sensación de ser inalcanzable me serviría para hacer de él un objeto de tortura.

Yo decidí encontrarlo en una parte de la ciudad que él no conocía, pero que me resultaba cómoda. Era lo único que quería: comodidad, facilidad y control. Esa noche necesitaba consumar un pequeño asesinato. Hasta entonces nunca había sido una mujer vengativa; pero la sequedad que me habitaba era tan asombrosa que necesitaba herir a alguien más. Esa noche construía, con cada gesto, una diminuta insurrección íntima. Un lugar donde yo pudiera, por fin, soltar el dolor de una pérdida que me desgarraba.

Llegamos al restaurante. Mi acompañante me tomaba la mano y yo, en silencio, pensaba en lo que había perdido, en el corazón partido que ahora buscaba justicia a través de otro cuerpo. El local, con luz tenue y canciones de Julieta Venegas, me trajo diversos recuerdos: al que ya no tengo, mi camarada, mi amante, mi compañero de utopías.

—¿Hay algo vegano? —pregunté a la mesera.

—No, solo vegetariano —respondió al instante.

—¿Eres vegana? —preguntó mi acompañante, con inocencia.

—No, solo quería saberlo.

Hacía siete meses que para mí era imprescindible que los restaurantes fueran veganos. No era una bandera propia, mi corazón había adoptado su patria —aunque él no creyera en ella— y también sus contradicciones.

—¿Qué te parece una entrada? —me sorprendió con la pregunta.

—Tengo mucha hambre, pediré varias entradas —respondí, con apatía.

Vi su mirada servicial cuando tomó mis manos entre las suyas y susurró:

—Pide, hermosa, pide lo que quieras. Mereces lo mejor.

Ordené los platos más picantes del menú. Sabía que mi acompañante detestaba la comida mexicana por lo picante. Cuando llegó el banquete ardiente vi cómo las lágrimas asomaban en su rostro enrojecido mientras comía. Sentí felicidad: esa noche lo único que quería era torturar a alguien.

Alguien con el mismo nombre y nacionalidad me había dejado. Por eso mis palabras salían amargas, envenenadas, dirigidas a un inocente que cargaba con culpas ajenas. Recordé la canción de Calle 13: “hoy te voy a bajar tres clases sociales”. En nuestro caso, yo le subí tres estratos. Él nunca había entrado en un lugar así, y yo, habituada a restaurantes de estrato mil, lo guié pacientemente, sin burlarme de su ignorancia. Quizás no lo hice, porque en realidad no le prestaba atención: me aburría oyendo una y otra vez lo linda que yo estaba.

Llevaba un vestido verde olivo, transparente hasta la cintura, color que me recordaba a Cuba. Mis aretes de muchos colores se deslizaban por mi cuello; me sentía preciosa. Lo único que desentonaba eran las medias: amarillas con círculos negros, regalo de alguien que amé. Me las regaló una tarde de lluvia, en cambio de las que traía mojadas.

—¿Estás ahí? —dijo mi acompañante.

Lo miré con una sonrisa falsa. Mordí medio bocado de la tartaleta y declaré estar satisfecha. Yo pedí cuatro entradas para que él, servil, las pagará y las devorara todas. Eran demasiado caras para dejarlas intactas.

Mientras él coqueteaba, viviendo un sueño, yo pensaba que mujeres como yo no deben estar con hombres como él. Guapo, sí, pero incompleto. Le faltaban los ojos negros, la poesía, la música y el olor, el vocabulario que se extiende desde lo sofisticado hasta lo más callejero de Soacha. Yo había tenido todo eso, conformando un peso y una ligereza que sólo podía encontrar en Kundera. Y ahora él se había ido, dejándome como quien abandona un trébol de cuatro hojas por no saber cómo lanzarse a la felicidad.

Cuando sentía que mi acompañante podía escaparse del juego tortuoso que yo le imponía, volvía a la mirada que utilizo cuando quiero ser deseada. Entrecerraba los ojos, movía el cabello lentamente, lo enredaba en mis dedos. Lo seduje siendo la más tierna, la más espectacular que jamás había tenido delante. Aunque conscientemente no respondía sus preguntas. Mis silencios lo reducían; veía en su rostro que se sentía un estúpido diminuto, alguien que yo podía aplastar con la palma de la mano. Cuanto más me alejaba y lo hería con sonrisas sarcásticas, más se enamoraba. Más expectante lo encontraba.

Yo lo quería torturar. Nunca quise nada más. Solo quería vengarme.

Por un instante me sensibilicé, y hasta sentí lástima de destrozarlo. Pero no: esa noche mi duelo era más importante. Como una justiciera, convertí mi despecho en acto de justicia. Dolería en él como dolía en mí, porque el dolor, también debe ser un arma.

—Estoy feliz de verte, hacía mucho que no sentía tanta alegría —me dijo, sonriendo.

—Me alegra —respondí con una mirada distante. —¿En qué piensas?

Esa pregunta tan sencilla me invadió de rabia. Mis pensamientos eran míos, sagrados, y no iba a vulgarizarlos compartiéndolos con ese siervo casi arrodillado delante mío. No quería hablar, tenía la cabeza ocupada. Pensaba en un fantasma que vive cerca de la cementera… “um fantasma ronda a Europa, o fantasma do comunismo”, que frase tan célebre pero la transformé “um fantasma ronda meu coração, o fantasma do anarquismo”, me reí tímidamente por mi paradoja.

—Te tengo una sorpresa. —Su voz sonaba tierna.

—Sí, ¿qué es? —dije, molesta. 

—¿Estás curiosa?

—Me es indiferente, en realidad.

Al pronunciar esas palabras me arrepentí. Incluso la crueldad tiene límites. Con un leve movimiento le toqué la mano: fue suficiente para arrancarle una sonrisa. Mi acompañante me miró a los ojos mientras en el restaurante sonaba “Yo romperé tus fotos, yo quemaré tus cartas para no verte más...”, mis ojos se pusieron grises como si una nube me rondara la cabeza.

—¿Ya leíste a Teresa Dovalpage? —pregunté, como gesto de redención. 

—No, no la he leído. Mi último libro fue hace dos años y ya ni recuerdo el título. Casi no disfruto de la lectura, ¿sabes?

Lo miré, me recosté en la silla, me ganaba el desánimo. Respiré hondo y cerré los ojos. Al menos Dovalpage, la cubana, seguía siendo solo mía, o aun más importante, era mi vínculo secreto con un amor perdido.

—¿Pido la cuenta? —Por supuesto, pídela mientras voy al baño.
 —Yo te invito —dijo, aferrándose a mi mano como si en ello le fuera la vida.
 —Por supuesto que sí —respondí, cortante.

Pocas veces invité una cena a un chico. Siempre pagué la mitad, como buena feminista; y las raras veces que pagué todo fue como acto de amor. Cuando regresé, ya había pagado. Su sonrisa iluminaba su cara, pero sus ojos no eran negros, eran cafés. Ese detalle me revolvió el estómago.

Otra vez me agarró la mano y yo me moví, incómoda. Mi acompañante, gentil, se levantó despacio; noté que se había puesto su mejor pinta y se acercó casi con reverencia.

Se sentó a mi lado y yo lo miré estupefacta. Hacía quince días que alguien a quien amé se había sentado a mi lado y me sentí en el paraíso; sin embargo, verlo a mi lado me hizo sentir ultrajada. Se inclinó hacia mi oído y pronunció palabras bonitas que no escuché.

—¿Crees en el poliamor? —Le pregunté.

—Soy más conservador. Jamás podría vivir con la idea de que amas a otro.

—Claro.

Lo cierto era que yo amaba a otro. Pensé en decirlo. Cerré los labios.
Sí, yo amaba a otro, un amor imposible. Idílico, lo había descrito el anarquista de ojos negros.

Respiré, quise destruir todo a mi alrededor. Ojalá pudiera detonar una bomba. En ese estado de introspección, mientras mi acompañante seguía hablándome cosas que no escuchaba, recordé otra vez a Karl Marx y su célebre cita: El motor de la historia es la lucha de clases. Se había equivocado el viejo barbudo; el motor de la historia es el dolor.

El dolor de la subordinación, que más allá de la lucha de clases se incorpora a la disputa del poder. En respuesta al poder, en la década de 1960 feministas estadounidenses propusieron la revolución sexual como confrontación al poder.

—¿Vamos al hotel? —La pregunta interrumpió mis pensamientos.

Pensé en decirle que no. Medité y, en tono de mofa, dije: Carajos, ahí está la revolución sexual tocando mi puerta.

—Vamos.

Lo miré a través del cabello que en ese momento él tenía entre sus dedos. Bruscamente retiré su mano de mi cabello, ese singelo no debía tocarme los rulitos. Me miró con espanto, y sonrío, como si fuera lindo mi acto de rebeldía. Me tomó de la mano y puso su bufanda alrededor de mi cuello.

—Gracias, tengo mucha calor —dije, quitándome esa bufanda gris que no me dejaba respirar. Salí del restaurante a pasos rápidos, mi acompañante me agarró por la cintura como si yo fuera un lingote de oro.

Fuimos al hotel caminando, apenas unos doscientos pasos desde el restaurante; para mí parecieron kilómetros. Él iba a mi lado, mirándome como si fuera su musa, una princesa que había encontrado y con quien había decidido pasar el resto de su vida.

Llegamos al hotel que él había reservado: un hall blanco y elegante. Four seasons, como le gustaba a Mister Big. Él sostenía mi mano con orgullo. Trajeron champán, que desprecié con un gesto altanero. Con voz servicial, de quien siempre estará subordinado a mí, me ofreció un vaso de agua.

—Mi novia no toma alcohol —dijo.

Quise reírme: tres años esperando para salir conmigo y en la primera noche ya me llamaba novia. O es muy ingenuo o estúpido, pensé, la maldad se escurrió de mi boca.

—Señorita, esto es de parte del señor López.

Me entregaron un ramo de noventa y nueve rosas rojas. Mi acompañante sonreía, con las mejillas coloradas, vanidoso de haberme sorprendido. Claro que me había sorprendido, pero no como él creía. Las rosas me recordaron a otras que había recibido antes (no rojas, sino naranjas, símbolo de amistad), y a una frase que me había dolido hasta el alma.

—Gracias —dije.

Con gesto tranquilo las dejé sobre el aparador del hotel, como si dejara el vaso de agua que aún sostenía. Al ver todo lo que había preparado, por un momento pensé en decir que no lo merecía. Luego, ese pensamiento desapareció, “déjale que sufra.”

Él tenía la ilusión de una noche conmigo. Me dio pesar saber que había reservado la suite presidencial y que la había pagado en dos cuotas. Deseé que otro estuviera allí: aquel chico que me había presentado a Luis Eduardo Aute.

—¿Vamos a la habitación? —me agarró la mano con cariño, mientras sostenía las rosas que yo había dejado tiradas.

—Noventa y nueve rosas son más románticas que cien —dije. No era un pensamiento mío; lo tomé de Sándor Márai.

—Tienes toda la razón, nunca lo había pensado. ¿Sabes? Yo a usted la quiero para toda mi vida, le quiero presentar a mi familia y jamás dejar de amarla.

Esas palabras me llenaron el pecho. Solo una persona tenía derecho a decirme cosas en ese tono sensiblero usando el usted. Miré, mareada, a mi acompañante; mis ojos se volvieron hacia las rosas rojas, que yo deseaba que fuesen naranjas.

Miré hacía el piso, recordando por qué aún me ponía esas medias.

—Lo siento —fue lo único que alcancé a decir antes de salir disparada hacia la calle.

Caía una llovizna que me humedeció el vestido en pocos segundos. Crucé corriendo la calle como si huyera de un fantasma y subí al primer taxi que vi.

—¿Para dónde va, señorita? —me preguntó el conductor.

—Para el Infierno —le respondí.

Parados en el semáforo, en medio del trancón tan cotidiano de Bogotá, sentí el leve crujido de la puerta al abrirse, despacio. Me asusté. Era él. Mi acompañante, empapado por la lluvia que ya sonaba como tormenta, me tomó la mano con un gesto de que lo acompañará. Sus manos estaban pálidas y heladas, subí despacio la mirada hasta encontrar una sonrisa tímida y casi perversa de donde escurría una gota de sangre roja. Salí del taxi y regresé al hotel.

Ivan Milev, Gadular, 1926
Ivan Milev, Gadular, 1926
Nota biográfica

Lauanda Meirielle dos Santos

Nació en la ciudad de Goianésia-Brasil. Licenciada en Ciencias Sociales y Magíster en Sociología. Obtuvo un P.H.D. en antropología. Doctora Honoris Causa. Es escritora, recibió el primer lugar en el concurso literario Notas migratorias César Vallejo (2020) y el segundo lugar en el concurso Letras del silencio (Chile). Es reconocida por sus publicaciones en español y portugués.  En el año de 2022 recibió el título de Mujer Líder Mundial por la V Cumbre de Juristas por La Paz, en Cuernavaca, México. Actualmente es profesora de lengua portuguesa.

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Derechos reservados
© Lauanda Meirielle dos Santos

25 may 2026

Retrato de Aníbal Fernando Bonilla
Foto: © Cristian Trujillo

Escritores ecuatorianos

Aníbal Fernando Bonilla

Poeta, docente universitario y articulista ecuatoriano. Autor de Tránsito y fulgor del barro, Íntimos fragmentos y Olvido después de la ceniza. Máster en Estudios Avanzados en Literatura Española y Latinoamericana y Máster en Escritura Creativa por la UNIR. Su obra ha sido reconocida en certámenes de poesía y ha circulado en encuentros literarios de España y América Latina.

Selección de poemas

De Tránsito y fulgor del barro, Ediciones El Pez Soluble, 2da. edición, San Salvador, 2025

Poética II

Desde los aromas disímiles, desde el olvido, desde la penitencia, desde la herida múltiple, desde la febril realidad, desde las antípodas latentes, desde la humedad y la esperanza el texto sobreviene en torrente y acantilado; literatura de soledades, devoción fatal. Poesía que somete a la rutina, desde el murmullo de amor, desde la luna enrojeciendo almas ausentes, desde el tango y la desnudez de las vértebras humanas, desde los zapatos desgastados en la grieta, desde el frío y la memoria, desde los desaparecidos rostros, desde la fe devuelta a pesar del insomnio y la monotonía.
Félix Vallotton, The Rape of Europa, 1908.
Félix Vallotton, The Rape of Europa, 1908

VIII

Voluminosa carne viva en la trilogía del fulgor, la blanca cadencia y el verano; música prolongada a medianoche, temblor ante el despojo del cuerpo. Los silencios vienen después. Ahora es momento de la anunciación.

De Íntimos fragmentos, El Ángel Editor, Quito, 2019

X

Las cosas simples en los rostros sabios en la mirada calcinada de tiempo, piedra persistente en la levedad de los días. Espigas de dolor, totora que amanece en el ojo del agua.
Félix Vallotton, Solitaire (Nude Playing Cards), 1912.
Félix Vallotton, Solitaire (Nude Playing Cards), 1912

Inédito

Rastro tras la lluvia

Cada día de invierno efímero muero —sin darme cuenta— llamarada en vientre propio y ajeno aroma de inocencia en los claveles rotos con el espejismo de amaneceres benditos invocación de tierra generosa y dulce a la que retornamos de la travesía como polvo arcilla para tiernas manos en el declive de la mansedumbre paraíso de colores antes de la estocada fulminante sombras como piedras deformes en donde otros pasos marcaron rumbos añejos parábola en boca profética que advierte la despedida registro de oscuridades en la planicie luminosa brutal alegría devorada por animales de estirpe diminuta muero, digo, con la obsesión y el decoro inútil a la espera del último sol que me conceda el beso ardiente para el descanso con arrullo de madre campanadas grises tras la señal de lluvia epifanía tras el susurro de mi hermano ausente. ¿Cuándo profanar la tumba?
Félix Vallotton, The Cliff and the White Shore, 1913.
Félix Vallotton, The Cliff and the White Shore, 1913

Inédito

Olvido después de la ceniza

El tiempo oculta todo rastro o al menos esparce la ceniza, relicario en donde reposa el olvido. Entretejer el palpitante llanto con la bruma escarbar en el vértice del pasado subrayar los equívocos del futuro observar el mar con rabia con ansiedad con poco decoro. Queda la trinchera y la gris derrota sinsabor de las cosas perdidas, la herida múltiple del guerrero en las fauces de la historia vana. Decir mujer, o, tal vez, hombre o sea, recuerdo como ráfaga de viento para la consecución del milagro en el despiadado final de los sueños.
Félix Vallotton, Woman with Maid Bathing, 1896.
Félix Vallotton, Woman with Maid Bathing, 1896
Nota biográfica

Aníbal Fernando Bonilla

Nació en Otavalo, Ecuador, en 1976. Máster en Estudios Avanzados en Literatura Española y Latinoamericana y Máster en Escritura Creativa por la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR). Licenciado en Comunicación Social. Docente universitario. Ha publicado, entre otros, los poemarios Gozo de madrugada (2014), Tránsito y fulgor del barro (2018, 2025), Íntimos fragmentos (2019), las plaquettes Caminante extraviado (2024), Olvido después de la ceniza (2024), y la recopilación de artículos de opinión Tesitura inacabada (2022). Finalista del Premio Nacional de Poesía Paralelo Cero 2018, del III Premio Internacional de Poesía de Fuente Vaqueros 2023, y del XI Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador 2024. Columnista de diario El Telégrafo entre 2010 y 2016. Articulista de El Mercurio de Cuenca desde 2022, y colaborador en varias revistas digitales. Participante seleccionado en el Taller de Poesía Ciudad de Bogotá Los Impresentables (2022, 2023, 2024, 2025). Ha sido invitado a eventos de carácter literario, cultural y político en España, Nicaragua, Argentina, Uruguay, Cuba, Bolivia y Colombia, como el XV Encuentro de Poetas Iberoamericanos en Salamanca (2012), el XIII Encuentro Internacional “Poetas y Narradores de las Dos Orillas” en Punta del Este (2014), el VI Encuentro de Jóvenes Escritores de Iberoamérica y el Caribe en La Habana (2016), el III Encuentro Internacional de Poesía en la Ciudad de los Anillos en Santa Cruz de la Sierra (2016), o el XI y XII Festival Iberoamericano de Poesía en Fusagasugá (2023, 2024).

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Derechos reservados
© Aníbal Fernando Bonilla

Imágenes: obras de Félix Vallotton en dominio público

Retrato de Nikolay Rodríguez
Foto: © Archivo particular

Escritores colombianos

Nikolay Rodríguez

Poeta, gestor cultural y capoeirista. Autor de El fuego que somos y Por si el fuego no te ha abrazado. Su escritura explora el cuerpo, la memoria afectiva y las zonas íntimas donde deseo, herida y resistencia se cruzan.

Selección de poemas

El fuego que somos

Un hombre y otro hombre se enamoran
bajo un techo sin luz y sin estrellas.Virgilio López Lemus
En las noches cuando la vida se sienta más pesada bastará recordar aquella tarde donde dos iguales se amaron. Estamos condenados a fingir ser extraños cuando las miradas se cruzan en los pasillos. A tener miedo a no poder gritar, el fuego que somos.
Leonardo da Vinci, The Anatomy of a Male Nude and a Battle Scene
Leonardo da Vinci, Anatomía masculina y escena de batalla.

Despojo de infancia

Le duele al niño un golpe en las rodillas pero no tanto como la ausencia de su padre. Le duele recibir su primer beso con angustia ser tocado sin ternura sentir un deseo obligado perder el aliento entre miedo y hastío. Cómo le hubiese gustado a ese niño ser amado sin posesión mezquina ser tocado y no sentir asco cuando se iba a dormir. El peso en la conciencia le duele al niño saber que al día siguiente seguirá siendo objeto de desfogue en manos de un desconocido uno que habita su casa como amigo de la familia. La inocencia del niño fue robada durante muchas tardes en el silencio de un cuarto del que salía con un dulce en la mano.
Leonardo da Vinci, Views of a Foetus in the Womb
Leonardo da Vinci, Estudios del feto en el útero.

Cielos rosa

¿Bailamos en el lodo? —me preguntó— sin dudarlo me quité los zapatos quería sentir el tibio latido de la tierra. Luego nos tocamos y a ciegas leímos las viejas y nuevas marcas en la piel reímos el mundo se detuvo indulgente y nosotros giramos a su alrededor. Fue una noche llena no de luna, sino de cielos rosa que nacieron al saborear sus labios. Fue la noche del cólera del desasosiego del miedo de cenizas de un fénix que pensábamos extinto. Ardor de lava deshaciendo carnes el fuego inolvidable, de la primera vez.
Leonardo da Vinci, Studies for the Heads of Two Soldiers in The Battle of Anghiari
Leonardo da Vinci, Dos soldados para La batalla de Anghiari.

Conversaciones de cama

Nadie te había tocado de esa manera. Lo sé. Y no hablo del cuerpo el sexo solo fue el puente, para llegar a tus lágrimas. El truco para sembrar la duda a lo desconocido. ¿Recuerdas los versos que te leí? Sé que te hicieron temblar que entre el miedo y la curiosidad pensaste que habías conocido a Dios al que tanto le preguntabas, pero nunca te respondía.
Nota biográfica

Nikolay Rodríguez

Poeta, gestor cultural y capoeirista. Estudia Creación Literaria en la Universidad Central de Colombia. Ha realizado talleres de escritura creativa con IDARTES y de promoción de lectura con Fundalectura. Es autor del poemario El fuego que somos (2023) y del cuadernillo de poesía Por si el fuego no te ha abrazado (2026). Sus poemas han sido publicados en antologías como Trilce en la Luis Ángel (2024), Veinte voces emergentes (2023), Postal de los recuerdos, Cartografías del silencio, Con todas las letras: antología de poesía colombiana LGBTI (Idartes, 2026) y La desobediencia de las flores, donde además participa como coeditor. Asimismo, ha publicado en las revistas Luna Nueva, Alondra y Publishers. Ha participado en eventos como la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo), la Feria del Libro de Duitama, el Festival Internacional de Literatura de Tunja (FILTu) y la Tercera Semana de la Cultura en la ciudad de Paracatu, Minas Gerais, Brasil. Es miembro del colectivo Pelo e Gato y actualmente colabora con la Fundación Castellares y la Editorial Piedra de Toque.

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Derechos reservados
© Nikolay Rodríguez

Imágenes: obras de Leonardo da Vinci en dominio público.

Retrato de Juan Carlos Acevedo
Foto: © Archivo particular

Escritores colombianos

Juan Carlos Acevedo

Manizales, Colombia. Poeta, ensayista y divulgador cultural. Miembro de la Academia Caldense de Historia, autor de varios libros de poesía, historia literaria y ganador de premios nacionales de poesía.

De: Mujeres sin sombra - Premio XXII Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus

Día diez

Un viejo ritual nos acompaña: recolectar piedras, simples y sencillas piedras. Aquí, bajo el vaho tibio de los animales, observamos la temida luz del rayo que anuncia tormentas y nada más que cardos secos nos brinda esta prolongación de la muerte. Tenemos tan poco. Recolectamos, algunas piedras, suaves… lisas piedras que el camino otorga como un ritual de afectos ancestrales las llevamos para ofrecer a la tumba de nuestros hombres.

Día quince

Las sembradoras creábamos lluvias de cacao y maíz. Al viento conjurábamos para que esparciera el milagro de los frutos, la altivez de los pastos en los potreros. Entonábamos cánticos al Sol para que dorara los plantíos, elevábamos súplicas a la Selene para que iluminara los caminos de la cosecha y a la diosa de las aguas, después de la oración, dejábamos ofrendas para que nutriera nuestra milenaria fuente. Vestidas con hojas de eucalipto, danzábamos cogidas de la mano y cantábamos suaves tonadas, otro ritual para la salud de las cosechas. Hubo otros tiempos, éramos mujeres de semillas, de pastos altos para las bestias en los campos de lluvias benditas para los surcos y los frutos jóvenes de rayos solares capaces de madurar los tallos y vientos justos para llevar la esperanza a otras tierras. Tiempos donde la sagrada palabra, en boca de las elegidas, era más poderosa que el hierro de la noche.
Umberto Boccioni, The Drinker, 1914
Umberto Boccioni, The Drinker, 1914

Día dieciséis

Las mujeres del agua en el cuenco de la mano caminamos disipadas, buscando en la hojarasca o detrás de las quimeras de abril una fuente nueva donde volver a recoger el rocío bendito de la esperanza, elemento femenino y poderoso a la vez, que las antiguas mujeres de la aldea enseñamos a compartir como el más generoso de los regalos dado por los serenos espíritus del bosque. Escasea y está sucia en estos días. Un agua-viento, un agua-sangre, un agua-agónica es lo que llega con el río donde flotan hombres sin ojos, y troncos podridos y peces muertos… Nuestras mujeres, las del agua en el cuento de la mano, no se atreven a recogerla, a regar la esperanza con ella, ni a darla de beber al peregrino; tampoco a esparcirla sobre la frente del que no tiene nada. ¿Cuándo se hará la voluntad de regresarle el poder de calmar la fiebre, de dar nombre a los seres y llevar en su corriente las buenas nuevas a los pueblos que la esperan abajo en la cañada? Cuándo… Cuándo…
Umberto Boccioni, La ciudad se levanta, 1910
Umberto Boccioni, La ciudad se levanta, 1910

Día diecisiete

Las tejedoras conocíamos los secretos de la luz estival que en medio del estanque entibiaba un agua limpia para lavar las telas. Supimos, desde antes de las máquinas, sobre los pigmentos ocultos en las plantas y sus hojas y sus flores y pintamos con ellas nuestras faldas, nuestros cuerpos. En el telar hubo algodones y lanas maduras, cabuyas, linos frescos, hojas ricas en tamaño y colores, delicadas fibras de bambú y agujas de madera y rodillos de cedro rojo. También ungüentos de marihuana con los que frotábamos las manos antes de ir al telar para ahuyentar los pájaros de la angustia que anidan entre nosotras.
Umberto Boccioni, Dinamismo de un ciclista, 1913
Umberto Boccioni, Dinamismo de un ciclista, 1913
Nota biográfica

Juan Carlos Acevedo Ramos

Manizales, Colombia. Poeta, ensayista y divulgador cultural. Miembro de la Academia Caldense de Historia, ha publicado los libros de poesía Los Amigos Arden en las Manos (2010), Noticias del tercer mundo (2010), Historias alrededor de un fogón (2012), Los huéspedes secretos (2014), Correo de la noche (2018), La casa en el invierno (2020), Mujeres sin sombra (2023) y Pájaros de Humo (2026). Es autor del libro de historia Las letras que nos nombran. Revisión de la literatura del Viejo Caldas. 1834-1966 (2017). Obtuvo los Premios Nacionales de Poesía “Descanse en Paz la Guerra” de la Casa de Poesía Silva, el VI Premio de Poesía “Carlos Héctor Trejos” y el XXII Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus. Sus poemas hacen parte de varias antologías colombianas y de algunas antologías en Uruguay, Chile, Ecuador, Cuba, México, Estados Unidos, España, Bulgaria, Rumania y Grecia. Es profesional en Bibliotecología de la Universidad del Quindío y diplomado en Escrituras Creativas de la Universidad Tecnológica de Pereira. Se ha desempeñado por más de una década como promotor de lectura, escritura y oralidad en la Red de Bibliotecas Públicas de Caldas y como director del Taller de Escritura Creativa RELATA del Ministerio de Cultura en el Centro Cultural del Banco de la República en Manizales.

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Derechos reservados
© Juan Carlos Acevedo Ramos
Imágenes: obras de Umberto Boccioni en dominio público.