Miraflores, Boyacá, Colombia, 1966. Escritor, editor y director de talleres de escritura creativa, con inmersiones en el cine y las artes plásticas y visuales. Autor de libros de cuento, novela, poesía y antologías; dirige Burdelianas Poetry.
De: Bitácora del fin (2020)
EPITAFIO
Aquí yace su cuerpo, solo.
Él, sigue muriendo en ella.
DE LO CIERTO
Arribar a la muerte,
abrazar la última luz
y tener la certeza de no haber sido nunca
el amor de la vida de nadie.
No haber sido, siquiera,
el amor de un día,
el apasionado amor de una noche
que la memoria de otro
se resista a perder.
FE DE ERRATAS
No queda nada de lo que fue.
Los días han saciado su hambre.
El espejo carga con un rostro que no es el mío.
Todo ha ido a pérdida,
y, sin embargo,
tu pantalón estampado de estrellas
sigue ahí
en el sótano de esa casa del bosque que fue paraíso
en el sillón de un apartamento con ventana al mar
en el mar
en la furia del viento
en las orejas de los gatos del Hotel Bellavista
en los gatos que nacieron de tu regazo.
Tu pantalón estampado de estrellas
cielo en donde todavía amanece,
fe de erratas del olvido.
Egon Schiele, Green Stockings, 1917
REGRESO A CASA
Camino.
Pronuncio tu nombre y mi boca es vacío,
un abismo que no es tu nombre.
Y sin embargo la noche te reconoce,
te llama.
La noche tiene memoria de ti.
La noche sabe que tu cuerpo es mi casa.
Que lo fue en ese único instante de felicidad.
Camino.
Pero no hay camino para regresar a ti.
Sé que el tiempo no existe,
lo sé porque ahora mismo estás aquí, conmigo,
y no lo estás,
y está la primavera.
Tu amor fue perfecto,
como el Titanic.
Amor al que ya no le quedan botes salvavidas,
ni caballitos de mar.
Camino.
Busco una casa que ya no existe.
De: Sin el azul del día (2007)
UNA PROMESA
Y si por un río secreto
navegan desnudos los muertos
y un barquero ciego los guía
y, como corresponde,
se queda con el cobre prensado
que los deudos ponen en los ojos
de aquellos navegantes. A ese río,
y a ese barquero
habré de enviar
el agua taciturna que amanece
en mi rostro ―la carroña―
el canto maldito que insiste
y, si es necesario,
me abriré una ventana en el pecho
para que salga
lo que de sombra quede
lo que te dañe
lo que no te guste
la piel usada,
el corazón y la palabra herida
habré de condenar
al fúnebre destierro
con una bolsa de monedas
de oro puro que gratifique
el triste adiós
que desteje ese río
y la incesante noche del ciego.
CLASE DE ARTE
Wassily deambula por una Ciudad árabe
con un turbante púrpura va, y en su mochila lleva tubos ocre
que retienen la piel de una tunecina.
El cielo negro se tiende sobre la torre, el faro, y los ojos de Wassily:
La torre se erige (aclara su ascendencia babélica) y se pierde
más arriba de la nube que la ronda como una oveja.
El faro ignora a su sombra que se pliega en los techos.
Y los ojos de Wassily son una línea, un rayo blanco, una yegua
que gime entre conos, círculos, dameros...
Wassily salta de tus labios y sale por la ventana,
cae,
se sienta en una silla (el ceño fruncido) y se pone a dibujar la
Plaza de San Francisco en una libreta roja.
Wassily está triste porque yo no he visto su Ciudad árabe
la fuente en donde se presiente un jardín
el embozado que trama un crimen
el coche con los ojos de la favorita del Sultán
el oro del comerciante del zoco
y la sombra del profeta... Wassily sabe que
sólo he visto tus labios de muñequita que sabe de Wassily.
Egon Schiele, The Embrace, 1917
OCTAEDRO
I
Quisiera hallarle utilidad,
un destino, a mi mano sin ti.
II
Y el amor que se hunde, se asfixia, se muere
en el gélido mar de la ausencia, su cadáver...
¿Sirve para alimentar a los peces?
III
La música va por la habitación, se desliza,
a palos de ciego te busca y regresa,
triste, sola, la música...
IV
Voluptuosa, abierta a la piel que acecha,
ebria, con una luna nueva en el pecho,
bella e inútil esta noche en la que no estás.
V
¿Qué caminos has ido a recorrer
de los trazados en las líneas de tu mano?
VI
Quizá otro deambule por el macramé pétreo de la casa,
y tropiece, sin hilo, sin brújula,
sin atreverse a consultar el mapa del cielo.
Quizá también huya del espejo y se crea, como yo,
único dueño de tu laberinto.
VII
Y si una tarde en un cruce de caminos, en una calle alguien te roza.
Y si ese roce casual te detiene,
si te miran y miras, si naufragas en esa mirada...
¿A dónde mi ruta?
VIII
No interesa ya, la extensión del paraíso.
Egon Schiele, Semi-nude Reclining
REINO DE ESTE MUNDO
Alguien dijo que en Stuttgart
vive una princesa
y pienso que Stuttgart
debe ser una ciudad bonita
en donde seguramente habrá un río
y un bosque
y adolescentes que tomados de la mano
se dejan tentar
por el agua que baja cantando
y aviones de papel aluminio
que cruzan el cielo
y dejan una estela de humo blanco
y una música que viene
no se sabe de dónde
y que conoce el camino del río.
Y quizá en Stuttgart no haya río
y los adolescentes que allí viven
amen la ceniza
y los aviones que crucen su cielo
sólo sean el transporte
de la muerte que vuela
y su música un réquiem.
Pero si en Stuttgart
vive una princesa
(eso dijo alguien)
esa ciudad tiene que ser bonita
como ésta
en la que el día declina
en donde vive mi princesa
y su paraíso.
INSOMNIO
...amor al fin sin alba. F. García LorcaSobre la cúpula de la Catedral
y los edificios
y los techos bajos
de una ciudad deshabitada,
cae la lluvia:
rendida a la noche baja
se desliza,
dentro de mi cabeza
se mezcla con tu nombre.
Y lluvia y nombre
son una sola melodía
que de mi pecho brota, sube,
rumor de agua
sobre los techos bajos
y los edificios
y la cúpula de la Catedral
de esta ciudad deshabitada
en donde la lluvia cae,
durante toda la noche...
PESADILLA
Quizá antes del alba
tropieces con tu límite
y tus ojos,
náufragos de luz,
abandonen al medroso
animal nocturno
mientras inocente de ti
al otro extremo de la sombra
el mar se rompe.
Quizá
antes que tu cabellera
se precipite
te hagas inalcanzable
para la noche,
y mi mano abierta
se resigne
a la bruma salada
que no sabe de tu nombre.
SIN EL AZUL DEL DÍA
De nosotros, la resaca habrá dejado nada más que un poco de sal. Claude Michel ClunySólo el silencio.
Tu voz en el umbral de la noche.
La lluvia habitando la memoria.
Una calle larga
―solitaria―
atravesada por rumores.
Sólo el silencio.
El cristal herido por las palabras
―el frío―
Una piel tendida al filo del horizonte.
Agonía que no es lamento.
Fuego abandonado al lado de tu nombre.
Sólo el silencio.
―la sal―
Mi mano rota sobre esta página
que ya no me reconoce.
De: Piel de recuerdo (1990)
XI
Sabía que terminaría contándotelo
antes del final de la noche.
A pesar de tu silencio,
de la mirada fría que pones
sobre mi rostro.
Además...
sé que te resulta evidente mi tristeza.
Hasta aquí,
casi todo estaba dicho
menos mi odio
que también cabe en tu recuerdo.
Nota biográfica
Carlos Castillo Quintero
Carlos Castillo Quintero (Miraflores, Boyacá, Colombia, 1966). Escritor, editor y director de talleres de escritura creativa, con inmersiones en el cine y las artes plásticas y visuales. Ha publicado los libros de cuento Harem y otros 100 microrrelatos, Verano feliz y otros cuentos, Dalila Dreaming, Espiral al Sur y otros relatos de la noche, Carroñera y Los inmortales; las novelas Hormigas de cristal, Peces de nieve, Gente rara en el balcón y Alicia Cocaine; y los poemarios Bitácora del fin, Ab imo pectore, Sin el azul del día, Rosa fragmentada, Burdelianas y Piel de recuerdo. Textos suyos han sido incluidos en antologías y revistas literarias de varios países y traducidos al inglés, al francés y al portugués. Ha recibido premios nacionales en narrativa y poesía. Es director y editor general de Burdelianas Poetry.
Tunja, Boyacá. Escritora, mediadora de lectura, traductora, correctora de estilo y directora de talleres literarios. Sus textos aparecen en antologías de América, Europa y Asia.
Selección de textos
EL DOCTOR CUERÍN
A Eduardo Rodríguez U.
Aquel médico no era un galeno común y corriente. Su trabajo consistía en remendar el calzado: botas, sandalias, chanclas, toda clase de zapatos. Cuando quedaba arreglado el encargo, el cliente sentía un cambio en su ánimo. Se sentía diferente, con mejor actitud.
Lo que pasaba es que el doctor Cuerín era, en realidad, un componedor de almas y restaurador del espíritu, porque la tristeza y el enojo se meten por los pies, colándose a través de las suelas rotas de los zapatos.
EL AMANTE DE LITERATURA
A L.A.B.B.
Cuando el hombre, cegado por los celos, logró descubrir el engaño, con sigilo se acercó por detrás del sillón en el que la mujer vivía un apasionado encuentro con el de turno. Esa noche estaba decidido a recuperarla.
―¡Maldita infiel, así te quería encontrar...!
―Pe… pe… pero mi amor, ¡no es lo que piensas...! ¡Te juro que yo no...!
―¡No digas nada...! Al comienzo creí que eran solo rumores… hasta que decidí sorprenderte. Cambias cada semana, uno y otro… ¡Ya no aguanto más! ¡Decían que eras su amante y yo, pobre ingenuo, jamás les creí...! ¡Ahora debes elegir…! ¡Ellos o yo...!
Ella, animada por su ancestral vocación de obediencia, después de admitirlo e implorar su perdón, quiso serle fiel. Aunque solo en apariencia, pues cuando él se ausenta vuelve a los brazos anhelantes de sus amantes de papel.
VERDES DE ENVIDIA
Debido a su inveterada ausencia de recuerdos, no saben su origen ni su historia, creen que siempre fueron joyas. De cada baile, cada noche de fiesta a la que asisten, regresan más redondas y ostentosas, atiborradas de luces y destellos. Parlotean entre ellas en la oscuridad de terciopelo del joyero, llevan una vida ociosa que termina por crear rivalidades y odios mortales entre ellas. Enquistadas en sí mismas, se detestan en el secreto del cofre, pero, al llegar la noche, otra vez tienen que salir juntas, fingiéndose alegres por estar tan identificadas.
Aunque se sienten atrapadas y destinadas a estar falsamente unidas por ganchos, broches, hilos, ante las codiciosas miradas masculinas y de envidia escondida entre capas infinitas de maquillaje, las verdes piedras son en realidad vanidosas y egoístas. Olvidan su oscuro nacimiento que derivó en dolorosos rostros, acaso tampoco recuerdan que son el resultado del esfuerzo de picas manejadas por manos ultrajadas, por ojos que han perdido el sol, cuerpos ciegos movidos por la esperanza de encontrar la veta que resplandezca para transformar sus vidas.
A pesar de todo, siguen ahí refulgiendo como dotadas de luz propia en las noches de fantasías y falacias.
LA MUJER DE AGUA
Meditando sobre las precauciones que habría de tomar, la mujer dirigió su cristalino cuerpo hacia la playa. En ese momento lo vio y supo que ya nunca podría estar lejos de él.
Decidida, se prendió a su pie y, en la intimidad de la ducha, cada mañana lo acarició con fruición, entregándole con amor su femenina presencia. El hombre no supo nunca de aquella salina amante que, en secreto, se fue yendo por entre las rejillas de su baño.
LA MUJER DE CRIN
La llanura se fue consumiendo en sus jornadas de búsqueda, hasta sentir próximo el encuentro. Galopó con más prisa y sus cascos marcaron un ritmo de fuego sobre el camino de piedra. A lo lejos divisó el portal de la hacienda, igual al de sus sueños, y el cansancio cedió a su deseo. Apuró el trote y pronto arribó a su destino.
En la mecedora, el hombre la aguardaba. Bello, igual al príncipe soñado que la hizo abandonar a su manada y emprender aquella travesía.
Agotada, se recostó a sus pies, cerró los ojos y lentamente fue dejando su aspecto animal y se convirtió en una bella mujer. Sin importarle su desnudez, sensual, se acercó al hombre que parecía dormido y lo besó en los labios. Él, momificado por la espera, recibió aquel beso añorado y se derrumbó dejando en su lugar una tenue nube de polvo que se confundió con el que, en su huida, dejaron los cascos de la mujer que huyó, otra vez, convertida en yegua salvaje.
CACERÍA
Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las crónicas de cacería seguirán glorificando al cazador. Proverbio africano
La caza era su oficio. Hacía varios años que vivía en ese bosque. Se había refugiado allí, huyendo de la ciudad, de la inclinación humana al cautiverio. No tenía nada en contra de la conservación, incluso de la colección de animales. Él mismo era un coleccionista, pero no concebía la reclusión de un animal en un zoológico.
Cazaba con afán mesiánico, o por lo menos eso creía. A cada presa la disecaba para conservarla en su casa como un ornamento. Consideraba su obra como el camino de salvación del ineluctable destino al que eran sometidos los irracionales.
Esa mañana —como durante todas las últimas mañanas de su vida— se adentró en el bosque, a cazar. Deambuló sin mucho éxito y al final de la tarde se encontró en medio de una tupida floresta que no recordaba. Estaba rodeado de animales extraños: caballos alados; cebras con un cuerno de cristal en mitad de la frente; seres con cabeza de toro y cuerpo de hombre; esfinges que resumían con propiedad la belleza del león, el águila y la mujer. Todos lo miraron con curiosidad y se le fueron acercando.
En el límite del crepúsculo el bosque giró, se hizo vértigo.
Y esa noche, en la calidez de su hogar, la Quimera —y sus tres pequeños y quiméricos hijos— adicionaron un nuevo trofeo a su colección de bestias exóticas: la testa de un cazador.
Nota biográfica
Maribel García Morales
Maribel García Morales. Tunja, Boyacá. Licenciada en Español de la UPTC. Escritora, mediadora de lectura, traductora, correctora de estilo y directora de talleres literarios. Ha sido docente escolar y universitaria, jurado de concursos y asesora de investigación en literatura y cultura. Sus textos aparecen en antologías de América, Europa y Asia. Ha publicado los libros Los matices de Eva (2004, 2024, 2025), El ataque de los lápices (2011), Unidades pedagógicas (2011), Voces de papel (Premio Nacional, 2015), Los héroes de la naturaleza (2019) y Sinforosa y otros conjuros (2024).
La Habana, Cuba, 1987. Poeta y filósofo graduado de la Universidad de La Habana. Ha ejercido la docencia universitaria, ha sido incluido en antologías españolas. Textos suyos se han publicado en las revistas Dialektika, Papeles de la Mancuspia y Luna Nueva. Reside en Bogotá.
Usamos cookies necesarias y, con tu autorización, cookies de medición y publicidad para mejorar la lectura y apoyar este proyecto editorial. Política de cookies y datos
Redes sociales
Buscar