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22 may 2026

Retrato de Carlos Castillo Quintero
Foto: © Archivo particular

Escritores colombianos

Carlos Castillo Quintero

Miraflores, Boyacá, Colombia, 1966. Escritor, editor y director de talleres de escritura creativa, con inmersiones en el cine y las artes plásticas y visuales. Autor de libros de cuento, novela, poesía y antologías; dirige Burdelianas Poetry.

De: Bitácora del fin (2020)

EPITAFIO

Aquí yace su cuerpo, solo. Él, sigue muriendo en ella.

DE LO CIERTO

Arribar a la muerte, abrazar la última luz y tener la certeza de no haber sido nunca el amor de la vida de nadie. No haber sido, siquiera, el amor de un día, el apasionado amor de una noche que la memoria de otro se resista a perder.

FE DE ERRATAS

No queda nada de lo que fue. Los días han saciado su hambre. El espejo carga con un rostro que no es el mío. Todo ha ido a pérdida, y, sin embargo, tu pantalón estampado de estrellas sigue ahí en el sótano de esa casa del bosque que fue paraíso en el sillón de un apartamento con ventana al mar en el mar en la furia del viento en las orejas de los gatos del Hotel Bellavista en los gatos que nacieron de tu regazo. Tu pantalón estampado de estrellas cielo en donde todavía amanece, fe de erratas del olvido.
Egon Schiele, Green Stockings, 1917
Egon Schiele, Green Stockings, 1917

REGRESO A CASA

Camino. Pronuncio tu nombre y mi boca es vacío, un abismo que no es tu nombre. Y sin embargo la noche te reconoce, te llama. La noche tiene memoria de ti. La noche sabe que tu cuerpo es mi casa. Que lo fue en ese único instante de felicidad. Camino. Pero no hay camino para regresar a ti. Sé que el tiempo no existe, lo sé porque ahora mismo estás aquí, conmigo, y no lo estás, y está la primavera. Tu amor fue perfecto, como el Titanic. Amor al que ya no le quedan botes salvavidas, ni caballitos de mar. Camino. Busco una casa que ya no existe.

De: Sin el azul del día (2007)

UNA PROMESA

Y si por un río secreto navegan desnudos los muertos y un barquero ciego los guía y, como corresponde, se queda con el cobre prensado que los deudos ponen en los ojos de aquellos navegantes. A ese río, y a ese barquero habré de enviar el agua taciturna que amanece en mi rostro ―la carroña― el canto maldito que insiste y, si es necesario, me abriré una ventana en el pecho para que salga lo que de sombra quede lo que te dañe lo que no te guste la piel usada, el corazón y la palabra herida habré de condenar al fúnebre destierro con una bolsa de monedas de oro puro que gratifique el triste adiós que desteje ese río y la incesante noche del ciego.

CLASE DE ARTE

Wassily deambula por una Ciudad árabe con un turbante púrpura va, y en su mochila lleva tubos ocre que retienen la piel de una tunecina. El cielo negro se tiende sobre la torre, el faro, y los ojos de Wassily: La torre se erige (aclara su ascendencia babélica) y se pierde más arriba de la nube que la ronda como una oveja. El faro ignora a su sombra que se pliega en los techos. Y los ojos de Wassily son una línea, un rayo blanco, una yegua que gime entre conos, círculos, dameros... Wassily salta de tus labios y sale por la ventana, cae, se sienta en una silla (el ceño fruncido) y se pone a dibujar la Plaza de San Francisco en una libreta roja. Wassily está triste porque yo no he visto su Ciudad árabe la fuente en donde se presiente un jardín el embozado que trama un crimen el coche con los ojos de la favorita del Sultán el oro del comerciante del zoco y la sombra del profeta... Wassily sabe que sólo he visto tus labios de muñequita que sabe de Wassily.
Egon Schiele, The Embrace, 1917
Egon Schiele, The Embrace, 1917

OCTAEDRO

I Quisiera hallarle utilidad, un destino, a mi mano sin ti. II Y el amor que se hunde, se asfixia, se muere en el gélido mar de la ausencia, su cadáver... ¿Sirve para alimentar a los peces? III La música va por la habitación, se desliza, a palos de ciego te busca y regresa, triste, sola, la música... IV Voluptuosa, abierta a la piel que acecha, ebria, con una luna nueva en el pecho, bella e inútil esta noche en la que no estás. V ¿Qué caminos has ido a recorrer de los trazados en las líneas de tu mano? VI Quizá otro deambule por el macramé pétreo de la casa, y tropiece, sin hilo, sin brújula, sin atreverse a consultar el mapa del cielo. Quizá también huya del espejo y se crea, como yo, único dueño de tu laberinto. VII Y si una tarde en un cruce de caminos, en una calle alguien te roza. Y si ese roce casual te detiene, si te miran y miras, si naufragas en esa mirada... ¿A dónde mi ruta? VIII No interesa ya, la extensión del paraíso.
Egon Schiele, Semi-nude Reclining
Egon Schiele, Semi-nude Reclining

REINO DE ESTE MUNDO

Alguien dijo que en Stuttgart vive una princesa y pienso que Stuttgart debe ser una ciudad bonita en donde seguramente habrá un río y un bosque y adolescentes que tomados de la mano se dejan tentar por el agua que baja cantando y aviones de papel aluminio que cruzan el cielo y dejan una estela de humo blanco y una música que viene no se sabe de dónde y que conoce el camino del río. Y quizá en Stuttgart no haya río y los adolescentes que allí viven amen la ceniza y los aviones que crucen su cielo sólo sean el transporte de la muerte que vuela y su música un réquiem. Pero si en Stuttgart vive una princesa (eso dijo alguien) esa ciudad tiene que ser bonita como ésta en la que el día declina en donde vive mi princesa y su paraíso.

INSOMNIO

...amor al fin sin alba.
F. García Lorca
Sobre la cúpula de la Catedral y los edificios y los techos bajos de una ciudad deshabitada, cae la lluvia: rendida a la noche baja se desliza, dentro de mi cabeza se mezcla con tu nombre. Y lluvia y nombre son una sola melodía que de mi pecho brota, sube, rumor de agua sobre los techos bajos y los edificios y la cúpula de la Catedral de esta ciudad deshabitada en donde la lluvia cae, durante toda la noche...

PESADILLA

Quizá antes del alba tropieces con tu límite y tus ojos, náufragos de luz, abandonen al medroso animal nocturno mientras inocente de ti al otro extremo de la sombra el mar se rompe. Quizá antes que tu cabellera se precipite te hagas inalcanzable para la noche, y mi mano abierta se resigne a la bruma salada que no sabe de tu nombre.

SIN EL AZUL DEL DÍA

De nosotros, la resaca habrá dejado
nada más que un poco de sal.

Claude Michel Cluny
Sólo el silencio. Tu voz en el umbral de la noche. La lluvia habitando la memoria. Una calle larga ―solitaria― atravesada por rumores. Sólo el silencio. El cristal herido por las palabras ―el frío― Una piel tendida al filo del horizonte. Agonía que no es lamento. Fuego abandonado al lado de tu nombre. Sólo el silencio. ―la sal― Mi mano rota sobre esta página que ya no me reconoce.

De: Piel de recuerdo (1990)

XI

Sabía que terminaría contándotelo antes del final de la noche. A pesar de tu silencio, de la mirada fría que pones sobre mi rostro. Además... sé que te resulta evidente mi tristeza. Hasta aquí, casi todo estaba dicho menos mi odio que también cabe en tu recuerdo.
Nota biográfica

Carlos Castillo Quintero

Carlos Castillo Quintero (Miraflores, Boyacá, Colombia, 1966). Escritor, editor y director de talleres de escritura creativa, con inmersiones en el cine y las artes plásticas y visuales. Ha publicado los libros de cuento Harem y otros 100 microrrelatos, Verano feliz y otros cuentos, Dalila Dreaming, Espiral al Sur y otros relatos de la noche, Carroñera y Los inmortales; las novelas Hormigas de cristal, Peces de nieve, Gente rara en el balcón y Alicia Cocaine; y los poemarios Bitácora del fin, Ab imo pectore, Sin el azul del día, Rosa fragmentada, Burdelianas y Piel de recuerdo. Textos suyos han sido incluidos en antologías y revistas literarias de varios países y traducidos al inglés, al francés y al portugués. Ha recibido premios nacionales en narrativa y poesía. Es director y editor general de Burdelianas Poetry.

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Derechos reservados
© Carlos Castillo Quintero
Imágenes: obras de Egon Schiele en dominio público.

Imagen de presentación de Maribel García Morales
Foto: © Archivo particular

Escritoras colombianas

Maribel García Morales

Tunja, Boyacá. Escritora, mediadora de lectura, traductora, correctora de estilo y directora de talleres literarios. Sus textos aparecen en antologías de América, Europa y Asia.

Selección de textos

EL DOCTOR CUERÍN

A Eduardo Rodríguez U.

Aquel médico no era un galeno común y corriente. Su trabajo consistía en remendar el calzado: botas, sandalias, chanclas, toda clase de zapatos. Cuando quedaba arreglado el encargo, el cliente sentía un cambio en su ánimo. Se sentía diferente, con mejor actitud.

Lo que pasaba es que el doctor Cuerín era, en realidad, un componedor de almas y restaurador del espíritu, porque la tristeza y el enojo se meten por los pies, colándose a través de las suelas rotas de los zapatos.

EL AMANTE DE LITERATURA

A L.A.B.B.

Cuando el hombre, cegado por los celos, logró descubrir el engaño, con sigilo se acercó por detrás del sillón en el que la mujer vivía un apasionado encuentro con el de turno. Esa noche estaba decidido a recuperarla.

―¡Maldita infiel, así te quería encontrar...!

―Pe… pe… pero mi amor, ¡no es lo que piensas...! ¡Te juro que yo no...!

―¡No digas nada...! Al comienzo creí que eran solo rumores… hasta que decidí sorprenderte. Cambias cada semana, uno y otro… ¡Ya no aguanto más! ¡Decían que eras su amante y yo, pobre ingenuo, jamás les creí...! ¡Ahora debes elegir…! ¡Ellos o yo...!

Ella, animada por su ancestral vocación de obediencia, después de admitirlo e implorar su perdón, quiso serle fiel. Aunque solo en apariencia, pues cuando él se ausenta vuelve a los brazos anhelantes de sus amantes de papel.

VERDES DE ENVIDIA

Debido a su inveterada ausencia de recuerdos, no saben su origen ni su historia, creen que siempre fueron joyas. De cada baile, cada noche de fiesta a la que asisten, regresan más redondas y ostentosas, atiborradas de luces y destellos. Parlotean entre ellas en la oscuridad de terciopelo del joyero, llevan una vida ociosa que termina por crear rivalidades y odios mortales entre ellas. Enquistadas en sí mismas, se detestan en el secreto del cofre, pero, al llegar la noche, otra vez tienen que salir juntas, fingiéndose alegres por estar tan identificadas.

Aunque se sienten atrapadas y destinadas a estar falsamente unidas por ganchos, broches, hilos, ante las codiciosas miradas masculinas y de envidia escondida entre capas infinitas de maquillaje, las verdes piedras son en realidad vanidosas y egoístas. Olvidan su oscuro nacimiento que derivó en dolorosos rostros, acaso tampoco recuerdan que son el resultado del esfuerzo de picas manejadas por manos ultrajadas, por ojos que han perdido el sol, cuerpos ciegos movidos por la esperanza de encontrar la veta que resplandezca para transformar sus vidas.

A pesar de todo, siguen ahí refulgiendo como dotadas de luz propia en las noches de fantasías y falacias.

LA MUJER DE AGUA

Meditando sobre las precauciones que habría de tomar, la mujer dirigió su cristalino cuerpo hacia la playa. En ese momento lo vio y supo que ya nunca podría estar lejos de él.

Decidida, se prendió a su pie y, en la intimidad de la ducha, cada mañana lo acarició con fruición, entregándole con amor su femenina presencia. El hombre no supo nunca de aquella salina amante que, en secreto, se fue yendo por entre las rejillas de su baño.

LA MUJER DE CRIN

La llanura se fue consumiendo en sus jornadas de búsqueda, hasta sentir próximo el encuentro. Galopó con más prisa y sus cascos marcaron un ritmo de fuego sobre el camino de piedra. A lo lejos divisó el portal de la hacienda, igual al de sus sueños, y el cansancio cedió a su deseo. Apuró el trote y pronto arribó a su destino.

En la mecedora, el hombre la aguardaba. Bello, igual al príncipe soñado que la hizo abandonar a su manada y emprender aquella travesía.

Agotada, se recostó a sus pies, cerró los ojos y lentamente fue dejando su aspecto animal y se convirtió en una bella mujer. Sin importarle su desnudez, sensual, se acercó al hombre que parecía dormido y lo besó en los labios. Él, momificado por la espera, recibió aquel beso añorado y se derrumbó dejando en su lugar una tenue nube de polvo que se confundió con el que, en su huida, dejaron los cascos de la mujer que huyó, otra vez, convertida en yegua salvaje.

CACERÍA

Hasta que los leones tengan sus propios historiadores,
las crónicas de cacería seguirán glorificando al cazador.
Proverbio africano

La caza era su oficio. Hacía varios años que vivía en ese bosque. Se había refugiado allí, huyendo de la ciudad, de la inclinación humana al cautiverio. No tenía nada en contra de la conservación, incluso de la colección de animales. Él mismo era un coleccionista, pero no concebía la reclusión de un animal en un zoológico.

Cazaba con afán mesiánico, o por lo menos eso creía. A cada presa la disecaba para conservarla en su casa como un ornamento. Consideraba su obra como el camino de salvación del ineluctable destino al que eran sometidos los irracionales.

Esa mañana —como durante todas las últimas mañanas de su vida— se adentró en el bosque, a cazar. Deambuló sin mucho éxito y al final de la tarde se encontró en medio de una tupida floresta que no recordaba. Estaba rodeado de animales extraños: caballos alados; cebras con un cuerno de cristal en mitad de la frente; seres con cabeza de toro y cuerpo de hombre; esfinges que resumían con propiedad la belleza del león, el águila y la mujer. Todos lo miraron con curiosidad y se le fueron acercando.

En el límite del crepúsculo el bosque giró, se hizo vértigo.

Y esa noche, en la calidez de su hogar, la Quimera —y sus tres pequeños y quiméricos hijos— adicionaron un nuevo trofeo a su colección de bestias exóticas: la testa de un cazador.

Nota biográfica

Maribel García Morales

Maribel García Morales. Tunja, Boyacá. Licenciada en Español de la UPTC. Escritora, mediadora de lectura, traductora, correctora de estilo y directora de talleres literarios. Ha sido docente escolar y universitaria, jurado de concursos y asesora de investigación en literatura y cultura. Sus textos aparecen en antologías de América, Europa y Asia. Ha publicado los libros Los matices de Eva (2004, 2024, 2025), El ataque de los lápices (2011), Unidades pedagógicas (2011), Voces de papel (Premio Nacional, 2015), Los héroes de la naturaleza (2019) y Sinforosa y otros conjuros (2024).

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Derechos reservados
© Maribel García Morales

21 may 2026

Retrato de Leonardo Soler Pérez
Foto: © Archivo particular

Escritores extranjeros

Leonardo Soler Pérez

La Habana, Cuba, 1987. Poeta y filósofo graduado de la Universidad de La Habana. Ha ejercido la docencia universitaria, ha sido incluido en antologías españolas. Textos suyos se han publicado en las revistas Dialektika, Papeles de la Mancuspia y Luna Nueva. Reside en Bogotá.

18 may 2026

Leila Guerriero
Noticias literarias

Noticias literarias

Leila Guerriero recibe en Italia el Premio Strega Europeo por La llamada.

La crónica latinoamericana vuelve al centro de la conversación europea con una obra sobre memoria, supervivencia y responsabilidad del testimonio.

Redacción Burdelianas Poetry · 18 de mayo de 2026

Fotografía: © Alejandra López / Editorial Anagrama.