POEMAS INÉDITOS | Nelson Romero

Retrato de Nelson Romero Guzmán durante una lectura
Foto: © Archivo particular
Escritores colombianos

Nelson Romero Guzmán

Poeta y docente colombiano nacido en Ataco, Tolima, en 1962. Su obra explora el arte, la muerte y la memoria en diálogo con la literatura, la pintura y la tradición occidental. En 2015 recibió el Premio Internacional de Poesía Casa de las Américas y el Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura.

POEMAS INÉDITOS

Un brindis necesario

Todas las mañanas brindo
por Francisco Brines,
que anda muy ocupado en la muerte,
haciendo cosas alegres, como solo él
sabe hacerlas.
La muerte del poeta es levantarse
todos los días a regar su jardín
con la música del mar
en su pequeño transistor
que apenas le cabe en el bolsillo.
Para un poeta como Brines,
morirse no es quedar desocupado,
sin nada qué hacer,
sino estar en sintonía con el mar
y las últimas noticias del hombre.
Me dejó el oficio eterno de leerlo.
Él fue el que me dio un día
una taza de barro con veneno.
Gracias Brines
buen Francisco
hermano de las flores
insecto iluminado de la noche
compañero del rey y del gusano,
el que supo dar de comer
trigo a las piedras.
El hermoso Brines
en la muerte gozando todavía
de buena salud y un gran talento.
Aunque es amargo morir,
dejar la casa y sus cortejos,
sé que sigues ebrio,
sin el corazón fallido.
Las cosas feas, las embelleces,
como la carta de amor que rescataste
luego de ser estrujada por un camión
lleno de vacas,
como la flor tristemente
enamorada de la espina
y odiada por la tierra,
como el sapo atormentado
por su horrible aplastamiento
y las demás cosas que en este mundo
ya no tienen remedio.
Pero no más quejas,
sé que andas muy ocupado
conversando y versando
con las estrellas, como sabes hacerlo.
Te dejo, Francisco, porque a esta hora
puede llegar el empleado
de la electrificadora,
cortarme la luz y dejarme
en un mundo a oscuras.

La muerte de Ofelia

Shakespeare me habló de la bella Ofelia
una tarde que conversábamos
entrando al Palacio de Elsinor,
antes de que el fantasma de su padre
se le apareciera, para revelarle que fue asesinado
en el jardín por su hermano Claudio.
Shakespeare me confesó que lloró por Ofelia,
la que está muerta y canta,
la que yo oigo cantar
todo el tiempo
bajando por el arroyo
hacia la isla de los muertos
adornada su frente
con hermosas guirnaldas.
Esa tarde lloré con Shakespeare
por Ofelia, pero no porque fuera
la loca y la ofendida por Hamlet,
sino porque bajaba por el río
y cantando moría.
Fue la primera vez que lloré por la belleza
como un niño,
como cuando derramé lágrimas
por Madame Bovary, no por su muerte,
sino por la belleza de su muerte.
Finalmente, Shakespeare entró solo al Palacio
llorando, pero esta vez ya no lo hacía por Ofelia,
sino por el mismo Palacio de Elsinor,
por ser el lugar donde Dinamarca
cometió los más horrendos crímenes.
Esa tarde entendí que llorar por la belleza,
no es llorar por la propia muerte.
Arnold Böcklin, La muerte de Cleopatra, 1872
Arnold Böcklin, La muerte de Cleopatra, 1872.

Espejo doble con una partida doble

«Si pudiera matarlo moriría satisfecho».
Samuel Beckett, Fin de partida
Por lo general nos miramos
y hasta vivimos
en un espejo doble.
Eso no es raro,
raro es no ser así.
Tengo un yo por fuera
y un yo por dentro,
            el yo bonito
            y el yo feíto.
Ven juguemos, le dice el uno al otro
y se sientan a jugar frente a frente
y frente a frente se traicionan.
El feíto le hace trampas al bonito,
el bonito se defiende con la espada,
el feíto le roba el oro al bonito,
el bonito le cambia al feo su corazón
por un diamante, y así
                el yo de afuera
                y el yo de adentro
viviendo en un mismo espejo doble
pasan la vida,
tienen una historia doble,
una doble actuación en el escenario.
El yo que está por fuera, que se hace el sufrido,
pide limosna para el yo que está por dentro
que es otro pobrecito sufrido.
Es claro que se ayudan
para no deshacer la trampa.
Saben que el día que se miren en un único espejo,
les llega el juicio final
y serán pisoteados, y separados para siempre
por las patas de los caballos del Apocalipsis.
Arnold Böcklin, Astolf rides away with his head lost, 1873
Arnold Böcklin, Astolf rides away with his head lost, 1873.

Loa al cerdo

En mi niñez nunca vi un cerdo
como los veo ahora.
Rosados, casi transparentes,
alumbraban al pasar por la sala oscura.
Mi padre los regañaba
sin motivos.
Yo les veía la testa como un florero,
todos fueron agradecidos conmigo,
nunca les dije que los iba a matar,
como sí lo hacía mi padre
muchas veces por costumbre.
Estoy seguro que los cerdos me querían,
casi eran mis hermanos de sangre.
Cuando alguno era sacrificado,
yo me sentía un cerdo.
Yo no los veía como seres cargando
con la culpa del barro.
Una vez me metí en el sueño
de un cerdito que creo
éramos de la misma edad,
aunque él mejor cebado
que mi propia persona.
Él cargaba mis orejas, yo cargaba las suyas,
tales eran nuestros vínculos
de hermanos carnales.
Aunque dormíamos en el mismo mundo,
pero en distinto lecho,
le acepté que cambiáramos
de cuerpo y alma, y nos trocamos
materia y facultades por un rato.
Hasta que lo despertó una madrugada
el triste final:
mi padre me llamaba
como si llamara al cerdo
para sacrificarnos.
Arnold Böcklin, Diana dormida, observada por dos faunos, 1877
Arnold Böcklin, Diana dormida, observada por dos faunos, 1877.

Acerca de la verdad de las mentiras sobre el viaje a la luna

En el arte no es posible
la ley de la gravedad.
El arte es una cápsula
a prueba de antigravedad
y es una máscara de oxígeno.
Si es cierto que el hombre
fue a la luna, lo que triunfó
no fue la ciencia, sino la poesía.
Yo he visto las fotografías
y los videos de la NASA
y no puedo creerlo.
Yo no veo luna
sino algo que se me parece más
al cuero del vientre de un animal
prehistórico, envejecido en el tráiler
de la imaginación.
Estoy convencido de que el hombre
nunca fue a la luna, si ni siquiera
ha podido estar en la tierra.
Más bien el viaje fue un poema de la NASA
bien hecho
y las fotos son montajes artísticos
de Neil Armstrong.
El Apolo 11 tampoco existió,
es el holograma de una libélula gigante.
Por supuesto que, en la década de los 60,
el arte estaba más avanzado que la ciencia,
había teorías poéticas sobre el espacio y el tiempo
mucho más efectivas que las leyes de Newton
y lujosas naves como las de Altazor.
Por otra parte, ya Julio Verne había salido de la tierra
y nos trajo noticias frescas de la luna
y manzanas y otras frutas paradisíacas.
¿O por qué no han vuelto?, nos preguntamos todos.
Un poema o un montaje fotográfico único
se hace una sola vez, aquí la originalidad
sí tiene un valor estético intransferible.
Y la verdad, la verdad, la poesía
y en general el arte, sirven para romper
la ley de la gravedad, no hay otra ley, es su razón de ser.
La poesía triunfa sobre el tiempo y sobre el espacio.
Solo que la ciencia siempre quiere parecérsele.
Arnold Böcklin, Prometeo, 1883
Arnold Böcklin, Prometeo, 1883.

La voz

A este poema le falta el gusano. Se lo puse.
Hay que quitarle la rosa. Se la corté.
Me herí. Mejor déjele un solo pétalo.
Lo coloqué. No en ese lugar, en otro.
Lo arrastré a una distancia de cinco
palabras adelante. Mejor vuelva y quítalo.
Lo quité. Ahora ponga en ese vacío
el cuchillo, pero no lo hundas
demasiado, déjalo de un brillo corto.
Hice los arreglos. Es el momento
de traer tierra y agua. De esa tierra negra no,
de esa agua sucia sí. Esas cosas contrarias
son armoniosas. Lo hice. Ahora ponle un toque humano.
Algo de sufrimiento, sin que se note. Al final
algo feliz de golpe, como si no lo fuera.
Quité de lo que puse. Puse de lo que quité.
Le di vueltas al poema. No me dio.
Lo volví a empezar. Lo volví a empezar.
Hasta que no le hice caso a la voz. Y finalmente
el poema se hizo solo.
Arnold Böcklin, Returning home, 1887
Arnold Böcklin, Returning home, 1887.
Nota biográfica

Nació en Ataco, Tolima, en 1962. Es licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Santo Tomás y magíster en Literatura por la Universidad Tecnológica de Pereira. Es docente de la Universidad del Tolima, en el Instituto de Educación a Distancia —IDEAD—. Entre sus reconocimientos figuran el Premio Internacional de Poesía Casa de las Américas (2015), por Bajo el brillo de la luna, y el Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura (2015), por Música lenta. Es autor, entre otros títulos, de Grafías del insecto (Universidad del Valle, 2005), La quinta del sordo (Universidad Nacional de Colombia, 2006), Apuntes para un cuaderno secreto (en coautoría con la poeta mexicana Kenia Cano, 2011), Música lenta (2014) y Bajo el brillo de la luna (2015).

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Derechos reservados
© Nelson Romero Guzmán

Imágenes: Arnold Böcklin. Obras de dominio público.

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