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10 oct 2025

Imagen de presentación de Gabriela Rosas
Foto: © Alejandra Flores

Escritoras extranjeras

Gabriela Rosas

Caracas, Venezuela. Poeta, autora de poemarios como La mudanza, Agosto interminable, Blandos y Quebrantos. Ha recibido premios nacionales de poesía, ha sido incluida en antologías dentro y fuera de Venezuela y su obra ha sido traducida a varios idiomas.

De: La matemática de los cipreses

Creí en gestos
como el olor del café al atardecer
una mano junto a la otra mirando al cielo
el trozo de pan cada mañana
que un abrazo salva
del dolor de partir
y rezar por todos cada noche
guardar sus secretos
serviría

creí en el hilo del mundo y el nosotros
que las casas nunca se desploman
desaparecen
caen
pero vivir en ellas siempre es el fin de algo
en volver
para llenar mi vientre con memorias
antes del daño
en la bondad
que viajar tal vez podría

pero se quedó mi infancia sin contar
el hijo lejos del vientre
las piernas colgando
el dolor de cabeza atado al cuello

las palabras fueron las que me negaron todo.

De: Con Truman o sin ti

Pasó
la calle donde fuimos fue cerrada
cantamos pájaros antes de cremarlos
las flores en el suelo
y ya
nadie nos reza
tuvimos miedo del fuego
de apagarlo
y ardimos como si fuese el fin del mundo
nada que sumar ni multiplicar
nada fue cierto
tocó esperar vestidos lo que por años desnudamos
casi sin dolor
(y no puedo borrarlo, por eso escribo)
Lo hicimos, amor
apagamos el mundo entre nosotros.

⊂Ο⊃

Yo también me arrojé contra el cielo
sin esperar a que lloviera.
Me fui corriendo de todo el cuerpo
de toda la pulpa que te amaba.
Yo también me quedé sin ti
e hice lo que pude.

⊂Ο⊃

Yo sabía que tú no me ibas a perdonar, que amarte era prolongar el dolor, llevar la boca muerta y las manos arriba. Sabía que los helechos en mi camino estaban secos, que existen para condenarme, para que pueda caminar, poner queja de este presente, del agua en mi pecho, de lo poco en lo que creo y me basta. Yo sabía que no me ibas a perdonar, porque la sangre no era tuya, porque el pasillo a oscuras no daba a tu puerta, porque no fuiste tú quien llegó tarde, querido, a cualquier amor.

⊂Ο⊃

Yo fui esa muchacha que diciéndote adiós decía que te amaba.

⊂Ο⊃

Desamparo es no tener quien te desnude.

⊂Ο⊃

Lo veo dormir. Nos tocan las palabras hondo. Nos sembramos para siempre uno en el otro.
Nadie nos salvará. Nadie puede borrarnos lo mordido, el olor a coco, los labios, los domingos.

No pudo ser.

Toda la sal del mundo cayó sobre la mesa.

LX

El hombre se desnuda por toda la casa. Se mece, prepara el café, enciende la televisión, bebe un poco de agua. No me ama lo sé. La cena no siempre es en la boca, me cuenta su parte de la historia, se arrodilla, lo levanto, le miento, nos mentimos. Pasan dos años. El hombre llora, como un niño llora. Me niega, tres veces me niega, luego me acaricia. Vuelve con girasoles en una bolsa roja, me planta su ternura en la cocina. Lo miro, trae un caballo, sin montura, trae un caballo.

El hombre sabe que el abrazo pequeño me conmueve. Viene a decir que el mar, sus altas olas, sus orillas, no eran imaginaciones. El hombre se duerme sin dar la batalla, la noche se le quiebra junto al pecho, el pecho queda solo. No hay nada más triste que la soledad de alguien que pudo ser amado. La noche sobrevive, el hombre no, al hombre se le mueren las caricias.

A oscuras, todo es tan claro.

LXI

Un hombre grama, tempestad, lamido, mordido, besado. Un hombre deseo, mano sobre mano, un hombre mar, mar en la boca, en la mirada. Un hombre Shakespeare, Baudelaire. Un hombre diario, ventana arriba, ventana abajo. Un hombre poema y más.

Hombre fiebre, sin perros y con todos los perros. Hombre cuello, ombligo, entrepierna, hombre que me duela en la sonrisa, hombre país.

Hombre en la cabellera hablando bajito, quieto, entero. Hombre sin esperanzas y con todas las esperanzas. Hombre en la boca devorado.

Hombre en la mirada, en el pecho derecho, esperando, esperando; tronco, raíz, orilla.

Hombre en la cama desbocado.

Hombre mío.
*   *   *
Derechos reservados
© Gabriela Rosas

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Nota biográfica

Gabriela Rosas

Caracas, Venezuela. Poeta. Ha publicado los poemarios La mudanza (1999) y Agosto interminable (2008), Editorial Eclepsidra; Blandos (2013), Editorial El Pez Soluble, y Quebrantos (2015), Ediciones del Movimiento. Ganadora del Primer Premio Nacional de Poesía para Jóvenes Juan Antonio Pérez Bonalde (1995) y del Primer Premio de la Bienal Nacional de Literatura Lydda Franco Farías (2014), mención poesía. Ha sido incluida en numerosas antologías en Venezuela y otros países. Ha sido traducida al francés, italiano, griego, inglés, catalán, alemán y portugués. Colabora con medios impresos y digitales de Venezuela y otros países. Desde el año 2015 lleva adelante el programa Poesía en el aula, iniciativa sin fines de lucro que busca promover la lectura de poesía en las aulas venezolanas desde temprana edad como eje transformador en la educación. Es editora del Stand Up Poetry del portal Inspirulina y de la sección de Joven Poesía de Venezuela de Letralia.

26 sept 2025

Imagen de presentación de Alejandra Cox
Foto: © Archivo particular

Escritoras colombianas

Alejandra Cox

Bogotá, 1983. Escritora y cantante, egresada de procesos de formación literaria y participante en encuentros de poesía en Colombia y México. Sus textos han aparecido en revistas literarias nacionales e internacionales, y uno de sus poemas fue adaptado musicalmente por Claudio Bustos.

Hambre

escruto el vacío
el fulgor
la luz palideciendo bajo mis cejas
me veo hecha cicatrices
crispada
hoja seca con la piel
templada a los huesos

Morada

sigue nevando polvo y del armario sale el sol
los arrendajos entran bajo la puerta
brincando
por la línea de aire
las paredes se inundan de sal
la bombilla se infla de gemidos
la cama es un temblor
un grito simultáneo que abre el silencio

Al borde

abrir la certeza de los cuerpos
ahora
labios en crescendo
ojos suspendidos
en la pausa perpetua
manos que retornan
al capullo

Sicario

ahora me persigno
mañana mañana
el agua quema

Despojos

anoche
sumergidos en un pantano teñido de sales
me ahogaste en el silencio

el zumbido de la estrechez
reduce los espasmos

Oda tardía

fuego
bola de fuego
yema de huevo
candela
coágulo de sangre
corrida de toros
período
vida
pequeña herida
golpe
bala perdida
semen
diástole y semilla

Veinte

sobre mi piel
nada tu aroma tibio
tinta y esencia primaria

en mi pecho danza un compás
miro por dentro
ritual que atraviesa el umbral
y se agrieta

69

sumerge la punta de la lengua
corteja con fuerza desde el maxilar
justo allí hay un iceberg
y
la tierra se rasga

II

yo mojada de abril
abril cargado de gritos y silencios
hoy hay fiesta
me entierro
con las flores por dentro

Sombra

no soy en el espejo
mi rostro es un manto ácido enmudecido
mi cuerpo
un camino de despojos y memorias
impenetrable trocha

Bombillo rojo

la noche
fuego en las arterias
del techo llueve calor
y la piel se tiñe en sangre

Coito

es el cuarto mes y llueve
todo se esfuma a cántaros
todo corre
moja
es el cuarto mes
y hay lava en el suelo calcinado
gotas de llovizna perlada eyaculando

Sola

quiero que alguien me mire a los ojos
que me diga que existo
que entienda mi miedo
a vivir voraz

Llaga

gimiendo derramándose y decantándose
todo en simultáneo
remolinos de fuego
y un mar de lenguas en el pecho

un dolor abierto en dos
grita adentro

Pólvora

me quitaron las manos
todo
en esta selva
pervertida de dolor
*   *   *
Derechos reservados
© Alejandra Cox
Nota biográfica

Alejandra Cox

Bogotá, 1983. Alejandra Cox es el seudónimo de Alejandra Moreno Morales. Escritora y cantante. Actualmente cursa estudios literarios en la Universidad Autónoma. Egresada del Taller de cuento “Ciudad de Bogotá”, Renata / Fundación Gilberto Alzate Avendaño, 2010. Participó en el XVII Encuentro internacional de poetas, Zamora, Michoacán, México, 2012; en el V Festival de poesía y narrativa Ojo en la Tinta, 2012; en el Primer aniversario de Antropoético, Bogotá, 2013; en el lanzamiento de la Revista En Otro Idioma, Bogotá, 2016; en Punto de Convergencia, 2017; en el Primer encuentro de Poesía Esencial No estamos solos en la tierra, Bogotá, 2017, Zeshat Ediciones y Corporación Cultural La Aldea; y en la Segunda Tertulia Palabrearte Mujeres y Poesía, 2017, convocada por la Corporación Cultural Hicha Guaia. Textos suyos se han publicado en la Revista Círculo de Poesía, como poeta del mes de abril de 2017, y en esta misma revista en el especial Poetas Colombianas de hoy, del mes de noviembre de 2017. Publicada por la revista digital e impresa Chontales Litterae, de Nicaragua, en octubre de 2018. Participó como jurado en la categoría de Mejor producción literaria en poesía, muestra colegiada de la Universidad Minuto de Dios, 2017. Su poema Los aquellos fue adaptado musicalmente por el cantautor argentino Claudio Bustos.

13 sept 2025

Imagen de presentación de Oscar Vargas Duarte
Foto: © Marcela Sánchez - MARA

Escritores colombianos

Oscar Vargas Duarte

Vélez, Santander, 1971. Poeta y narrador, ingeniero de sistemas egresado de la Universidad Nacional de Colombia. Autor del Libro de las cosas y de La transparencia del aire, ha sido incluido en antologías y colabora con medios y portales literarios.

Litoral

Quédate en el litoral.
No desembarques
evita el clamor de la tierra.
No viajes al mar extenso.
Mantente ahí, inmóvil,
en ese lugar sin niebla
donde la claridad es oscura y congela.
No te atrevas,
sé fantasma.

Quédate en el litoral.
Eres tú a quien deben encontrar sin que te muevas.
A los demás la piel los migra,
el tiempo los hereda.

Derrotas

Cultivé aridez en tu silencio,
fui presencia ciega ante tus ríos.

Como un sol
arrastré mi voz al lugar
en donde los tubérculos dan sus frutos
y olvidé la luz que con el aire vuela.

Construí ciudades enteras en tributo
al dios tsunamí,
a la diosa huracanada que habita en tus ojos.

Cierres y aperturas

Tú, juntas orillas
atas botones
das forma a lo que cierra
ocultas la página blanca
tapas la página escrita
tu piel desnuda
va
al interior de tu ropa.

Yo, en secreto,
pienso en soltar,
abrir, ver, leer,
desnudar
escribir sobre tu piel
en donde la lluvia
te come con su boca secreta.

Sin que lo sospeches,
tú cierras de ti
lo que yo
abro.

Contenido explícito

El único extremo que acepto es el de tu cama al amanecer.
Mis palabras batallan por adentrarse en tu geografía.
En tu boca un diccionario de voces puede leerse labio a labio, lentamente.
Mis ojos se pierden en la luz de tu escote, y mis pensamientos se van en imaginarte.
En vez de ojos tengo botones y te veo por el ojal sin hilo que me ata.
Tus senos, breves como un parpadeo, me hablan de ti.
Me cuentan todo.

Caída

Tu desnudez no abre puerta alguna.
Caes sin ser tú,
te levantas siendo tú misma.
Mi mano, mi voz, mis ojos,
son imaginados por tu nombre.
Te llamas sorpresa,
dentro de ti todo se sostiene,
incluso yo que vivo afuera.

Respuestas oportunas

En el comienzo era el verbo.
Yo no estaba ahí para escucharlo, pero aun así lo creo de ese modo.
Me propongo hacer lo mismo con mis palabras, dando por hecho que palabra y verbo son lo mismo.
No es la lengua un objeto amarrado, pero la suelto.
No está cubierta, pero la desenvuelvo.
Con ella encuentro la punta de la lluvia, la primera gota y digo algo.
Supongamos que digo, Buenas noches, y al unísono una costumbre me responde desde la lengua materna de quien me oye.
Es este el poder del verbo.
Eres una mujer hermosa, y sin que sea por repetición, tu sonrisa responde en tu rostro.

Prisioneros

Deambulas por las estanterías de la biblioteca hasta que te detienes en un libro de Octavio Paz.
Lees: «Si el hombre es polvo esos que andan por el llano son hombres».
Cuando hablas de poesía, te gusta jugar.
Dices: «Si la mujer es poema, esos libros están llenos de mujeres. El papel atrapa a quienes lo habitan».
Ahora caminas, en silencio, como si estuvieras recorriendo los pasadizos de una cárcel.

Ensoñación

En algún lugar de mi memoria tomas café y miras a través de una ventana.
Usas una blusa de color blanco con pequeñas nubes bordadas en hilo azul claro. Llevas en tu cuello una delgada cadena de oro con un dije que repite la forma de una manzana. Unos aretes diminutos como el dije, dan forma a un árbol que da paso a todo lo que llega a tus oídos.
Ignoras la música del lugar, escuchas el tintineo de tus dedos en la madera, sabes del sin color artificial de tus uñas.
Con tus ojos convocas la forma de un hombre invisible del que no sabes nada y lo presientes todo, no puedes esperarlo, no quieres ser la estación abandonada en el crepúsculo.
Un sorbo nuevo del mismo café le da calor a tu boca y cambia tu expresión.
Giras tu cabeza hacia un reloj que hay junto a la puerta y verificas que ya es tiempo de partir.
Te levantas, sales, te alejas de mi recuerdo.

Aprendiz

Me enseñaste a tejer para bordar tu mirada en mis ojos.
Me enseñaste a coser para darle forma a la tela con la que he de extenderte en mi memoria.
Me diste el color de la noche para agitarlo en las horas de sol y ver tus ojos.
Pusiste en mis manos el temblor de la vida, la caricia próxima y la caricia perdida para que comprendiera que todo comienza en la danza.
Así, me has estado enseñando la vida.

Silencioledad

Ves el libro,
preguntas su contenido:
en él estás tú, solo tú.
Lo abres,
nada en él,
eso es todo,
hojas blancas,
sin palabras,
sin trazos.
Explico:
caigo en tu “silencioledad”
para encontrarte,
hojas blancas,
llenas de ti
porque no estás.

Vacío

Te ves igual a esos lugares en donde se pone el sol y la madrugada se espanta al verse en los ojos de quienes madrugan.
Te ves así cuando me preguntas acerca de mañana y no sé qué responderte.
Preguntas de nuevo y el vacío nos circunda.

Viaje

Durante toda la mañana he pensado en ella.
He trazado la forma de su rostro, de su sonrisa, de sus ojos.
He visto la manera en que con una tela hace una moña en su cabello.
He escuchado su voz y he enumerado las palabras que más usa.
He recorrido la constelación en la que el azar ha dispuesto sus lunares.
He sentido, como mías, sus cicatrices, el inexacto orden de una y otra de sus fatigas.
He estado aquí en el mismo lugar desde donde abarco la mañana con mis ojos,
yendo tras ella.

Miedos

Me aproximo a su existencia desde una canción, una de preguntas sin respuesta.
Me acerco a ella tras las hojas de una novela de suspenso recién empezada.
Me reencuentro con su piel cuando tiendo la cama y un delgado imposible tiembla al pensar en el camino que tendremos que recorrer para juntarnos.

Juegos de azar

Sabes que los dados están cargados a tu favor.
Sabes que jugamos al amor con las cartas marcadas.
Te quitas la ropa y sobre la cama
lo apuestas todo.
*   *   *
Derechos reservados
© Oscar Vargas Duarte
Nota biográfica

Oscar Vargas Duarte

Vélez, Santander, 1971. Poeta y narrador. Ingeniero de sistemas egresado de la Universidad Nacional de Colombia. Ha publicado el Libro de las cosas (Seshat, Bogotá, 2017; Uniediciones, Bogotá, 2018), selección de textos de difícil clasificación en donde se amalgaman la poesía, el aforismo y el microrrelato. Incluido en Depredación, antología inusual de cuento colombiano contemporáneo (Uniediciones, Bogotá, 2018), y en Desde estos tejados, antología de poetas hispanoamericanos. Colabora en la sección de cultura del periódico mexicano Lector 24. Textos suyos se han publicado en los portales de Letralia y Burdelianas Poetry. Egresado del Taller de Cuento “Ciudad de Bogotá”, Renata / Fundación Gilberto Alzate Avendaño, 2010. Es cofundador de la iniciativa cultural Ciclos de poesía en los bares de Bogotá. La transparencia del aire es su primer libro de poemas publicado.

25 jul 2025

Imagen de presentación de Omar Ortíz
Foto: © Andrés Rozo

Escritores colombianos

Omar Ortíz

Bogotá, 1950. Poeta, editor y gestor cultural. Desde 1987 edita y dirige la revista de poesía Luna Nueva. Autor de trece libros de poesía, obtuvo el Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia por El libro de las cosas y dirige la Colección Editorial “CantaRana”.

La luna

Abuela me contó una vez este secreto:
“Hijo,
la luna cuando ve al sol
se pone más pálida que nunca”. De Las muchachas del circo, 1986

Lepanto

El de Urbina miró detenidamente al hombre
que le pedía pelear bajo su mando
a nombre de la cristiandad.

Ni la nariz, ni el brillo de los ojos
convencieron a don Diego.
El hombre más que un soldado
de sus Reales Majestades de León,
parecía un judío converso.

Mejor embarcarlo para las Indias
que arrimarlo al Mediterráneo,
pensó el de Urbina.

Lejos estaba el señor capitán de imaginar
los cien mil brazos de Lepanto. De Las muchachas del circo, 1986

Todos los carpinteros van al cielo

A Arnaldo Victoria

Y también los sastres, los zapateros, los albañiles,
las costureras, los peluqueros, los artesanos,
y por supuesto, las putas y algunos buenos poetas.

Los malos poetas, en cambio,
llegan directamente al infierno
donde son condenados a construir
un único y eterno poema
que sea como Él, perfecto. De Los espejos del olvido, 1991

Albatros

Frente a la ventana, el viejo marinero
sueña las ballenas que navegan por su alma
y que su ojo feroz no arponeó.

Su corazón es de verdad un único
cementerio marino. No el del poema.
El que viaja en esa pequeña ola
que rueda lentamente por su mejilla. De Un jardín para Milena, 1992

Amor y paisaje

El primer plano del cuadro
es un inmenso campo de caléndulas
atravesado por una vereda
que llega al pie de un añoso árbol,
¿Ceiba o samán?

En su corteza se relata
una historia de amor,
pero el amor sólo cobra cuerpo
en el eterno balanceo del ahorcado. De Un jardín para Milena, 1992

Nocturno

Aquí está la memoria.
En estos libros, testigos mudos
de su blanca piel de luna,
está escrita su historia.

Hay que mirar por las hendijas,
donde su sombra,
a esta hora se desnuda.

Nunca se piensa
que la perfumada sábana del amor,
sea la mortaja.

Mi corazón arrastra un barrilete,
como un niño
que suspende su vida
en la levedad de una pluma.

Ahora, cuando la noche es más espesa
alguien arrastra el cadáver de una alondra. De Un jardín para Milena, 1992

El libro

Así como la anaconda hipnotiza a sus víctimas
(No es raro ver una mariposa estampada
en el aire
o un colibrí paralizado ante el hechizo).

El sol se detiene en el reloj de arena
y los sueños son el río que no va al mar. De El libro de las cosas, 1995

La barca

Yo, Zenon de Yampupata, salvador del poeta
y de su amada, navego el mar, espuma de oveja,
trueno de jaguar, viento de cóndor.

No sé, ni me interesa,
si Odiseo es taxista en Lima
o cambista en el Cuzco.
Si Marco Polo, es un santo y seña de Sendero.
Si Colón llegó antes y después de Erik el Rojo.

No he cruzado el Aqueronte,
pero he caminado nueve montañas y nueve valles
por un puñado de sal.

Mi casa está a mitad de camino entre el sol y la luna,
es hecha de la caña que llamamos, “totora”,
y pasan por allí algunos viajeros,
(no todos, asustados musógrafos que no porfían un verso o un conjuro).

Mi barca, “El Avaroa”, es la liebre,
Aquiles, la lancha voladora del hotel de turismo.
Aún así, no sé en verdad, si pierda o gane. De El libro de las cosas, 1995

Una muchacha de San Petesburgo

Anna Ajmátova, casó con un poeta,
Nikolai Gumiliov, fusilado por orden de Yezhov,
jefe de policía y mal sujeto.
Su hijo, Lev Gumiliov, padeció la cárcel a los veinte años.

De ella habló mal Maiakovski
antes de suicidarse, pero le perdonamos.

Anna Ajmátova, sufrió el terror.
Compuso Réquiem para que no olvidáramos.

Pero nuestras mujeres que ven morir sus hijos,
sus novios, sus esposos, asesinados.
No pueden leer más que la lista diaria
de los muertos.
Lloran de rabia, de impotencia,
mientras cierran la tapa de los féretros
y de su alma.

Por eso hoy les hablo de Anna Ajmátova
para que sepan que no están solas
en su congoja. De La luna en el espejo, 1999

Héctor Fabio Díaz

Llevo encima el traje azul, la corbata naranja,
la camisa que tanto gusta a Margarita, la del 301,
los zapatos negros recién lustrados,
una pinta de hombre,
como dijo mi madre después del beso ritual de despedida.

En la Kodak me tomaron la foto
para la solicitud de empleo.
Pero de pronto me empujaron a un auto,
me pusieron dos armas en la cabeza
y acabé tirado en una pocilga
donde me preguntaban por gente desconocida.

No señor, decía y me pegaban.
Sí señor, respondía, e igual me pegaban.
Duro, lo hacían,
como si no tuviera carne, ni huesos, ni sangre, ni alma.

Ya no tengo traje azul, ni corbata naranja,
ni puedo abrazar a Margarita.
Ahora soy una desteñida foto que mi madre
lleva a cuestas en plazas y desfiles. De El libro de los seres anónimos, 2001

Marcial Gardeazábal

Pertenezco a una estirpe que siempre
vive a destiempo.
Mi padre, víctima de un ataque de narcolepsia,
fue enterrado vivo.
Después del macabro hallazgo,
mi hermano Joaquín convirtió su pesadumbre
en un interminable monólogo con la muerte.

Ernesto, otro hermano, virtuoso artista,
entregaba los lienzos al fuego
no más eran alabados
por cualquier transeúnte.

Tío Pedro, armado de una tiza,
escribía en los muros iracundos poemas.
Y yo, el más práctico de los mortales,
me hice librero en un pueblo de analfabetas.

No se alarmen,
es la saga que contará mi nieto. De El libro de los seres anónimos, 2001

Inventario

Poseo
nidos de pájaros entre los anaqueles de mi biblioteca,
y un rico tiempo que los nutre.
Una brizna de hierba que me regaló una muchacha
de ojos claros.
Con ella y con los penachos de la última cosecha de maíz
mis aves construyen sus refugios.

Tengo también un papel que sueña ser un barco
y en él una mano desconocida escribió: te espero.
Algunos versos acompañan mis pertenencias,
pero es mejor no citarlos, pues serán otros mañana.

Hay un río, como uno de los bienes
por fuera del comercio,
nacido en la lustrosa cabellera
de la más joven de las hechiceras.

Además, en el marco de la ventana florece el jazmín
recordando el olor de una vieja fotografía.

Para ser preciso,
mi casa del barrio de los salesianos sólo existe,
con su mobiliario y sus espejos,
desde el sueño donde la arena dibuja tu cuerpo. De Cequiagrande, 2011

Pandi

Eran los años en que los sueños me habitaban.
Como el malabarista que se juega el alma
en compañía de la muchacha que se alimenta de fuego,
transitábamos mi madre y yo sobre los muertos
que en el día simulaban ser pájaros ciegos.

Peregrinos de la piedra,
en romería a las aguas termales,
olorosas a azufre,
topábamos los límites del inframundo,
donde reinaba el jinete sin cabeza.

Mi madre, como si nada ocurriera,
iba señalando los nombres de los árboles:
éste es un guayacán, decía, aquel, un arrayán,
el que está junto a las grandes rocas, un guayabo,
y así uno tras otro, desfilaban ocobos, guanábanos,
gualandayes, almendros,
mientras yo recordaba el golpeteo de los cascos sobre las losas. De Cequiagrande, 2011

Palabras como cárceles

Algunos se construyen cárceles de aire.
Si dan un paso fuera, caen en el pozo de lo ignoto.
Se aburren, pero prefieren la comodidad de sus certezas,
a la extraña aventura de la incertidumbre.
Una vetusta pátina cubre sus zapatos,
y usan capa dentro de la camisa almidonada.

Algunas palabras forman intrincadas alambradas
sobre la inocente página.
Fueron dichas por otros,
pero el ensimismado las recoge,
las hace suyas y las va instalando
con mucha seriedad
y sapiencia donde alguna vez habitó el asombro.

Como se vanaglorian de su encierro,
y son muy apreciados por las academias,
tienen asegurado el bronce y el aplauso. De Lista de espera, 2017

Sin puntos sobre las íes

Dice el vulgo que los poetas viven del aplauso.
Dice la élite (más grotesca que el vulgo)
que los poetas viven del aplauso.
Vulgo y élite coinciden además en sostener
que los poetas son proclives a los halagos
y a los mimos del poder.

Ambos, vulgo y élite, admiran a los poetas
porque los reciben en los cocteles sin invitación previa.
Temen su lengua y sus odios.
Todos creen que la vida de los poetas es regalada
y piensan como Platón que son mentirosos y parásitos.

Los buscan para adularlos,
pero no compran sus libros y se aburren como ostras
en sus recitales.
No perdonan, unos y otros, su desenfado,
sus excesos de alcohol y de lujuria.
Pero abundan en guiños cómplices
y en hipócritas palmaditas en el hombro.

Cuando muere un poeta,
nadie recuerda sus versos,
pero son prolijos los obituarios.
Algún amigo bebe una copa en su nombre,
mientras ignaros y letrados
se regodean en sus cielos de plástico. De Lista de espera, 2017
*   *   *
Derechos reservados
© Omar Ortíz
Nota biográfica

Omar Ortíz

Bogotá, 1950. Edita y dirige desde 1987 la revista de poesía Luna Nueva, que completa 44 ediciones y 31 años de vida. Ha publicado 13 libros de poesía, entre ellos Las muchachas del circo, Diez regiones, Un jardín para Milena, El libro de las cosas (Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia, 1995), La luna en el espejo, Diario de los seres anónimos, Cequiagrande, y la primera edición en España del Diario de los seres anónimos, que, ampliada y corregida, acaba de ser publicada por la editorial La Mirada Malva. La editorial Domingo Atrasado publicó en noviembre de 2017 Lista de espera. Se desempeña como director cultural de la Universidad Central del Valle, en Tuluá, donde también dirige la Colección Editorial “CantaRana”.