EPITAFIO, POEMAS DE AMOR | Carlos Castillo Quintero

Retrato de Carlos Castillo Quintero
Foto: © Archivo particular

Escritores colombianos

Carlos Castillo Quintero

Escritor, editor y director de talleres de escritura creativa nacido en Miraflores, Boyacá, Colombia. Autor de libros de cuento, novela y poesía. Ha recibido premios nacionales en narrativa y poesía; su obra aparece en antologías y revistas literarias de varios países. Es el director de Burdelianas Poetry.

De: Bitácora del fin (2020)

EPITAFIO

Aquí yace su cuerpo, solo. Él, sigue muriendo en ella.

DE LO CIERTO

Arribar a la muerte, abrazar la última luz y tener la certeza de no haber sido nunca el amor de la vida de nadie. No haber sido, siquiera, el amor de un día, el apasionado amor de una noche que la memoria de otro se resista a perder.
Egon Schiele, Semi-nude Reclining
Egon Schiele, Semi-nude Reclining

FE DE ERRATAS

No queda nada de lo que fue. Los días han saciado su hambre. El espejo carga con un rostro que no es el mío. Todo ha ido a pérdida, y, sin embargo, tu pantalón estampado de estrellas sigue ahí en el sótano de esa casa del bosque que fue paraíso en el sillón de un apartamento con ventana al mar en el mar en la furia del viento en las orejas de los gatos del Hotel Bellavista en los gatos que nacieron de tu regazo. Tu pantalón estampado de estrellas cielo en donde todavía amanece, fe de erratas del olvido.
Egon Schiele, Reclining Woman with Green Stockings (Adele Harms), 1917
Egon Schiele, Reclining Woman with Green Stockings (Adele Harms), 1917

REGRESO A CASA

Camino. Pronuncio tu nombre y mi boca es vacío, un abismo que no es tu nombre. Y sin embargo la noche te reconoce, te llama. La noche tiene memoria de ti. La noche sabe que tu cuerpo es mi casa. Que lo fue en ese único instante de felicidad. Camino. Pero no hay camino para regresar a ti. Sé que el tiempo no existe, lo sé porque ahora mismo estás aquí, conmigo, y no lo estás, y está la primavera. Tu amor fue perfecto, como el Titanic. Amor al que ya no le quedan botes salvavidas, ni caballitos de mar. Camino. Busco una casa que ya no existe.

De: Sin el azul del día (2007)

UNA PROMESA

Y si por un río secreto navegan desnudos los muertos y un barquero ciego los guía y, como corresponde, se queda con el cobre prensado que los deudos ponen en los ojos de aquellos navegantes. A ese río, y a ese barquero habré de enviar el agua taciturna que amanece en mi rostro ―la carroña― el canto maldito que insiste y, si es necesario, me abriré una ventana en el pecho para que salga lo que de sombra quede lo que te dañe lo que no te guste la piel usada, el corazón y la palabra herida habré de condenar al fúnebre destierro con una bolsa de monedas de oro puro que gratifique el triste adiós que desteje ese río y la incesante noche del ciego.

CLASE DE ARTE

Wassily deambula por una Ciudad árabe con un turbante púrpura va, y en su mochila lleva tubos ocre que retienen la piel de una tunecina. El cielo negro se tiende sobre la torre, el faro, y los ojos de Wassily: La torre se erige (aclara su ascendencia babélica) y se pierde más arriba de la nube que la ronda como una oveja. El faro ignora a su sombra que se pliega en los techos. Y los ojos de Wassily son una línea, un rayo blanco, una yegua que gime entre conos, círculos, dameros... Wassily salta de tus labios y sale por la ventana, cae, se sienta en una silla (el ceño fruncido) y se pone a dibujar la Plaza de San Francisco en una libreta roja. Wassily está triste porque yo no he visto su Ciudad árabe la fuente en donde se presiente un jardín el embozado que trama un crimen el coche con los ojos de la favorita del Sultán el oro del comerciante del zoco y la sombra del profeta... Wassily sabe que sólo he visto tus labios de muñequita que sabe de Wassily.
Egon Schiele, Seated Woman, 1913
Egon Schiele, Seated Woman, 1913

OCTAEDRO

I Quisiera hallarle utilidad, un destino, a mi mano sin ti. II Y el amor que se hunde, se asfixia, se muere en el gélido mar de la ausencia, su cadáver... ¿Sirve para alimentar a los peces? III La música va por la habitación, se desliza, a palos de ciego te busca y regresa, triste, sola, la música... IV Voluptuosa, abierta a la piel que acecha, ebria, con una luna nueva en el pecho, bella e inútil esta noche en la que no estás. V ¿Qué caminos has ido a recorrer de los trazados en las líneas de tu mano? VI Quizá otro deambule por el macramé pétreo de la casa, y tropiece, sin hilo, sin brújula, sin atreverse a consultar el mapa del cielo. Quizá también huya del espejo y se crea, como yo, único dueño de tu laberinto. VII Y si una tarde en un cruce de caminos, en una calle alguien te roza. Y si ese roce casual te detiene, si te miran y miras, si naufragas en esa mirada... ¿A dónde mi ruta? VIII No interesa ya, la extensión del paraíso.

REINO DE ESTE MUNDO

Alguien dijo que en Stuttgart vive una princesa y pienso que Stuttgart debe ser una ciudad bonita en donde seguramente habrá un río y un bosque y adolescentes que tomados de la mano se dejan tentar por el agua que baja cantando y aviones de papel aluminio que cruzan el cielo y dejan una estela de humo blanco y una música que viene no se sabe de dónde y que conoce el camino del río. Y quizá en Stuttgart no haya río y los adolescentes que allí viven amen la ceniza y los aviones que crucen su cielo sólo sean el transporte de la muerte que vuela y su música un réquiem. Pero si en Stuttgart vive una princesa (eso dijo alguien) esa ciudad tiene que ser bonita como ésta en la que el día declina en donde vive mi princesa y su paraíso.
Egon Schiele, The Holy Family, 1913
Egon Schiele, The Holy Family, 1913

INSOMNIO

...amor al fin sin alba.
F. García Lorca
Sobre la cúpula de la Catedral y los edificios y los techos bajos de una ciudad deshabitada, cae la lluvia: rendida a la noche baja se desliza, dentro de mi cabeza se mezcla con tu nombre. Y lluvia y nombre son una sola melodía que de mi pecho brota, sube, rumor de agua sobre los techos bajos y los edificios y la cúpula de la Catedral de esta ciudad deshabitada en donde la lluvia cae, durante toda la noche...

PESADILLA

Quizá antes del alba tropieces con tu límite y tus ojos, náufragos de luz, abandonen al medroso animal nocturno mientras inocente de ti al otro extremo de la sombra el mar se rompe. Quizá antes que tu cabellera se precipite te hagas inalcanzable para la noche, y mi mano abierta se resigne a la bruma salada que no sabe de tu nombre.
Egon Schiele, Fighter, 1913
Egon Schiele, Fighter, 1913

SIN EL AZUL DEL DÍA

De nosotros, la resaca habrá dejado
nada más que un poco de sal.

Claude Michel Cluny
Sólo el silencio. Tu voz en el umbral de la noche. La lluvia habitando la memoria. Una calle larga ―solitaria― atravesada por rumores. Sólo el silencio. El cristal herido por las palabras ―el frío― Una piel tendida al filo del horizonte. Agonía que no es lamento. Fuego abandonado al lado de tu nombre. Sólo el silencio. ―la sal― Mi mano rota sobre esta página que ya no me reconoce.

De: Piel de recuerdo (1990)

XI

Sabía que terminaría contándotelo antes del final de la noche. A pesar de tu silencio, de la mirada fría que pones sobre mi rostro. Además... sé que te resulta evidente mi tristeza. Hasta aquí, casi todo estaba dicho menos mi odio que también cabe en tu recuerdo.
Nota biográfica

Carlos Castillo Quintero

Miraflores, Boyacá, Colombia, 1966. Escritor, editor y director de talleres de escritura creativa, con inmersiones en el cine y las artes plásticas y visuales. Ha publicado los libros de cuento Harem y otros 100 microrrelatos, Verano feliz y otros cuentos, Dalila Dreaming, Espiral al Sur y otros relatos de la noche, Carroñera y Los inmortales; las novelas Hormigas de cristal, Peces de nieve, Gente rara en el balcón y Alicia Cocaine; y los poemarios Bitácora del fin, Ab imo pectore, Sin el azul del día, Rosa fragmentada, Burdelianas y Piel de recuerdo. Textos suyos han sido incluidos en antologías y revistas literarias de varios países y traducidos al inglés, al francés y al portugués. Ha recibido premios nacionales en narrativa y poesía. Es director y editor general de Burdelianas Poetry.

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Derechos reservados
© Carlos Castillo Quintero
Imágenes: Egon Schiele. Obras de dominio público.
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