EL PAÍS DE LAS LUCIÉRNAGAS – Tres cuentos de Luis Guillermo Franquiz

 


Foto │©Cristian Garzón

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EL PAÍS DE LAS LUCIÉRNAGAS

—El país de las luciérnagas –digo.

Extiendo la mirada ante la imagen silenciosa que tenemos al frente: las luces nocturnas de Caracas. Estamos sentados en el jardín de su casa, sobre un césped verde que desciende hasta un borde invisible y se pierde en uno de los precipicios traseros de algunas casas de la zona de Alto Prado. Imagino la sonrisa leve de Simón al escucharme, pero él se mantiene mudo. Luego miro por encima de mi hombro izquierdo, hacia la casa también callada detrás de nosotros. Amelia había dicho que quería ir al baño y, como si hubiesen estado de común acuerdo, el barman se levantó para acompañarla después de que Simón les ofreciera algunas indicaciones. Poco después, José Gregorio quiso saber dónde podía enchufar un cable para recargar la batería de su teléfono móvil, y Wilfredo mencionó un acoplador que había visto en la cocina, cuando buscaba más hielo. Los dos se alejaron hacia la casa con voces amortiguadas por las risas. Yo también sonrío sin decir nada y devuelvo la mirada hacia una ciudad adormecida.

—¿Te provoca otro trago? –dice Simón.

Lo veo. Me resulta un tanto increíble que esté allí con él. Hay una historia enrevesada que desconoce. Simón y yo habíamos estudiado en el mismo liceo hacía casi diez años. Lo que él ignora es que en esa época me sentí muy atraído por él, por su aspecto físico, porque se asemejaba bastante al muchacho con el que yo comenzara a salir durante mi adolescencia, mi primer amor juvenil. El parecido entre ellos era sorprendente. No se trataba de que parecieran gemelos, sino de algo elusivo en la actitud rebelde que desplegaban, los rasgos faciales, sus gustos musicales, la forma del cabello, el tono de sus voces. Eso lo recupero al escucharlo ofreciéndome otro trago. Me siento dubitativo.

—No lo sé –digo–. Creo que ya bebí suficiente.

Escucho la inspiración profunda que hace Simón. Luego dice:

—Otro trago y ya. Yo voy a servirme más vodka.

No puedo evitar una sonrisa. Su voz me hace sentir relajado.

—Está bien.

 

Auguste Rodin – La desesperación, h. 1881-1885, terracota sobre pedestal de madera, 4,5 x 15 x 19,9 cm.

 

Agradezco en silencio que Simón se muestre tan comprensivo con las escapadas de mis amigos. Nos conocíamos de antes, por supuesto, pero que prestara su casa para la concreción de sus aventuras superaba mis expectativas. Amelia había estado flirteando con el barman durante gran parte de la noche, en la discoteca donde tropezáramos con José Gregorio y sus compañeros de la universidad. Y poco antes de que cerraran el local, ella logró salirse con la suya al invitar al barman a beber algo más en otra parte. Allí mismo, más temprano, José Gregorio había triunfado en convencer a uno de los muchachos que estudiaban con él para alargar la madrugada en otro lado. Por supuesto, mi amigo sospechaba de la oculta homosexualidad de su compañero de estudios y todo indicaba que no se había equivocado al respecto. Simón me entrega un vaso que se siente frío entre mis dedos. Mi pensamiento sigue concentrado en Amelia.

—Es el barman quien debería ocuparse de estos tragos –digo.

Simón ríe.

—¿Cómo se llama el barman?

Lo miro y alzo las cejas.

—Pues… –digo–. ¿Puedes creer que no lo sé? El barman, será.

Esta vez reímos los dos.

—Me da mucha pena contigo –digo–. No sé qué estarás pensando de mis amigos, pero no suelen ser siempre así. Gracias por ser tan comprensivo. De verdad.

Me agrada la sonrisa de Simón. Hay un vestigio difuso de nuestra época juvenil entre sus labios. Pero él siempre ha sido un tipo comprensivo. Inteligente y comprensivo. Muy mujeriego mientras estuvimos en el liceo, con varias novias al mismo tiempo. Una sonrisa siempre ante cada conflicto. Nunca un comentario desagradable para juzgar a los demás. Parece ser el mismo Simón de antes. Pienso que resultó agradable encontrarnos con él en la arepera donde nos habíamos parado para comprar cigarrillos al salir de la discoteca. Nos saludamos con afecto y casi de inmediato nos invitó a seguir la fiesta en su casa. Confieso que dudé ante lo que parecía una imposición, pero Amelia me lanzó una mirada penetrante para que aceptara sin quejarme. Y allí estábamos, en el jardín posterior de su casa, con una botella de vodka menos, media caja de cigarrillos fumados y mis amigos perdidos en la penumbra de la casa. Me fijo en las luces nocturnas de Caracas que titilan como un telón de fondo.

—Gracias –digo.

Simón me mira y sonríe de nuevo.

—¿Por qué?

—Porque sí –digo antes de bajar la vista hasta el vaso lleno–. Por ser tan comprensivo.

—No, vale; no tienes nada que agradecerme. Tus amigos se ven buena nota, y parecía que estaban pasando un momento bien de pinga. ¿Quién soy yo para interrumpirlos? Era más que evidente que ya estaban emparejados y querían seguir la rumba. Además, no quería que te sintieras incómodo con ellos. Al final, ibas a terminar de lamparita. Y no tenía sueño.

—¿Y ahora sí?

—No, tampoco; prefiero estar aquí, hablando contigo. Es raro encontrarse con un pana del liceo estando tan lejos. Qué nota, ¿no?

—Sí. Te confieso que lo último que podía esperar era encontrarme contigo en la arepera.

—Y ya ves: las sorpresas del destino.

Bebo un sorbo de vodka.

—Bueno, en todo caso: gracias, Simón.

Hay una pausa que se alarga entre nosotros, pero no me inquieta. Las luces a lo lejos, el ruido de los insectos nocturnos, el sabor del vodka frío, los viejos sillones de mimbre, el recuerdo de nuestra época estudiantil, el eco de un primer amor ya adormecido por la distancia y el tiempo. Todo es casi perfecto. Uno de esos momentos que uno querría que durara para siempre. Intento asirlo con una respiración profunda, porque intuyo que en cualquier momento pueden reaparecer mis amigos con sus sonrisas torcidas y satisfechas y el olor agrio de un sexo apresurado. Simón me interrumpe:

—¿Te puedo hacer una pregunta personal?

—Sí, claro.

Él bebe un sorbo de su vodka antes de seguir. Mira las luces más allá del jardín.

—Cuando los invité a venir para acá… ¿Tú pensaste que tal vez…? Digo, nosotros… Que tú y yo, de repente también…

—No te entiendo –digo, pero es una mentira que suelto sin pensar.

—Bueno… No sé… Que si pensaste que nosotros también estaríamos juntos.

—Ah, no… –vuelvo a mentir–. No lo pensé. Yo te respeto mucho para pensar en eso, Simón. Nosotros somos amigos. Además, yo sé que a ti no te gustan los hombres. Estoy claro con eso. Si acepté fue por ellos —hice un gesto con la barbilla hacia la casa—, por ser solidario… o pendejo, como te parezca mejor.

Me llevo el vaso a los labios porque necesito una dosis fuerte de vodka. Simón sigue con la vista fija en el país de las luciérnagas.

—Además –sigo–, me siento demasiado bien aquí afuera. Lo disfruto mejor, ¿sabes? La noche, el silencio, las luces, el sabor del vodka, tu compañía; pero no tengo segundas intenciones contigo.

Bebo otro trago de vodka porque me siento envalentonado.

—No me creas tan básico, Simón –digo–. Pensé que me conocías mejor. Sé bien tu debilidad por las vaginas…

Pero me quedo callado debido al peso de su mirada. La ciudad queda muy lejos.

—Yo también pensé –dice en voz baja– que me conocías mejor. A mí no me importaría, ¿sabes? Es algo que igual quedaría entre nosotros. Me siento bien contigo. De verdad, no tendría problema en hacerlo si tú quieres.

Los hielos tintinean cuando inclino el vaso para beber lo que queda de vodka. Paso la lengua por mis labios y aparto los ojos de su ofrecimiento. La visión periférica me permite ver su mano extendida. Respiro profundo. Ya no queda más vodka en el vaso. Giro la cabeza hacia él y bajo la mirada hacia sus dedos. Con un gesto tímido coloco mi mano sobre la suya. Simón aprieta los dedos.

—Me voy a copiar de ti –dice–. Yo tampoco soy tan básico, ¿sabes?

Me gusta la textura de su mano.

—El sexo –sigue– es mucho más que los genitales. Yo creo que tiene que ver con la piel, con la carne, con los aromas, el sabor de una respuesta. Hay mucho más que no sabemos.

En ese momento hubiese querido tener el vaso medio lleno. Beber algo.

—Yo nunca he estado con otro hombre. Tú sabes cómo soy con las mujeres. Pero tú eres diferente. No eres como los demás. Tienes algo distinto. Eres espectacular, ¿sabes? Eres un tipo muy atractivo. De verdad que no me importaría probarlo contigo, si quieres. Dicen que siempre hay una primera vez.

Me mantengo callado. Agradezco mucho su ofrecimiento, su permeabilidad, su disposición, la torpe oferta que me brinda; pero, no. Aunque por un breve instante sopeso lo que tengo al alcance de la mano, prefiero declinar la ventaja que me regala con los ojos abiertos. Significa tal vez complicar nuestra amistad, lo bien que nos hemos llevado desde que nos conocemos. Pero creo que ambos intuíamos la curiosidad, las ganas de explorar, de experimentar con otro cuerpo, el deseo de abrir una puerta cerrada hasta entonces; no obstante, por extraño que suene, me mantengo sensato. Escojo las mejores y más diplomáticas palabras para hacérselo saber; tampoco quiero herir su orgullo varonil. Simón se ha permitido mostrarse vulnerable conmigo, asequible. Otro en mi lugar quizás habría aprovechado la oportunidad, pero como bien lo ha expresado ya: no soy como los otros. Lo curioso es que al decirle que no, de una forma particular, me parece que termino ganándome parte de su respeto por ello.

—No –dice–, no te preocupes. Estamos bien. Sólo quería comentártelo. Que lo supieras.

Es la primera vez que levanto la vista hacia él desde que dejara de hablar. Dice:

—¿Sabes otra cosa? Ahora creo que te admiro más.

Aprieta mis dedos antes de soltarme la mano.

—Creo que ahora sí me provoca otro trago –digo.

—A mí también.

Ambos sonreímos e intercambiamos una mirada antes de que escuchemos la voz de Amelia, desde la casa:

—Chicos, ¿ustedes tienen hielo allá?

 

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LO INESPERADO

El tiempo tiene una cualidad elástica cualquier sábado por la tarde. Y cuando uno vive solo tiende a reacomodar los minutos libres alrededor de lo que más disfruta; en mi caso: la lectura. Desde principios de la semana, me sentía bastante interesado por la trama de Bajo la red, la primera novela publicada por la inglesa Iris Murdoch en 1954. Se trata de una historia con matices filosóficos muy interesantes y los personajes me tenían atrapado. Decidí que leería hasta el final de la tarde, luego prepararía una cena ligera y me iría temprano a la cama para la noche de estrenos en el canal HBO. Sé que a muchos puede parecerles aburrido este plan de acción, pero también sucede que uno alcanza cierta edad en la que se le resta importancia a lo que opinen los demás en cuanto al uso del tiempo propio y se opta por la alternativa más estimulante. Así, pues, era sábado; tenía por delante una rica tarde de lectura y una noche de películas en la televisión. Pero el destino tenía otros planes tangenciales para mí.

Alrededor de las 5:00 pm sonó el teléfono. Era Gustavo, mi hermano, para avisarme que estaba en el pueblo, que andaba con su mejor amigo y querían verme, y preguntaba si podían venir hasta mi apartamento para tomarse unos tragos conmigo. Dije que sí, por supuesto. Los esperé en la entrada del edificio y me concentré en los colores atenuados por el sol que ya se marchaba. En el aire había una mezcla atractiva de dorados, verdes, lilas y azules, empujados por una fuerte brisa vespertina bastante inusual. Ellos llegaron a los pocos minutos, pero no venían solos. Gustavo andaba con varios de sus amigos de Caracas. Una pandilla bulliciosa y entusiasta. Los recibí en el estacionamiento y subimos al apartamento después de los saludos y las presentaciones. Traían una bolsa grande de hielo, varias botellas de ron y la mejor disposición de festejar en un sábado por la noche. Era evidente que mi tarde había cambiado al levantar el auricular del teléfono.

 

 

 

Auguste Rodin – Torso de El hombre que cae, 1904, yeso, 116 x 71,4 x 50,7 cm.

 

Lo que llamó mi atención sobre estas personas fue su inmediata capacidad de adaptación y orientación dentro de mi apartamento. Se adueñaron de la cocina, quitaron los libros de la mesa de la sala, pidieron el baño prestado y habilitaron un dispositivo electrónico en uno de los anaqueles de la biblioteca para que sonara música desde uno de sus teléfonos celulares. Se los confieso: la tensión en mis músculos se fue acrecentando con la llegada de la noche y el aumento en el volumen de la música. Una de las mujeres preguntó dónde estaban los cuchillos afilados y se entretuvo en cortar algunos vegetales sobre la tabla de madera que le facilité. La mayoría se ubicó en el balcón, mientras Gustavo abría todos los ventanales y sonreía como un niño ante la visión expandida de los morros con el crepúsculo detrás. Unas siluetas dentadas llenas de tonos naranjas y azules alrededor. La mujer en la cocina preguntó por la sal y una sartén. Hice lo que pude.

Más adelante me quedé apoyado contra las puertas acristaladas del balcón, mirando en silencio a los amigos de Gustavo sentados frente a los ventanales y, si giraba un poco el torso y veía por encima de mi hombro derecho, observaba a los demás sentados en los muebles de la sala, agitando los dedos y los verbos con exquisita facilidad. La mujer de la cocina gritaba para que alguien recordara llenar su vaso de nuevo. Pensé en cuánto había cambiado mi tarde y mis planes nocturnos en un parpadeo. Las palabras leídas se habían transformado súbitamente en un rumor de voces, risas, tintineo de hielo en los vasos y distintas canciones en portugués. El silencio habitual de mi apartamento había sido suplantado por una algarabía de bromas y brindis y carcajadas que aún estaba intentando procesar. Mientras mi incomodidad inicial parecía encogerse, la espontaneidad de ellos se ensanchaba por todo el apartamento. Una de las mujeres regresó del baño y dijo que había dejado allí un rollo de papel sanitario que trajera con ella para casos de emergencia. Parecía que estaban preparados para todas las contingencias.

Desde la pequeña corneta sonaba una canción de Cesária Évora. Gustavo seguía acodado en el balcón, entretenido con una cámara fotográfica, con la atención puesta en la figura difuminada de los morros ya casi engullidos por la penumbra. El rostro radiante y la sonrisa inmóvil en su boca. Me echó una rápida mirada cuando me senté cerca de él. Los otros estaban reunidos en torno a la mesa de la sala, donde la mujer de la cocina había dispuesto diferentes platos llenos con vegetales salteados, pedazos de pizza, bollos picantes y algunas servilletas. Gustavo tomó un par de fotos antes de dirigirme la palabra:

—¿Te sientes bien? –dijo.

Ladeé la cabeza y asentí antes de responderle con una sonrisa. Por un momento pareció que iba a tomar otra fotografía, pero se detuvo antes de hacerlo y volvió a mirarme.

—Te sacamos de tu zona de confort, ¿verdad?

Me mostró una sonrisa ancha, una mezcla sugestiva de picardía y complicidad.

Volví a asentir.

—¿Qué ibas a hacer? –dijo.

—Leer. Películas. Dormir.

Gustavo tomó una fotografía hacia la noche veloz tragándose los morros.

—¿Te molesta? –dijo–. ¿Te molestó que viniéramos?

Lo pensé un poco. No tenía razones para mentirle.

—No –dije.

Giré la cabeza por encima de mi hombro, arrojando la mirada hacia el grupo risueño en la sala de mi apartamento. Ahora sonaba una canción de Ana Moura desde la corneta. Me sentí de pronto relajado entre el sonido del fado portugués, las risas y el murmullo de las voces llenando el espacio. Volví a ver a Gustavo antes de sonreírle de nuevo.

—No –repetí–. Gracias.

Él bajó la cámara para verme con la incomprensión en sus pupilas.

—¿Por qué?

—Por esto –dije, extendiendo la mano para intentar abarcarlo todo–. Por venir hoy.

Gustavo chasqueó la lengua. Se acercó hasta una de las sillas, dejó la cámara fotográfica y extrajo un tabaco del estuche. Lo encendió con lentitud. Le dio varias caladas y se sentó a mi lado. El hielo se quejó con un sonido agudo al deshacerse por efecto de la tibieza del ron a su alrededor. Entonces Gustavo me miró.

—Te voy a confesar una vaina –dijo–: lo hice adrede.

Sostuve su mirada y alcé las cejas. Era una pregunta muda.

—¿Más o menos?

—Coño –dijo–, es que tú te encierras demasiado. Yo sé, yo sé –detuvo mi intento de hablar–: a ti te gusta estar solo, disfrutas con eso, y tú sabes que yo soy igual. Somos muy parecidos en eso; pero, coño, marico, tienes que sacar la cabeza de la burbuja de vez en cuando. Respirar profundo. Hacer un contacto con la realidad –hizo una breve pausa para chupar de su tabaco–. Es mi opinión. No sé lo que piensas tú. Pero lo hice por ti.

Tardé un poco en responderle.

—Es difícil –le dije–. Uno se acostumbra. Es un vicio. Es un vicio placentero. Mientras pueda leer, no pido más. Tú sabes cómo soy yo, Gus.

—Yo sé, marico; pero tienes que sacar la cabeza de la tierra para ver lo que te rodea. Los viejos me advirtieron que podías molestarte, pero yo les dije: “No joda, tiene doble trabajo. Es mi hermano y no me puede decir que no”. ¿Entonces? ¿Te molestaste?

—No… Me obligaste a hacer algo diferente. Sacar la cabeza de la burbuja.

Gustavo se rió.

—Y el roncito está bueno, ¿verdad? Di que no.

—Gafo.

—Además, coño, ve el lado positivo: ahora tienes material para escribir otra de esas pendejadas que publicas en Facebook… Pero no me vayas a tirar tan duro, coño… Eres filoso a veces.

—Pendejo –dije con un acento de culpabilidad–. Ya lo pensé.

—¿Ah, sí?

—De bolas. Desde que llegaron se ha estado escribiendo sola. Mañana la pulo.

Gustavo volvió a reír con una carcajada de gozo y anticipación.

—Eres un maldito. Yo sabía.

Entonces reímos los dos y juntamos los hombros.

—Bébete un ron, chico. Vamos a brindar.

Respiré profundo. Pensé que sí había muchas razones para brindar, para celebrar, porque mientras la vida pueda sorprendernos, desequilibrarnos, sacarnos de nuestra zona de confort, podremos encontrar razones para alzar el vaso y brindar por la vida. Sí, me dije, a pesar de las múltiples desilusiones y decepciones, el destino se reservaba algunas sorpresas inesperadas en la manga.

—Tienes que esperar lo inesperado –dijo él.

Volví a hacer otra profunda inspiración.

—Lo sé. Yo lo sé.

 

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CENA DE CUMPLEAÑOS

El teléfono repicó justo cuando terminaba de servirme la penúltima taza de café. El reloj de la cocina señalaba 9:49 pm. Fruncí el ceño mientras caminaba hasta el aparato, preguntándome quién podía estar llamando a esa hora tan silenciosa. Levanté el auricular con impaciencia:

—¿Aló? —dije—. Aló.

—Estoy agotada —dijo ella—; pero al menos ya resolví lo de las flores. Ahora voy contigo.

Sonreí. Era Vanessa, mi amiga de la universidad. Lo curioso es que había estado pensando en ella más temprano, justo después de cenar, indeciso sobre llamarla o no. Y aquí estaba.

—Te atraje con el pensamiento —dije—. Tenía ganas de llamarte, pero no lo hice.

—No, no lo hiciste —dijo ella con un falso acento de molestia—; siempre te olvidas de mí.

—No inventes. Sabes que no.

—Sabes que sí; por eso sé que no vas a decir que no a lo que voy a pedirte.

—Ay, Dios…

—¡Nada! Di que sí.

—Depende.

—Ay, di que sí y ya —insistió ella, ahora con voz quejumbrosa—. Sabes que el viernes es mi cumpleaños.

—Er… Ah… Sí, claro.

—Eres el peor. Ni siquiera te acordabas.

Sorry, querida; he estado full con algunas correcciones y no tengo cabeza para más nada.

—Yo sé —dijo ella—. Andamos igual. Cuando no es una vaina es otra. Típico, pues.

—Bueno, al menos todavía podemos hablar… ¿Tuviste buen día?

—Ni me hables de eso. Estoy agotadísima. Tuve que ocuparme de las flores y encargar las mesas y las sillas. Lo bueno es que mi amiga Cecilia, ¿la chef?, va a ocuparse de la comida. Me dijo que sería mi regalo de cumpleaños. Y hablando de regalos, quiero que vengas a mi fiesta. Es lo único que quiero: que puedas venirte el viernes y asistas a mi fiesta. ¿Sí? No quiero regalos, no quiero más nada; sólo que vengas a la fiesta. Si quieres te paso buscando por La Encrucijada.

—Pues… ¿El viernes?

—Yo sé que te estoy avisando con muy poco tiempo, pero apenas me decidí hoy. Tú sabes que no iba a hacer nada, ya para qué; pero desde ayer se me metió la idea de hacer algo pequeño, algo íntimo, sólo veinte personas, una comida y tragos. ¡Es mi cumpleaños, coño!

 

Auguste Rodin – Andrómeda, h. 1882-85, mármol, 26 x 30 x 21 cm

 

Solté la risa.—Créeme —dije—: eso no te lo discuto. Sólo que la idea de no hacer nada era tuya.

—Yo sé, yo sé; pero cambié de idea hoy. Estoy sobresaturada con los problemas del país, las medicinas para mi abuela, el rollo de la comida, la inseguridad, el trabajo de Rodrigo, mi mamá que insiste en ser parte del problema y no de la solución; y encima, para rematar, Melissa no podrá venir porque tiene cita para entregar sus papeles allá. Entonces, ni modo que pierda la oportunidad. Ayer hablamos y le dije que no se preocupara.

—Pero, ¿estaba bien?

Imaginé a Vanessa asintiendo con énfasis.

—Sí, sí, sí… ¿Quién coño va a estar mal en París? Jodidos estamos nosotros…

Mi amiga bromeaba, ambos lo sabíamos; pero al mismo tiempo, casi imperceptible, debajo de la sonrisa, había un acento camuflado de amargura. ¿O podía ser cansancio? Me pregunté si sería prudente averiguarlo en ese momento o esperar hasta que nos viéramos durante el fin de semana.

—Por favooooor —dijo ella—, dime que vas a venir… Por favooooor…

Suspiré.

—Sí, supongo que sí. ¿Invitaste a Sergio y a Carola?

—¡Claro! Es un grupo pequeño, ya te lo dije.

—Ajá, pero, ¿tendrías la amabilidad de pensar en los demás? Yo sé que es tu cumpleaños, y todo eso, pero invitar a más gente gay a tu reunión la haría mucho más atrayente. Eso de invitar puras parejas heterosexuales atenta contra la extensión de mi celibato. ¡No me ayudas!

Los dos reímos.

—Créeme, yo estoy en la misma. Mejor no hablemos de eso.

—Sí, marica, pero al menos tú tienes esperanza de encontrarte con Rodrigo a finales del mes y recuperar el tiempo perdido. Jodido estoy yo… Por cierto, ¿cómo va eso

Escuché que Vanessa hacía una inspiración profunda y prolongada.

—Ahí —dijo—. Ya queda poco.

—¿Todavía trabajando?

—Claro. En vista de que no nos veríamos en enero, como lo teníamos planeado, acordamos que agarraría el trabajo en Marsella para reunir más dinero, porque el apartamento comerá mucha plata, y tú sabes cómo son los precios allá.

—Bueno, pendeja, pero es una perspectiva bonita. Créeme que me alegro por ti. No todo va a salir mal. De vez en cuando el destino nos regala una sonrisa. Y ese carajo parece un buen hombre.

 

Auguste Rodin – El beso, 1881-82, yeso, 86 x 51,5 x 55,5 cm.

 

La voz de mi amiga se dulcificó:

—Nunca me habían hecho sentir tan especial.

Me reí.

—Bueno, marica, ya a tu edad… Estabas a punto de que te dejara el último autobús.

—Estúpido… Entonces, ¿sí vienes?

Dejé que transcurrieran un par de segundos antes de responderle.

—Sí, yo creo que sí. 90% que sí.

—¿Te vienes temprano?

—Lo más probable. Llamaré a Sergio o a Carola para pedirles que me pasen buscando por Lomas del Este y llego con ellos. ¿O me necesitas antes?

—No, no, tranquilo. Ya adelanté casi todo hoy. Para el viernes sólo quedan pendientes una que otra pendejada… ¿Sabes algo?

—¿Qué?

—Me da nota que puedas venir. Yo sé que estás full, y el tema país no ayuda con el rollo del efectivo y la escasez y toda esa vaina; pero me hace falta verte, hablar paja un rato, abrazarnos.

—Yo sé —dije—. Yo lo sé.

—No pido mucho —soltó otro suspiro—. Quiero regalarme una noche con mis amigos, beber un poco, comer bien, reírnos un rato, tomarnos fotos, sentir que estamos juntos…   

—Querrás decir con los pocos que quedamos…

—¡Es que no te lo dije! Tú eres el único amigo gay que me queda. Ya todos los demás se han ido. ¿Te dije que Andrés consiguió trabajo en Houston? Y tú sabes que Ricardo y Miguel se quedaron en Nueva York. Ya las niñas comenzaron en la escuela. Están bellísimas.

—¿Podemos no hablar de tus amigos gais aburguesados? Me siento ofendido.

Vanessa se rió con confianza.

—A ti lo único que te ofende, marico, es que ya vas quedando de último.

—¡No! Si te pones a ver, tus fiestas de cumpleaños se parecen ahora a cualquiera de las novelas de Agatha Christie: cada vez quedan menos y menos personajes en la trama.

Nos reímos juntos.

—¡De pana, marico! Si me pongo a ver las fotos que tomamos siempre a la medianoche, donde aparecemos todos, es como si en cada foto han ido desapareciendo dos o tres por año. No había pensado en eso.

Y de pronto dejamos de reírnos. No sé qué cruzó por su cabeza, pero yo asimilé la idea de que podría ser la última fiesta donde estuviésemos todos juntos; los que quedamos, al menos. En un par de meses, cuando los papeles estén firmados y sellados, nada la retendrá aquí. Me pregunté dónde podríamos estar el año próximo, en marzo del año próximo. Cuántos de nosotros, del viejo grupo universitario, quedaríamos aún en Venezuela. Le dije a Vanessa que al paso que íbamos, el año entrante tendríamos que organizar una fiesta de cumpleaños a través de Skype o algo similar, para que todos pudiésemos asistir. Los dos volvimos a reír, pero sólo porque la alternativa del silencio resultaba un tanto incómoda. Vanessa respiró profundo.

—En fin —dijo—. ¿Sí vendrás?

—Claro, querida. Cuenta conmigo.

—¿A las 9:30 pm?

—A las 9:30 pm.

 

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Derechos reservados
©Luis Guillermo Franquiz

 

NOTA BIOGRÁFICA

San Juan de los Morros (capital del Estado Guárico, Venezuela), 1974. Narrador y cronista. Sus textos han aparecido en diversas publicaciones literarias, entre ellas: Las Malas Juntas, Los Hermanos Chang, Letralia, Gente Rara, revista OJO y Ficción Breve Venezolana, destacándose su participación durante un año en la web literaria y de actualidad Prodavinci. Obtuvo mención honorífica en el I Concurso de Cuentos Salvador Garmendia (2016), auspiciado por la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo, FILUC. Forma parte de las antologías “7 sellos: crónicas de la Venezuela revolucionaria”, publicada en España por Ediciones Kalathos (2018); “Exilios y otros desarraigos” (Editorial Letralia, 2018) y “Escribir en crisis” (Editorial Letralia, 2019). En Bogotá publicó su primer libro de crónicas y ensayos: “El país de las luciérnagas” (El Taller Blanco Ediciones, 2019). Sus crónicas se publican actualmente en la revista digital OJO.

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Las imágenes que acompañan a los cuentos son de la obra de  Auguste Rodin (París, 1840 – Meudon, 1917) quien a finales del siglo XIX cambió radicalmente la historia de la escultura occidental.  Todas las piezas son procedentes del Museo Rodin de París.