A VECES ÉRAMOS FELICES | Poemas de Diana Elizabeth Sanabria

 

Foto |©Archivo particular

 

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Selección de poemas de su libro
MONTUNA
(2022)

 

OBJETIVO

 

Escribir, escribir de verdad.
Escribir sin pereza, sin horror, con pedazos de alegría.

Escribir hasta desaparecer.
Escribir con hambre, dormida, yerta, podrida.

Escribir entre las púas del cerebro,
Entre los planes de los siglos en los que ya no estaré. Escribir.
Escribir sin mí.

 

 

 

 

SENTENCIA

 

Algunos poetas incomprendidos en la vida prolongan la incomprensión más allá de la muerte
y viven una inmortalidad parecida al desprecio.
Eduardo Escobar

Se cansan de repetirme que no cualquiera puede
ser un buen poeta, que me falta vivir.

Lo que no saben es que no pretendo serlo,
y que aún no sé cómo se vive dos veces al día.

Sólo sé que me faltan algunos recuerdos
y los que me quedan,
deben ser colgados en renglones hasta secarse,
hasta madurar y morir en los ojos de otros,
haciéndose de una vez por todas, tierra, olvido, soledad.

 

 

 

 

CUEVA

Me guardo como un animal y sin abrir los ojos,
quiero olvidar el mundo.

 

 

 

 

©Manuela Avella Faura │Serie “Montuna”, Acuarela, 2022 | Archivo particular

 

 

 

SIEMPRE VIVA

Ahora solo el viento barre la casa.

Los vecinos que pasan la miran a lo lejos, mientras los pájaros picotean sus ventanas,

siempre buscando algún fantasma.

Si abrimos sus puertas, saltan a nuestro cuerpo
las voces de los niños que fuimos,
pegándose como escarabajos a los brazos,
a los recuerdos que se nos han ido esfumando.

Yo me aferro a su vientre todo el día, y mientras me acaricia la espalda,
le susurro que es la única abuela que me queda, el canto de mis hermanos mayores,
el rostro de ese amigo de infancia,
todos los sueños que mi padre esparció por su jardín.

Pero el tiempo es una boca grande
que se traga la pequeña dicha.

Por eso tuve que cargarla en mi bolsillo,
por si un día la muerte me abraza por sorpresa, por si un día quiero recordar quien soy.

Para que me salve de mí misma.

 

 

 

 

DESPRENDIMIENTO

Los vecinos decían que no tenía familia
que llegó al pueblo siendo una pequeña ladrona.

Siempre ocupó el lugar de las ancianas más vivaces, el de las más generosas.

Su cabecita solo daba para bailes, miradas fijas y saltitos de silencio para evitar su pasado.

Los niños le gritábamos bruja y salíamos corriendo, ella se escondía atrás de los cimientos de su propia inocencia y luego corría detrás de nosotros
para no estropearnos el juego.

Pero un día, me detuve de frente. Ella lloró.

Y tomando sus manitas resbaladizas
la descubrí sin planearlo,
ella se revelaba como la muerte de mi infancia.

 

 

 

 

JUEGO
Fueron días memorables.
A veces éramos felices, creíamos en lo que no existe.

 

 

 

 

FIERA ENFERMA

He quemado los templos de mi instinto, delatando el lugar de mi guarida.

Me he arañado el corazón,
lanzando piedras e ironías a mi boca.

Ya sin garras y sin dientes
me he recogido entre mi náusea,
y limpiándome con la lengua llena de recuerdos,
no he parado de gemir con rabia,
en medio de mi noche.

 

 

 

 

REVOLOTEOS

Los pájaros que cantan en la noche
son espantos que no dejan de rumiar su soledad.

Algunos cantan la muerte de un vecino,
otros, aletean en las ventanas de las casitas de campo confundiéndose con las brujas,
ya cansadas de amasar el miedo de los niños.

Son bienvenidos por las ruinas y los accidentes, por los libros rotos y los perros negros.

Son hermosos. Finos.
Se extienden hasta los bordes de la cama, embriagándose con nuestras pesadillas.
Cuando aparece el sol, se esconden en los charcos
y tarareando un nuevo canto, descifran nuestro destino.

 

 

 

 

©Manuela Avella Faura │Serie “Montuna”, Acuarela, 2022 | Archivo particular

 

 

 

 

HERMANA

Cuando se duerman mis pasos
entre las calles del pueblo,
estaré entre los árboles que más se agiten en la loma,
entre el canto de los pájaros
que detengan su sueño en la madrugada,
quizá haya olvidado contarle algún secreto.

Entre el hervor de sus ojos verdes
y el eco de mi voz en nuestro cuarto de infancia,
donde la enfermedad y la muerte
sólo fueron un juego pasajero.

Estaré.

Siempre estaré, porque somos hijas de la Siempre Viva, de la gran madre de carne, planta y techo.

Hijas de este misterio que nos recorrerá
eternamente el alma y el recuerdo.

Aquí. Para Ayda, que sabe.

 

 

 

 

NUEVA DIMENSIÓN

A mis hermanos padre.

Cuando padre partió, todos fuimos llegando
y acomodándonos en la sala de madera,
lo fuimos llorando.

Sin lágrimas.
Cada uno a su manera.

Todos con el rostro como un trozo de piedra.
Pero con el corazón engarzado en el alambre de púas que encierra el potrero de los animales.

El mismo que encierra esa actitud recia,
que nuestra abuela paterna nos dejó sembrada
en la huerta.

Madre atendía a los amigos que traían rezos y flores
de sus casas, sin dejar de mirarnos el pulso,
el alma y el silencio.

Mis hermanos lo llevaron hasta el pueblo.
Y atrás, por el camino destapado,
en la cofradía de la comparsa fuimos tocando
nuestra despedida con el sonido de los pasos.

Él, no dejaba de sonreír y escribiendo
en nuestra mente sus recuerdos,
dejó que lo viéramos por última vez.
El pueblo parecía una fiesta.

Muchas personas abrazaban nuestro cuerpo
y se quitaban el sombrero cuando abríamos la puerta
a la nueva dimensión.

Han pasado algunos años,
pero padre vuelve cada noche en nuestros sueños, y me deja verlo en los ojos de mis hermanos,
en algunos de sus gestos, en la forma de sus manos, en mi forma de pensar.

Yo, lo arrullo como a un hijo,
mientras madre le susurra cada vez que vuelve al pueblo.

 

 

 

 

EMPERATRIZ 

Toda madre debiera llamarse maravilla.
José Martí

La matrona, la recia,
la dama y esposa de la muerte blanca.

La multiplicadora de panes y peces,
de sopas, curaciones, ropas, cuadernos y caminos.
Para quien un cultivo es igual a una auténtica revolución.

Quien construyó su propio castillo
con la misma entrega de su eterno compañero, y abriendo paso entre su vientre
una, cuatro, diez veces,
nos fraguó un corazón potente,
rasgando sendero entre la maleza de los miedos
para impulsarnos a volar.

Ella es la verdadera Emperatriz,
la única soberana que no necesita presentarse
al pueblo y rindiéndole pleitesía todos hagan caso
a sus caprichos, porque ella misma es el pueblo,
la voz, la esencia y el encuentro.

Quien, por física y absoluta terquedad, sigue custodiando a sus abuelos hijos
y no se cansa de amasar el tiempo
para que no endurezca con olvido nuestro ancestro.
Nuestra madre. Tan niña y abuela.
Tan mujer y padre desde siempre.

Nuestra Emperatriz.
La auténtica mujer que no nació para la muerte.

 

 

 

 

FANTASMAS

No aparezcan más. Les ruego.

Y ofreciéndoles el camino a la loma para lanzarlos allí, cada uno se aferra a mi cabeza
creando melodías diversas,
haciendo de mi pensamiento un bosque de canciones,
que brotan de mi boca como mantras,
cada día, sin tregua.

Sin respiro.

 

 

 

 

©Manuela Avella Faura │Serie “Montuna”, Acuarela, 2022 | Archivo particular

 

 

 

 

NIEBLA

Yo vivo aquí, pero pienso allá. Y mi pueblo lo sabe.
Humberto Ak´abal

Poco a poco me voy convirtiendo en ese pájaro
de ciudad que no sabe cómo treparse a un árbol,
a la noche, a la lluvia.

Me recojo en cualquier esquina,
a ver cómo vuelan tantos desconocidos sobre mí.

No sé qué son el sol ni el silencio.

Mi comida son escombros de recuerdos que tiran a la calle.
Ya no puedo volar largos trechos.

Mi canto se redujo a un par de chillidos
que no atraviesan el miedo.

He perdido el color y la mirada.
Y aunque no he permitido que enjaulen mi cabeza, se ha convertido en una lata que aúlla
entre el eco de mis huesos quebrados.

 

 

 

 

©Manuela Avella Faura │Serie “Montuna”, Acuarela, 2022 | Archivo particular

 

 

 

 

ASFIXIA

Aprisiono mis costillas para matar ese verso y no dejarlo respirar ni conocer el viento.

Para no permitir
que luego me abrace, huela mis latidos
y despertando al animal que soy, poco a poco aumente este deseo de estallar en llanto.

 

 

 

 

LAS PALABRAS

Las dichas al unísono,
las resecas por desconocidas,
todas aquellas que día a día
se funden como cuerpos en la orgía,
o aquellas que no tuvieron gloria.

Tantas y tantas palabras… Malditas ellas,
prostitutas tristes que se van con cualquiera,
aunque no las pronuncien como es debido.

Asesinas invisibles,
yo las bendigo por ser las únicas
capaces de acariciar las canas
de esta desesperación pausada,
derrumbando el muro de vacío
que nace en mi quietud enferma y corroída.

Acompañando esta agonía que es mi carne, aguantando este silencio
que nunca podrá ser puesto por escrito.

 

 

 

 

DESENCANTO   

No se puede escapar más que hacia arriba.
André Guide

Hermanos míos celebremos este funeral, ya esos tiempos son historia,
ya las riendas están atadas a los huesos
regados de nuestros vivos.

Es primavera,
oremos según prescripción sacerdotal.

Caminemos en hilera hasta el sepulcro.
Honremos el pacto del sacrificio con nuestro silencio, resignémonos sobre la piedra.

 

 

*  *  *

Derechos reservados
©Diana Elizabeth Sanabria Boada

 

NOTA BIOGRÁFICA

Nació en Cerinza, Boyacá (1984). Poeta, actriz de teatro, y psicóloga social. Dirige la Corporación Comunitaria Cultural Atabanza desde donde lidera procesos de formación artística y cultural. Ha publicado los libros de poemas “Carnadura” (Duitama, Biblioteca Zenón Solano Ricaurte, 2016) y “Montuna” (Tunja, CEAB, 2022). Incluida en la antología “Boyacá tierra de escritores”  (Tunja, Corporación Alejandría, 2017). Textos suyos han sido publicados en revistas de Colombia y Argentina.

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Las imágenes que acompañan los poemas son de la artista colombiana MANUELA AVELLA FAURA (Tocogua, Duitama, 2000), de la serie de acuarelas inspiradas en algunos fragmentos de la poesía de Diana Sanabria. Manuela Avella ha participado en múltiples exposiciones en el departamento de Boyacá, y su obra es reconocida por la dimensión de lo femenino y del territorio a través de sus propias vivencias personales y familiares.

 

 

 

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