BESAR EL ROSTRO DE ALGUIEN – Poemas de Zeuxis Vargas

 

Foto │©Archivo particular

 

 

ESCRIBIR

Registrar el universo por el respaldo,
acumular todos los datos posibles
de la harija y la pátina,
preparar el informe
de las imágenes que nunca existieron
y pensar que se inventa.

Sortear la pena de no crear,
producir siluetas enteramente echadas a perder,
dejar que un texto muera sin lector inventado
y soñar que el viento puede descifrar el amor.

Dejar versos en la espalda de un muerto,
dejar caer una letra como si fuera una porcelana
y sentir en un cuerpo dormido
el calor de la ternura.

Vivir los días creciendo o casi consumiendo,
acumularlos para la fecha festiva de las márgenes
y oír que tienen nombre,
que se van llenando de fantasmas.

Construir un propósito al levantarse
para poder caminar seguro del suelo.
Sospechar que hace falta algo
para que sea completo el humano
que dejamos de acicalar en el baño.

Concentrar entre los ojos una promesa,
dar por sentada toda la experiencia
y saber que está vacío, todavía,
el gesto para sonreírle algún día a los recuerdos.

Escribir,
escribir hasta que comencemos
a aparecer entre las cosas.

 

 

 

 

 

 

LAS COSAS QUE APRENDÍ 

Aprendí que siempre se muere solo
y que la agonía es la intimidad más reveladora.

Aprendí, que a veces, es mejor sólo desaparecer,
volverse un desconocido
para que todos puedan estar bien.

Aprendí que la libertad
sólo puede estar en la distancia
y que sentirse insatisfecho
es una condición feliz para poder encontrarse.

Aprendí que el nacimiento
siempre es un golpe de azar
que conlleva todas las entregas
y que la mejor forma
de ser responsable con la vida
es intentando ser uno mismo.

Aprendí que hay muchas cosas
que no valen absolutamente nada
y que muchas de ellas,
sólo sirven para perder el camino,
pero por sobre todas las cosas,
aprendí que se debe luchar,
pero no hasta la muerte,
sino hasta el momento oportuno
para poder dejar una historia.
Aprendí que las mejores historias,
nunca terminan.

 

 

 

 

©Jaime Forero │ Los colores de Mónica Rodríguez – Óleo sobre lienzo│2017

 

 

 

MI POESÍA

Mi poesía es la infancia,
los caracoles dormidos escuchando la lluvia,
las melancólicas crisálidas
colgadas como hamacas en mitad de la noche.

Mi poesía es la infancia,
escondida en los armarios,
buscando refugio
al dolor de estar vivo entre las balas.

Yo tengo una cara arrasada
para decirle a los juegos de las maras y el barrilete
que las cicatrices sanaron
para dejar marcas de protesta ante el olvido.

Hay un inventario
escondido entre la tierra
y una pistola de fulminantes
esperando a que regresen los indios.

Hay un juguete
para nombrar todo el desconsuelo.

Yo he desenterrado
muchas veces
el milagro
que temblaba en mi mano como un polluelo.

Mi poesía es la infancia,
que mira lela los telegramas resplandecientes
escritos por los fusiles.

Todo ese murmullo son los mitos
que quedaron confundidos ante el horror.

Yo vuelvo a la infancia
para decir silencio.

Yo hablo de unas manos encalambradas
de tanto rezo entre los labios.

Yo vuelvo a la infancia,
a casas con laberintos felices de comején
y hormigas buscando las melcochas.

Yo vuelvo a la infancia
para recobrar los juegos y el coraje.

En mis ojos, sigue un niño
columpiándose entre los Poma Rosas, un niño
que sabe del campo,
de las sutiles lluvias del asombro.

 

 

 

 

 

 

DIENTE DE LEÓN 

Copito de nieve le decíamos
y soplábamos los sueños con nuestros labios niños.

Muchas de las cipselas
planearon, lo mejor que pudieron, hasta encontrar la tierra:
el mullido amor que llamamos barro y que sirve para medir nuestro destino.

Fuiste mota en la nariz de un elefante
la mejor manera de anhelar un beso o esperar una historia.

Has crecido en los bordes olvidados,
en los lugares que van tomando nombre de callejón, baldío, frontera.
Te he visto florecer en los campos como una invasión
y en las orillas de una alcantarilla como el último intento de la belleza.
Mañana crecerás sobre mi tumba, cuando todos hayan muerto.

 

 

 

 

©Jaime Forero │ Los colores de Mónica Rodríguez – Óleo sobre lienzo│2019

 

 

 

LO INTEMPESTIVO 


He aprendido, de algún modo,
a arribar a la claridad.
Soy bastante material,
cuarzo, leño, hojarasca y lágrimas.

Me miro al espejo y presiento
que algo va arder
de un momento a otro entre mis grietas.

Bajo la condición más cercana a la lluvia,
he confabulado otras palabras
para rehacer mi origen.

Alguien, me dio el amor,
y lo abracé con todas mis fuerzas
para salvar el mundo
mas, nada ha parecido legítimo
y he tenido que entregar
muchas cuentas a la desolación.

En las orillas he logrado
mis más cándidos naufragios.

Sólo soy alguien, que ha intentado inventariar
las largas distancias del silencio.
He recorrido la existencia
como si estuviera visitando un recuerdo
y he ido de un lugar a otro
colgando mi fantasma entre los huesos.
Tengo el corazón encandilado.

Quizás llegué inadecuadamente.

Este revoltijo de amaneceres
no era todavía para gastarlo,
pero ya no hay salida
vine a despertar entre las cosas.

 

 

 

 

 

LO QUE EL OJO DEJÓ ATRÁS

He destrozado todos los tributos,
las formas amables del resguardo.

He vaciado el nombre que me otorgaron,
las cruentas persistencias del afecto y
todo lo que podía sostenerme entre los huesos.

He huido, atizado por un fuego lejano,
por la avaricia de cierto furor fugitivo.
He huido como la resaca, como un niño asustado
y he impuesto un dolor,
la inevitable forma de la angustia.

Ahora tengo una masa de días para aburrirme,
para entablar una soledad,
y en ella, la insistencia de buscar
el intuido sabor de una libertad
más concebida a mi medida.

El ejercicio del desalojo promueve el abatimiento,
produce una úlcera que arde con cada recuerdo,
es como la agonía de una chispa,
como el abismo de una hoja.
No tengo el artificio
para dejar quietos los fantasmas.
Todo me arrastra
hacia los tiernos lugares del origen.
He provocado mi destino
y cuando he tenido que invocar un Dios
no he dudado en la gratitud del amor,
en la inmensa y salvaje forma
que tiene una caricia.

He insistido
en la más personal versión de mí mismo,
sin embargo,
cuánto duele, cuánto cuesta no dañar,
partir sin dejar rastro.
Ver hacia la tierra de la infancia
y no soltar el llanto.

Lo que el ojo dejó atrás
se parece mucho a la tristeza
y camino como un vagabundo,
tantas horas, tantas veces,
entre la niebla y el silencio
llevando a cuestas el fuego
como si de un fugitivo farolero se tratara.
No sé qué calle es la que hay que iluminar
para terminar conmigo.

 

 

 

 

©Jaime Forero │ Sin título – Óleo sobre lienzo│2019

 

 

 

EL CEFALÓPODO PRIMIGENIO 

Era la biblioteca, los libros como piedras preciosas.
Bajo la superficie de esos cristales silenciosos
un niño aprendió la letra cursiva para cortejar la primera revelación.
Nadie conoce de los colores que pude observar en las tardes trepado a un Pomarrosa
y sin embargo, dejé tentáculos arribando como piezas de museo en la memoria.
Cada letra y cada dibujo constituyen la forma más feliz de la soledad.
Desde un rincón perdido, en la infancia, lograba las primeras versiones de la errancia.
Ahora, cada vez que me sorprendo en el espejo, un animal me mira sin miedo
luego desaparece, en lo más profundo, dejando una mancha oscura en el aire.

 

 

 

 

 

 

ELEGÍA PARA MIS CANICAS 

Pocos tenían una canica de vidrio transparente,
pero habíamos los de las maras
cristal puro, fundido para cubrir, en el centro mismo,
unas vetas, unos colores deslizándose, otorgándole belleza.
Esferas sagradas, como talismanes escondidos en los bolsillos
dando tanto poder al saco de oro;
qué ambiciosos éramos entonces,
qué piedras preciosas mostrábamos como joyas
y nuestra canica, contra los balines, contra los negros yunques del desprecio.
Pocos saben del serio asunto en que nos metíamos
cuando de jugar boliche se trataba
la Troya era una verdadera guerra
y entonces, comprendíamos mejor a Homero con sus reliquias cantando.
¿Dónde estarán las canicas de la infancia, en qué mano alumbrarán como una estrella?

 

 

 

 

©Jaime Forero │ Sin título – Óleo sobre lienzo│2019

 

 

 

POEMA PARA RECORDAR A UN HOMBRE
QUE EVOCABA EL FUTURO

Debajo de las cinco de la tarde
cuando los eucaliptos
del viejo camino de la choza
comenzaban a recoger sus golondrinas
los dos calderos alquímicos de sus ojos
salían a atisbar la piedra filosofal de la tarde.
La mirada ágata
empezaba a alargarse
hasta herir el lomo de las nubes
y el ocaso, desangrándose
en un anaranjado violento
hurtaba todos los colores al bosque.

La madera, a veces,
aún cruje cuando siente llegar
la brisa, que escurridiza,
se desflora por entre los sueños
de los bueyes dormidos:
presiente la sombra del agorero
a través del corredor,
su respiración buscando
el mutismo ansioso de los niños.

Siempre había delante de la terraza
un silbido siniestro
que daba la bienvenida a su voz de patriarca.
Los mechones ahumados
de sus cejas y sus barbas
resplandecían
como un lengua de fuego en la fogata.
Todos buscábamos,
sentados en el suelo,
el calor tierno de la noche
y los ojos nos brillaban
como rubíes asustados,
encandelillados por sorpresa ante su presencia.

Las sombras danzaban o cruzaban
sobre el espíritu de las yeguas
que estaban pariendo en el establo
y un escalofrió color silencio
nos bañaba la piel hasta convertirnos
en un muñón de nervios abrazados.
Su rostro perdía la humana sensación de la vida
y entre las palabras
parecía buscar de nuevo el regreso hasta su infancia.

Alguna vez dijo
que en el solar estaba enterrada la calavera
de un animal mitológico:
un esqueleto
que le había dado por enterrarse
debajo de la fragancia de los seres
que sólo él había recobrado del olvido.

La anciana bruja de la cocina nos decía,
mientras salaba los pescados,
que las cicatrices en las palmas de las manos
se las había hecho un hojarasquín del monte
y desde entonces nadie podía negar
su poder de bestia obsesionada por la siembra.
Muchos en la taberna del pueblo solían brindar
por el abuelo
levantaban sus botellas repletas de cerveza
e imitando el vuelo de las luciérnagas
escupían a las moscas dormidas en el mostrador
creyendo que de veraz
alcanzaban a figurar con inocencia
un poco de la silueta pasada del anciano.

Nadie supo nunca de dónde vino,
mas pronto se enamoraron de su ancha espalda
con la cual podía echarse el pueblo a cuestas.

Siempre cargaba un pincel
y toda la gente lo buscaba
para que dejara la sombra de sus ancestros
conversando para siempre en las salas de las casas.

Cuando hablaba de su pasado,
solía callar y silbar
y los años parecían, de pronto,
ante su sola figura
escabullirse como animales asustados.
Cojeaba
Como si pisoteara ángeles rebeldes
y sus gestos
le transformaban el semblante
hasta convertirle los labios
en oscuridad y aullido,
pero a la luz de la acuclillada fogata
nuestro viejo era más amable
y su sombrero parecía una vieja lechuza
descansando en su cabeza.

Sus palabras nos llevaban a navegar
sobre lomos de cebúes
que habían logrado
aprender el lenguaje de las garzas.
Miles de patrias fueron descritas
con su palabra que, en los inviernos,
engendraba el arrullo y el beso en nuestra frente.

A nuestro lado su sonrisa
parecía señalarnos el día
en que seriamos hombres:
esa impecable entrada del juego
nos presagiaba el final de una historia
y a la vez, nos preparaba para toda su estatura.
Su ancho poncho jugueteaba entre nosotros
como un fantasma poseído por la risa
y el viejo
con sus manos de Dios
nos alzaba hasta sus hombros
para mostrarnos desde allí
la inmensidad de la tiniebla.

Su ronca voz acallaba el bosque
y todas sus criaturas
y los niños
pronto sabíamos que era hora
de ir a soñar con el recuerdo de su credo.

Siempre se percataba
de que todo quedara en orden:
la casa, la anciana bruja de la cocina,
los niños, el bosque y nuestro sueño,
y como si algo le faltara,
atizaba de nuevo el fuego en la fogata,
y comenzaba con sueño
a buscarse entre sus cuentos.

 

 

 

 

©Jaime Forero │ La tarde – Óleo sobre lienzo│2019

 

 

 

DESOLLANDO EL LLANTO 

Yo que tengo por costumbre esta manía,
esta verborrea pegada
como cuero roto entre los labios,
yo que grito y berreo
hasta ponerme hinchado el corazón
y los puños morados
de tanto darle a nada y resentido.

Yo que me levanto a veces
con cierta repugnancia
arrinconada y susurrando, tengo que decir,
que no es veneno lo que pasa sino un sabor originario
que a veces nos pone a todos de luto hasta los sueños.

Esto de tener que vivir como saliendo a escena
(como porfiando viento,
muecas de fastidio entre los ojos),
es apenas un motivo
para echarle fuego hasta la sombra.

La vaina sencilla de levantarme con fastidio,
de saber que vuelvo al ruedo aniquilando quejas
tiene cierta insistencia de aguja
punzado la carne
o cualquier cosa que posibilite un grito.

Es que crecer, de pronto,
con el olor de la sangre a ras de aliento
es como ponerse a recordar
lo echado a perder entre los sueños.

Que lo serio es esto;
ponerse a vivir como si fuera cierto.

Llevar del pescuezo y a rastras,
la sonrisa de hipócrita al trabajo,
ponerse a hacer familia;
abultar con cansancio las rutinas,
llegar como despierto hasta un domingo;
ponerse a mirar los días
como si fueran diplomas colgados en el pecho
y llorar, hasta reventar la sombra
como pompa de jabón entre los dedos.

Es que gritar así no lleva a cuento
sino a meras certezas de cuchillo.
Es esa rasquiña,
esa esquirla poniendo rojo el desespero.

Yo tengo esta manía,
este desagrado hacia el reloj de las esquinas,
esta gana de bajarme del mundo para siempre,
de ponerle tarjeta de vencido
a la mueca de amor que me vendieron.

Es que cargar de pronto
con tanto lío de silencios
perpetrando ciertas decepciones,
con el capricho de saludar amigos
y encontrar sorpresas como si fueran rostros,
le vuelve arisca el alma a uno,
le carga con fastidio las cobijas.
Yo tengo desgarrado algo
que se me sale, a veces, a maldecir los días;
la sensación de no hallarme,
la negación del tiempo
haciendo estragos en mis huesos.

Es que uno, a veces,
se levanta muerto
rajado a la mitad,
apenas floreciendo monotonías
y bostezando hastíos.

Es que uno, a veces,
se echa a podrirse
encima de contritos desalientos,
se nos eriza el compungido
o una gana de rompernos las entrañas
nos pone a mirar cualquier soledad con odio
hasta estallar lamentos.

Es que a veces, yo, como cualquiera,
enervado con ciertas cosas
que le sacan filo a la tristeza
me pongo en el oficio
de desollar el llanto.

 

 

 

 

©Jaime Forero │ Sin título – Óleo sobre lienzo│2019

 

 

 

ANSIAS DE HUIR 

Escribir muy despacio
para tener conciencia
de la palabra que palpita.

Ser testigo de una hoja
convirtiéndose en hojarasca.

Admirar la trasparencia
que hace posible el color entre las cosas.

Resumir todos los versos
y dejar solo la palabra inevitable.

¿Por qué sufro?
hay tantos escombros y rostros en pánico,
tantos patios
donde siempre está el caracol y el lirio de lluvia.

Solares con muros de adobe
y niños acuclillados buscando el silencio,
es un óleo
que jamás he logrado mirar desde el fondo;
como la mujer asomada a la ventana
o el acordeón presagiando la agonía.

Yo sufro
y es amable este dolor de no hallarme,
de buscarme o verme,
de reflejar la cara estupefacta,
enardecida y repleta de cansancio.

Me seduce el terror
que sale como enredadera de los ojos,
el mutismo con que reto el cristal
y la presencia misma que abisma.

Hay otro en mi pupila
un pozo,
una profunda salida que no logro.
Y estoy huyendo siempre.

Puentes colgantes que van de mi desolación
hasta la habitación de la infancia.
La fotografía de un niño sabiéndose recuerdo.
Un ojo asustado,
esa es la metáfora moderna.

Hablo de los años
cuando el hombre
encendía el fuego para contar historias.
Digo que todo es penumbra,
miedo a las sombras, a los espectros
que nacen de la duda y la inocencia.
Lo mejor era estallar.
Besar el rostro de alguien
entregando la presencia de la fe
como algo natural que ocurre
entre dos estrellas
que pasan cada una hacia el olvido.

Yo me rompo,
me agrieto hasta ser pedazo de barro reseco
o pútrido desierto.
Pero a veces se posa en mi resequedad
una mariposa;
de esas terribles cosas hablo.
Días poéticos
como pestañas entornando el tiempo
y las ganas del cariño.

Quiero un detalle del pabellón de mi oreja,
tener mi espalda de frente
entre mis manos,
llegar a los lugares imprecisos
e imposibles de mi cuerpo;
ese territorio que me basta
para decir que no se conoce nada.

Y yo
que tengo una apariencia,
un racimo de necesidades
como cascabeles colgando en una cuna vacía.

Quiero empacar mis pensamientos al vacío
y en este verso
escribir un espacio para decir que callo.

Hay relojes que no marcan nada
y otros
que insisten en ver algo
que le hace falta a alguien
para morir tranquilo.

Uno a veces marca vidas
como si se tratara de dejar testigos
de la desolación
y son seres que llevan el desplazamiento
palpable en la tristeza
y esperan a la entrada de los cafés
como si atisbaran una ausencia.

Es que todo, a veces,
pareciera resumirse
en aguardar las despedidas.

 

 

 

 

 

 

EPITAFIO

Porque quise la libertad,
el aire,
la misma muerte.
Porque no me avergonzó ser un hombre,
porque tuve el amor
y los sueños y la soledad entre mis manos.
Porque estuve vivo y dormí.
Porque sentí el mundo con su historia insepulta.
Porque el tiempo me fue llenando la memoria
de recuerdos y de sensaciones inolvidables.
Porque fui testigo de un arco iris y una luna llena.
Porque comprendí el silencio tierno de los animales
y jugué con las nubes.
Porque observé el milagro de una crisálida
y sentí el latir del corazón de un colibrí.
Porque di nombre a las cosas
y llené de dicha el alma de una mujer con caricias.
Porque creí en Dios y en el Diablo
y sin embargo, esperé siempre la nada.
Porque lloré y reí y tuve orgasmos
y sentí el presentimiento de develar un misterio.
Porque fui feliz simplemente,
por eso,
porque mi tumba es un árbol
y su aroma es el sándalo.

 

 

 

*  *  *

Derechos reservados
©Zeuxis Vargas Álvarez

 

 

NOTA BIOGRÁFICA

Bogotá, 1981. Licenciado en Psicología y Pedagogía con énfasis en Educación Comunitaria de la Universidad Pedagógica Nacional y experto en Lectura competente, de la Fundación Alberto Merani. Ha publicado los libros de poesía Las cosas que aprendí (Seshat ediciones, 2016; sello Uniediciones, 2018 y Seshat editorial, 2019); de ensayo; Razones de sobra (Uniediciones 2018), Murmullos de la intimidad (Uniediciones 2018) y la antología Depredación. Antología inusual de cuento colombiano contemporáneo (Seshat ediciones, 2017, Uniediciones, 2018). Sus artículos y colaboraciones en revistas nacionales e internacionales son: Fabulistas de la intimidad, revista Quimera, España, número especial de Navidad, 325; Mitológicas, revista Asterión No XLII y Raúl Gómez Jattin: la poesía como necesidad, revista Rara-Avis, Universidad Pedagógica Nacional, Nº 7-8, enero-diciembre de 2006. Ha sido catalogado en el centro virtual de la biblioteca University Harward y en el centro virtual de la Organización de los Estados Iberoamericanos (OEI). Su diatriba contra Rilke fue dada a conocer en el portal Renata del Ministerio de Cultura de Bogotá en el 2010. Una pequeña muestra de su obra poética fue publicada en la antología Nueva visión de autores cundinamarqueses (Editorial Gobernación de Cundinamarca, 2001). Su estudio Fabulistas de la Intimidad; Los Auténticos Extraviados, se publicó en la página virtual About, poesía en español de Nueva York y la colección de poemas Aridez en la revista Magazine Entremares de Alemania. Muchos de sus cuentos y ensayos han aparecido en varios sitios web de literatura como La raíz invertida, El cráneo de Pangea, Poetas del siglo XXI, Letralia, Claroscuro, Palabras esenciales, Revista Corónica, Macondo literario, Magazín del Espectador, Centro cultural Tina Modotti, entre otros.

Es el director, editor, diagramador y diseñador del Proyecto-Taller Seshat Editorial, además creó y dirigió la colección Textos Cautivos de autores nacionales e internacionales que apareció en el sello Uniediciones durante el año 2018; la colección Obra abierta de poesía en lengua castellana que recoge a una gran muestra de autores hispanoamericanos en el sello Proyecto-taller Seshat editorial y la colección Lector in fábula de autores inéditos.

Dirige el taller Muyquyta en Bogotá desde el año 2017. En el panorama nacional como gestor cultural es reconocido por ser director de: La voz del poeta, programa de entrevistas; El poeta tiene la palabra, reuniones con escritores; Debatiendo, exposiciones de temas culturales; Cine club Goya, cine-foros independientes; Anábasis, conversatorios culturales; Argo, conferencias; La gruta de las palabras, colecciones de poemas de autores latinoamericanos; Entrevistas especiales e Historias de Jazz y blues, programas radiales; y Léeme un cuento, historias del mundo entero para niños.

⊂Ο⊃

Las Ilustraciones que acompañan los poemas son del artista plástico tunjano Jaime Forero. Alberto Motta Marroquín dice de él:

ENCUENTROS
 
El pensamiento artístico de Forero permanentemente asocia, y su espíritu futurista se reconoce  a través de la intuición. Duda de las afirmaciones plásticas de ayer y se apoya en los niños, los poetas y los primitivos. Jaime Forero es un explorador del interior en lo exterior y la autoexpresion ilumina la atmósfera actual de ansiedad y desencanto; las vivencias anímicas de Jaime Forero dan origen a una creación plástica que invade al espectador con una energía que despierta la imaginación y acrecienta la sensibilidad. Aún compañero con el que tímidamente encontramos y elaboramos para otros y otras imágenes fijas y en movimiento. Amigo que ataca la envidia y el odio con versos, nubes, cacharros, y ternura.

⊂Ο⊃